EL ORDEN DE DIOS – Significa esto que usted no cree en tener un pastor – B. Antey

«¿Significa esto que usted no cree en tener un pastor?»

De lo anterior, algunos podrían deducir que no creemos en tener pastores, pero creemos bien explícitamente en tener pastores en la asamblea, porque la Biblia se refiere a ellos (Ef. 4:11). Un pastor es una persona que ha recibido el don de pastorear a la iglesia de Dios.


Es uno de los muchos dones que Cristo ha dado a la iglesia. A lo que objetamos es a lo que las iglesias denominacionales designan como «pastor». Ellos han transformado el don de pastor en algo que no se encuentra en la Escritura. Han tomado un término escriturario y lo han asignado a una posición clerical que no se encuentra en la Biblia. ¡Y, lo que es peor, una persona puede ocupar tal posición y no tener siquiera el don de pastor! Puede que tenga el don de evangelista o de maestro, etc., ¡y sin embargo le dan el título de «Pastor»! Es triste la confusión que todo esto ha traído a la casa de Dios.

Títulos lisonjeros
Las organizaciones eclesiales de la Cristiandad no sólo han creado un cargo que no existe en la Palabra de Dios, sino que también emplean diversos títulos para dicho cargo que no existen en la Palabra de Dios. Títulos como «Ministro», «Pastor» o «Doctor en Teología» son dominantes en la mayoría de las denominaciones.
Es cierto que las palabras «ministro» y «pastor» se mencionan en la Biblia, pero nunca se usan como un título. El término pastor se usa como descripción de un don, no como un título de un clérigo. De hecho, la Palabra de Dios dice: «No haré ahora acepción de personas, ni usaré con nadie de títulos lisonjeros. Porque no sé hablar lisonjas; de otra manera, en breve mi Hacedor me consumiría» (Job 32:21-22).
El Señor Jesús dijo: «Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno solo es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro en la tierra a nadie; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. Ni seáis llamados maestros; porque uno solo es vuestro Maestro, el Cristo. El mayor de vosotros, será vuestro servidor. Porque cualquiera que se ensalce a sí mismo, será humillado, y el que se humille a sí mismo, será ensalzado» (Mt. 23:8-12). Sin embargo, y en contradicción a una Escritura tan clara, algunas denominaciones llaman «Padre» a sus clérigos. Otras organizaciones eclesiales usan el título «Doctor». La palabra «Doctor» proviene del latín docere, que significa «enseñar». Doctor significa maestro. Esto es algo que el Señor dijo que no debíamos llamarnos unos a los otros. Cuando un hombre es presentado a la iglesia como «doctor», la implicación es que sus palabras tienen mayor autoridad debido a su título. Eso, naturalmente, carece totalmente de fundamento en las Escrituras. No estamos diciendo que sea malo tener el título de «Doctor» en campos académicos seculares, pero no tiene lugar en las cosas de Dios.
Otras denominaciones han llegado tan lejos como para usar el título de «Reverendo» o «Reverendísimo». ¡La Biblia dice que «Reverendo» es uno de los nombres del Señor! La traducción del Salmo 111:9 al castellano «Santo y temible es su nombre», significa «Santo y reverendo es su nombre». La Biblia de las Américas dice del término aquí traducido «temible»: «i.e., “que inspira reverencia”.» ¿Deberían los hombres asumir el nombre del Señor y añadirlo al de ellos? Desde luego que no.
Cuando los licaonios intentaron dar nombres exaltados a Bernabé y a Pablo, los rehusaron, diciendo: «Varones, ¿por qué hacéis esto? Nosotros también somos hombres semejantes a vosotros» (Hch. 14:15). Los siervos del Señor deberían también hoy rehusar esos títulos lisonjeros.
La Palabra de Dios enseña que los pastores son sencillamente uno de los muchos dones que Cristo ha dado (Ef. 4:11). ¿Por qué deberíamos establecer este don en la iglesia con un título oficial como poseyendo la preeminencia sobre los demás? No hay una línea de la Escritura que indique que la iglesia debiera hacer tal cosa.

La elección de un «pastor»
La práctica de que la iglesia elija al llamado «pastor» es también algo ajeno a Dios. Nos referimos al proceso de cómo llega un clérigo a presidir sobre una iglesia local. El procedimiento normal es que el candidato a «Pastor» o «Ministro» sea invitado a una iglesia, donde se le da la oportunidad de probar su valía predicando algunos sermones. Si su predicación es aceptable para la gente de la iglesia, le votarán para aceptarlo como su «Pastor». Pero esto está muy lejos del orden de Dios.
En primer lugar, la Palabra de Dios, que debe ser siempre nuestra guía, no da instrucciones para tal cosa. De hecho, no hay una sola asamblea local en la Biblia que escogiera a un pastor. ¡Ni una! Tampoco ningún apóstol designó jamás a un pastor para una iglesia local. En realidad, la Escritura advierte en contra de que la iglesia escoja a sus maestros, diciendo: «Vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, acumularán para sí maestros conforme a sus propias concupiscencias» (2 Ti. 4:3).
En segundo lugar, la idea de designar a un «Pastor» es pura y simplemente el principio mundano de la democracia. Pone al hombre en una posición muy incómoda. Si de veras quiere aquel cargo en la organización, se siente tentado a decirles a la gente lo que quieren oír. Generalmente se trata de temas como «Amor y matrimonio» o «Profecía». Cualquier clase de ministerio a la conciencia quedará probablemente muy abajo en la lista. Incluso después de recibir el cargo en la iglesia, se encuentra constantemente tentado a contemporizar tocante a la verdad, a causa de la gente; porque sabe que si la asistencia se reduce, se reconsiderará la oportunidad de que siga en el cargo. Necesita tenerlos contentos. ¡El resultado es que el pueblo puede controlar, y a menudo controla, la clase de persona y de ministerio que quieren oír! Viviendo bajo esta clase de condicionantes, llega verdaderamente a ser el «Pastor» de ellos. Comparar Jueces 17:7-13 («Mi sacerdote»).
Sin embargo, esto dista mucho de la manera en que los siervos del Señor ministraban en la Biblia.
Además, es malo poner el poder de un voto en las manos de los jóvenes y de los nuevos convertidos. Sencillamente, no están establecidos en la verdad, ni experimentados de manera suficiente en las cosas divinas para poderse formar un juicio espiritual de tal magnitud.

~ por Arq. Adolfo Becerril S. en julio 23, 2008.

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