03-LA SUPREMACÍA DE DIOS AL PREDICAR – El Terreno de la Prédica – Por John Piper

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El Terreno de la Prédica.

La Cruz de Cristo.

Prédica es la proclamación de las buenas nuevas por un mensajero enviado de Dios, las buenas nuevas: Que Dios reina; Que él reina para revelar su gloria, Que su gloria es revelada plenamente en la gozosa sumisión de su creación; Que por tanto, no hay conflicto final entre el celo de Dios a ser glorificado y nuestros anhelos de satisfacción, y que algún día la tierra será llena con la gloria del Señor, reflejada y vibrante en la genuina alabanza candente de la iglesia rescatada reunida de cada pueblo y lengua y tribu y nación. La meta de la prédica es…

la gloria de Dios reflejada en la gozosa sumisión de su creación. Hay sin embargo, dos grandes obstáculos para lograr esta meta: la justicia de Dios, y el orgullo del hombre. La justicia de Dios es su inquebrantable celo de exaltación de su gloria. (1) El orgullo del hombre es su incesante celo por la exaltación de su propia gloria. Lo que en Dios es justicia, en el hombre es pecado. Tal es el punto de Génesis 3 – el pecado entró en el mundo por la tentación cuya esencia fue: “Serás como Dios”. El esfuerzo de imitar a Dios en este punto, es la esencia de nuestra corrupción.

Nuestros padres sucumbieron a ese elemento, luego todos nosotros les seguimos, y es ahora parte de nuestra propia naturaleza. Tomamos el ejemplo de la imagen de Dios que estaba destinado a reflejar su gloria en el mundo, le damos la espalda a la luz, y nos enamoramos con los contornos de nuestra propia sombra oscura, tratando desesperadamente de convencernos (con los avances tecnológicos o habilidades administrativas, hazañas atléticas, o logros académicos, o logros sexuales o corte de pelo extravagante) que la parte oscura de la imagen en el suelo frente a nosotros, es realmente gloriosa y satisfactoria. Al orgulloso amor por nosotros mismos le añadimos, aunque no nos demos cuenta, desprecio por la gloria de Dios.

Conforme nuestro orgullo desprecia la gloria de Dios, su justicia le obliga a derramar su ira sobre
nuestro orgullo. La altivez de los ojos del hombre será abatida, y la soberbia de los hombres será humillada; y solo Jehová será exaltado en aquel día.

¿Porque cómo será humillado mi nombre?
Mi gloria no la daré a otro.
Los ojos del altivo serán humillados…
Y el Santo Dios se muestra santo en justicia.
La destrucción acordada,
Rebosará justicia. (Isa.2:11, 48:11, 5:15, 10:22)

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La meta de la prédica es la gloria de Dios en una dulce sumisión de su creación. Hay por tanto un obstáculo a esta prédica en Dios y hay otro obstáculo en el hombre. El orgullo del hombre no se deleita en la gloria de Dios, mientras que la justicia de Dios no tolera que su gloria sea menospreciada. ¿Dónde pues, hay esperanza de que la prédica logre su objetivo – de que Dios sea glorificado en aquellos que estén satisfechos de Dios? ¿Podrá la justicia de Dios en su oposición a los pecadores, algún día ser aplacada? ¿Podrá el orgullo de los hombres algún día romper su propia vanidad y complacerse en la gloria de Dios? ¿Hay base para tal esperanza? ¿Hay campo para una prédica válida y llena de esperanza? Si, lo hay. En la cruz de Cristo, Dios se ha propuesto salvar ambos obstáculos al predicar. Se sobrepone al obstáculo objetivo externo de la oposición de la justicia de Dios al orgullo humano y a la barrera subjetiva y obstáculo interno de nuestra orgullosa oposición a la gloria de Dios. Al así hacerlo, la cruz se torna el terreno con validez objetiva de la prédica así como de la humildad subjetiva de la misma.

Tomemos estos temas, uno a la vez y veamos la evidencia bíblica. La Cruz como Base del Valor de la Prédica. El problema fundamental al predicar es, como puede el predicador proclamar esperanza a los pecadores en vista de la irreprensible justicia de Dios. Por supuesto que el hombre no ve este asunto como un problema serio. Nunca lo hace. R. C. Sproul tocó este punto en un sermón basado en Lucas 13:1/5 titulado “La Admiración Mal Ubicada”. Unas personas vinieron a Jesús y le dijeron que Pilatos había mezclado la sangre de algunos Galileos con la de los sacrificios, y Jesús respondió con duras palabras carentes de sentimiento diciendo: “¿Piensan ustedes que estos Galileos eran peores pecadores que los demás Galileos porque sufrieron eso? Yo les digo, No, pero a menos que ustedes se arrepientan, todos perecerán de igual manera. En otras palabras, Jesús les dijo “¿Se admiran ustedes que unos pocos Galileos fueron matados por Pilatos? De lo que se deberían de admirar es, que a todos ustedes no los han matado, y que algún día lo serán, si no se arrepienten”. Sproul señalaba que ahí está la vieja manera de ver el problema del hombre carnal en su relación con Dios, y la manera como la Biblia ve el problema de la relación del hombre con Dios. Los hombres, razonando humanamente, se sorprenden que Dios tenga que quitar la vida y el gozo a sus criaturas. Mas en la Biblia centrada en Dios es admirable ver que Dios detenga el juicio a los pecadores. Una de las implicaciones que esto tiene para los predicadores es que, quien toma las sugerencias de la Biblia y no del mundo, siempre tendrá lucha con las realidades espirituales, que muchos de los que les escuchan, ignoran que existen o consideren esenciales. Pero el punto relevante es que el problema fundamental con la prédica, ya sea de alguien centrado y maduro como nosotros, se dé cuenta o no, es: ¿Cómo puede un predicador proclamar esperanza a los pecadores, teniendo presente la irrevocable justicia de Dios? Mas la gloriosa solución a ese problema, es la expiación realizada en la cruz, tal como es expuesta en esta cita parafraseada de Romanos 3:23/26:

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-23- Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios. (Cambiaron la gloria de Dios por la gloria de la criatura- Rom. 1:23) -24- Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, -25- a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, (He allí la cruz) para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, -26- con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que santifica al que es de la fe en Jesús. Lo que este admirable pasaje dice es que el problema fundamental de la prédica ha sido resuelto por la cruz. Sin la cruz, la justicia de Dios nos mostraría únicamente la condenación de los pecadores, y la meta de la prédica quedaría abortada – Dios no podría ser glorificado en la alegría de sus criaturas pecadoras. Su justicia serviría simplemente para la destrucción de ellos. Lo que el texto enseña es que – a pesar de que todos desprecian la gloria de Dios (conforme Rom. 3:23) y a pesar de que la justicia de Dios es su inalterable compromiso de mantener su gloria (implicada en 3:25) – sin embargo Dios diseñó la forma de vindicar el valor de su gloria y al mismo tiempo darle esperanza a los pecadores que desprecian esa gloria. Su diseño fue la muerte de su Hijo. Requirió el altísimo costo de la muerte del Hijo de Dios para reparar la deshonra que mi orgullo a acarreado a la gloria de Dios.
Tuercen horriblemente el significado de la cruz los arrogantes profetas contemporáneos que me dicen que la cruz es un testimonio de mi infinito valor, puesto que Dios estuvo dispuesto a pagar tan alto costo para reclutarme. La perspectiva bíblica de la cruz es testimonio del infinito valor de la gloria de Dios, así como testimonio de la enormidad de mi pecado de orgullo. Lo que debería de asustarnos es que hemos tenido tal desprecio por la gloria de Dios, que la mera muerte de su Hijo es requerida para la vindicación de tal valor. La cruz se levanta en testimonio del infinito valor de Dios y de la infinita afrenta del pecado. Por tanto, lo que Dios logró en la cruz de Cristo es la garantía o campo para la prédica, que no tendría valor sin la cruz. La meta de una prédica debería contener una irresoluble contradicción – la gloria de la justicia de Dios magnificada en medio del gozo de una gente pecadora. Mas la cruz ha juntado dos lados de la meta que en la prédica parecen estar opuestas una con la otra: la vindicación y exaltación de la gloria de Dios y la esperanza y el gozo del hombre pecador.

En el capítulo 1 vimos que la predica es la proclamación de las buenas nuevas del celo de Dios de ser glorificado y que nuestro anhelo de satisfacción no se encuentren en conflicto. Y lo que hemos visto hasta ahora en este capítulo es que el campo de la proclamación es la cruz de Cristo. Este es el evangelio bajo el cual la prédica de todas las demás cosas está subordinadas. Sin la cruz, la prédica para glorificar la justicia de Dios en el regocijo del hombre pecador, carece de valor.

La Cruz como la Base De la Humildad de Predicar.

La cruz es también la base de la humildad al predicar, debido a que la misma es el poder de Dios para crucificar el orgullo tanto del predicador como de la congregación. En el Nuevo Testamento, la cruz no solamente es un sitio de sustitución objetiva, sino también al presente es un lugar de ejecución subjetiva – la ejecución de mi propia confianza y mi amor a la alabanza de los hombres. “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al
mundo”. (Gal. 6:14.

El punto donde Pablo hace más énfasis sobre el poder de la cruz es en relación con su propia prédica. Dudo que haya un pasaje más importante en toda la Biblia sobre la prédica que en el primero y segundo capítulos de la 1ª. Carta a Corintios, donde Pablo muestra que el mayor obstáculo en la tarea de predicar en Corinto, era el orgullo. La gente amaba los dotes de oratoria, la agudeza del intelecto y los aires

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filosóficos. Se alineaban tras sus maestros favoritos y se ufanaban diciendo “Yo pertenezco Pablo” “Yo pertenezco a Apolo” “Yo pertenezco a Cefas”. La meta de Pablo en esos capítulos está declarada negativamente en 1:29, “a fin de que nadie se jacte en su presencia” (de Dios), y positivamente en 1:31, “para que como está escrito: El que se gloríe, gloríese en el Señor”. En otras palabras, Pablo no nos niega la gran satisfacción que proviene de gozarse en la gloria y deleitarse en la grandeza. Mas tampoco niega la glorificación y la llenura que Dios refleja a él cuando la gente exalta a Dios y no al hombre. Sacie sus deseos de alardear, jactándose en el Señor. Los objetivos de Pablo son los mismos objetivos del predicador Cristiano – la gloria de Dios en los corazones rebosantes de alegría por el Dios exaltado de los Cristianos. Mas el orgullo se interpone en el camino. Para quitarlo, Pablo habla del efecto de la cruz en su propia experiencia. Su punto relevante es que “la palabra de la cruz” (1:18) es el poder de Dios para doblegar el orgullo del hombre – tanto del predicador como del que escucha – y nos trae a la grata confianza de la misericordia de Dios, y no a la nuestra.

Permítame darle unos pocos ejemplos sobre esto, del texto: “Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio; no con sabiduría de palabras, para que no se haga vana la cruz de Cristo” (1 Cor. 1:17) ¿Por qué iba a ser vana la cruz, si Pablo había llegado con elocuente oratoria y sabios desplantes filosóficos? Habría sido anulada, debido a que él habría estado cultivando la jactancia del hombre, que la cruz era para crucificar. Esto es lo que quiero decir cuando digo que la cruz es el terreno de la humildad de la prédica.

Consideremos el mismo punto en 2:1, “Así que hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabra o de sabiduría”. En otras palabras evitó la oratoria intelectual ostentosa. ¿Por qué? ¿Cuál fue su propósito de menguar en esta predicación? El verso 2 lo dice claramente así: “Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado”.

Creo que lo que quiere decir es que dispuso que su mente fuera tan saturada con el poder crucificante de la cruz, al punto que todo lo que dijo e hizo, en todas sus prédicas había el aroma de la muerte – muerte del yo, muerte del orgullo, muerte del alarde del hombre. En este aroma de muerte, la vida que las gentes verían, sería la vida de Cristo, y el poder que las gentes verían, sería el poder de Dios. ¿Por qué? ¿Por qué deseaba que las gentes vieran esto y no se fijaran en él? El verso 5 nos muestra que “para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios”. En otras palabras, que Dios (no el predicador) pueda ser honrado en la confianza de su pueblo. Tal es la meta de la prédica.

Termino diciendo que la cruz de Cristo no solamente provee el fundamento a una prédica válida que nos permite proclamar las buenas nuevas de que un Dios justo puede y será glorificado en la grata sumisión de pecadores; sino que también es el fundamento de la prédica humilde. La cruz es un tema pasado de
sustitución y una experiencia presente de ejecución. Exalta la gloria de Dios y contrista el orgullo del hombre en el predicador. Es el fundamento de nuestra doctrina y de nuestra conducta. Pablo llega a decir que a menos que el predicador sea crucificado (1 Cor. 1:17) su prédica será nula. Lo que nosotros somos en la prédica, es tremendamente crucial para lo que decimos. Por esta razón en el capítulo 3 toco el tema del poder de enseñanza del Espíritu Santo, y en el capítulo 4 la seriedad y gozo de predicar.

~ por Arq. Adolfo Becerril S. en julio 4, 2008.

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