EL ORDEN DE DIOS – El ministerio en la iglesia – B. Antey

El ministerio en la iglesia

Volviéndonos a la Primera Epístola a los Corintios (capítulo 11:17 hasta el final del capítulo 14), vemos cómo deben funcionar los dones cuando se reúne la iglesia (localmente). Esta sección de la Escritura comienza con esas palabras del apóstol: «En primer lugar, cuando os reunís como iglesia …» Antes de hablar del ministerio, el apóstol Pablo habla primero del privilegio de la Cena del Señor, que quizá sea la reunión primordial de la iglesia. Esta reunión no tiene lugar para el ejercicio de los dones, sino para recordar al Señor en Su muerte.

Es una ocasión en la que ejercemos nuestro sacerdocio en la ofrenda de adoración y alabanza al Padre y al Hijo. Después de poner en orden varias cosas tocantes a esta reunión, da el orden para el ministerio en la asamblea en los siguientes capítulos 12 hasta el final del 14. El capítulo 12 presenta los grandes principios del ministerio cristiano; el capítulo 13 da el espíritu en el que se debe ejercer este ministerio: el amor; y el capítulo 14 da las normas para el ejercicio de los dones en la asamblea, para que el ministerio sea para edificación de todos. Mirando más de cerca el capítulo 12, vemos que el primer gran principio de todo ministerio es la exaltación de Jesús como Señor. La evidencia de la guía del Espíritu en el ministerio es que Cristo será siempre exaltado y nunca mencionado de manera despreciativa. Dice: «Por tanto, os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo» (1 Co. 12:1-3, RVR). «Él (El Espíritu) me glorificará» (Jn. 16:14). El segundo gran principio del ministerio cristiano en el capítulo doce de Primera Corintios es que Cristo ha distribuido dones mediante el Espíritu a los varios miembros de Su cuerpo, y que esos dones no son todos administrados por un hombre. El apóstol dice: «Porque a uno es dada por medio del Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de conocimiento según el mismo Espíritu; a otro, …» (1 Co. 12:4-10, 29-30). Ahora bien, si los dones no son poseídos por un solo hombre, entonces es evidente que la iglesia necesitará de más que el ministerio de un solo hombre, si quieren recibir el beneficio de los dones que puedan tener en medio de ellos. Puede que algunos repliquen: «Pero nuestra iglesia no tiene un hombre como ministro único. Tenemos dos o tres pastores.» Sin embargo, se sigue perdiendo de vista el sentido de este pasaje de las Escrituras. El pensamiento de Dios es que la iglesia se edifique por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, no meramente por medio de dos o tres (Ef. 4:16). Es cierto que no todos van a tener un don para ministrar la Palabra en público, pero las Escrituras indican que todos los que son capaces deben tener libertad en la asamblea para ministrar. Dice: «Porque podéis profetizar todos uno por uno, para que todos aprendan, y todos sean exhortados» (1 Co. 14:24, 31). Y es también cierto que un hombre puede tener más de un don, pero la Escritura dice claramente que nadie tiene todos los dones. De hecho, el apóstol advierte que existe el peligro de no considerar los diversos dones que Dios ha establecido en el cuerpo. Dice: «Ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito, ni tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros» (1 Co. 12:21). Esto muestra que todos los miembros en el cuerpo tienen algo que contribuir, aunque puedan parecernos insignificantes. Sin embargo, el sistema clerical en las iglesias es un arreglo mediante el que una o dos personas («Pastores» o «Ministros») llevan a cabo el ministerio. Es un sistema que obstaculiza (quizá no de manera intencionada) la expresión de otros dones en la iglesia. Esencialmente, es como decir: «No tengo necesidad de vosotros.» A esto objetan enérgicamente aquellos que ocupan esta posición ministerial en las iglesias, porque alientan a las personas en su denominación a ejercitar sus dones en los estudios bíblicos por las casas, etc. Pero el contexto de estos capítulos es el ejercicio de los dones en las reuniones de asamblea (1 Co. 11:17, 18, 20, 33, 34; 14:23, 26). La cuestión es: «¿Permiten la libertad de los dones en la iglesia?» Como ya hemos visto, no la permiten.
El tercer gran principio del ministerio cristiano en el capítulo doce de Primera Corintios es que, cuando acudimos juntos en asamblea, se debe reconocer al Espíritu de Dios Su derecho propio a emplear a quien quiera para hablar. Como hemos mostrado con el sacerdocio, que el Espíritu debe ser libre en la asamblea para conducir mediante quien Él escoja en adoración y oración, igualmente debe contarse con Él para conducir los varios dones en el ministerio. Este capítulo declara claramente que los dones deben operar en la asamblea por el mismo Espíritu que distribuyó el don a la persona individual en el momento de su salvación. El Nuevo Testamento no conoce ningún otro orden de ministerio que el de la guía divina del Espíritu Santo. Las Escrituras suponen fe en nosotros al confiar en la guía del Espíritu. Si dejamos que Él conduzca en la asamblea, Él tomará todos los dones que estén allí, y los usará para la edificación de los santos en el ministerio. «Pero todas estas cosas las efectúa uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular según su voluntad» (1 Co. 12:7, 11). El principio, entonces, es simple. El Espíritu Santo está en la iglesia, usando los dones según los escoge para la edificación de todos. Este es el orden de Dios para el ministerio cristiano. Ahora preguntamos: «¿cómo se espera que el Espíritu Santo distribuya a cada uno en particular como Él quiere, si la iglesia ha establecido un orden de cosas en el que un hombre ocupa este puesto de dirección de la asamblea?» ¡Con ello se niega en la práctica la presidencia del Espíritu Santo! Él podría desear llamar a esta o a aquella persona al ministerio, pero ello queda bloqueado y obstaculizado por el orden humano. En muchas de las iglesias, los servicios son programados de antemano, ¡a veces con días de adelanto! En la Escritura no encontramos nada así. Puede que esto se haga con buenas intenciones, pero desde luego no se trata del orden de Dios. Después de hablar del motivo para el ministerio en el capítulo trece de Primera Corintios (el amor), el apóstol Pablo da en el capítulo catorce los simples principios que deben gobernar el ministerio en la asamblea. La primera parte del capítulo destaca la solicitud que el amor debería tener cerciorándose de que no ocupa el tiempo hablando de cosas que otros que estén presentes no puedan comprender. Esto mismo era lo que estaba sucediendo en Corinto. Había aquellos que usaban el don de lenguas sin intérprete. Como consecuencia, los de la asamblea desconocían lo que se estaba hablando. El apóstol muestra que si una persona haba sin esta solicitud, está en realidad hablando como una trompeta que da un sonido incierto. La gente no sabe como responder al mismo porque no saben qué es lo que se está diciendo. Esto es especialmente importante para los cristianos que se reúnen en conformidad a la Escritura, porque uno podría estar hablando de manera que los santos no le pueden comprender. Si las cosas que una persona tiene para decir no son para la edificación, exhortación y consolación de todos, entonces mejor le sería no hablar. El amor y la solicitud por el bien de los demás deben gobernar esto (1 Co. 14:1- 11). Sea cual sea el don, el principio es el mismo, y es una guía para nosotros hoy. Este principio subyacente, entonces, es que nuestro ministerio debe ser para la edificación de todos. Pablo dijo que sería mejor hablar poco en la asamblea (5 palabras) y que todos le comprendiesen y sacasen provecho de ello, que hablar muchísimo (10.000 palabras) y que nadie le comprendiese (1 Co. 14:12-17). También muestra que si la iglesia se reúne según el orden de Dios para el ministerio, recibiendo el Espíritu de Dios el puesto que por derecho le corresponde en la asamblea para dirigir el ministerio, que los que acudan a tales reuniones recibirán un poderoso ministerio (1 Co. 14:23-25).
Luego, muestra que cuando los santos se reúnen, «todos» los que tienen algo que contribuir deben tener libertad para ministrar en la asamblea, para el provecho espiritual de todos (1 Co. 14:26). Pasa a decir que aunque todos puedan tener algo, no significa que todos deban hablar. Deben esperar la guía del Espíritu. En diferentes ocasiones, podrán hablar varios según el Espíritu guíe. (Profetizar, aquí, no es la predicción de cosas del futuro, como algunos pudieran suponer, sino la proclamación de la mente de Dios para la necesidad presente.) La libertad del Espíritu no consiste, como piensan algunos erróneamente, en la libertad
de los santos para hablar en las reuniones de asamblea como deseen. Recordemos que se trata de la libertad del Espíritu, y no de la nuestra. No debemos hablar, excepto que seamos conducidos por el Espíritu para hacerlo. Puede haber, y habrá en ocasiones, una persona que será impulsada por la carne, que se precipitará y que gastará el tiempo en un habla sin provecho que no edifica a los santos. Pero la asamblea no es una plataforma para la carne. «Y los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas,» lo que significa que la persona debería saber cómo ejercer el dominio propio y refrenarse de hablar en tales ocasiones. A pesar de esa exhortación, tal persona piensa a menudo que lo que está diciendo es provechoso para los santos, y en consecuencia insiste en hablar. En este capítulo, Pablo muestra que la asamblea tiene un recurso. Dice: «Asimismo, los profetas hablen dos o tres, y los demás disciernan.» Una asamblea escrituraria es responsable de «juzgar» el ministerio en medio de ella. Y si dicho ministerio no es provechoso, tiene autoridad para ejercer una piadosa disciplina, llamando al tal a que calle en las reuniones. Esto algunas veces recibe el nombre de «silenciamiento» (1 Co. 14:27-33). En los versículos 34-40 el apóstol muestra el puesto que las hermanas deben asumir en las reuniones públicas; y luego concluye el capítulo dando un último principio de gobierno. «Pero hágase todo decentemente y con orden» (1 Co. 14:40). Finalmente, en el capítulo quince de Primera Corintios, el apóstol destaca que en la asamblea debe mantenerse una sana doctrina. Los corintios se habían extraviado tocante a la doctrina de la resurrección, y él corrigió sus conceptos errados. Este es un principio importante para nosotros. También debemos mantener la sana doctrina en la asamblea. De este modo, se nos ha dado el orden de Dios para el ministerio en la iglesia. Pero observemos: no encontramos que se diga nada acerca de uno o dos hombres (Pastores) establecidos para llevar a cabo el ministerio para el resto. Si Dios hubiera querido que ésta fuera la forma del ministerio en la iglesia, lo habría dicho en estos capítulos que tratan de esta cuestión. Pero no hay una sola palabra aquí acerca de ello. Además, si sólo unos pocos debían tener el puesto de ministerio en la iglesia (o sea, el clero), entonces los capítulos acerca del ministerio habrían sido escritos específicamente para ellos; éste es el caso en el sistema mosaico, donde el Señor dio instrucciones específicas a aquella compañía especial de personas (los sacerdotes) que habían sido puestas aparte del resto del pueblo para llevar a cabo los servicios del tabernáculo. Pero no hay nada de todo ello en esos capítulos. Las instrucciones se dan a toda la iglesia.

~ por Arq. Adolfo Becerril S. en julio 15, 2008.

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