01-LA SUPREMACÍA DE DIOS AL PREDICAR – PREÁMBULO – Por John Piper

 

PREÁMBULO

Las gentes están hambrientas de la grandeza de Dios. Pero la mayoría de ellos, en medio de una vida llena de problemas no quieren reconocerlo. La majestad de Dios es una cura desconocida. Hay en el ambiente muchas recetas populares cuyos beneficios son superficiales y breves. La prédica que no tiene el aroma de la grandeza de Dios, podrá entretener por un tiempo, mas no calmará el grito del alma que clama: “Muéstrame tu Gloria”. Hace años, durante la oración semanal en nuestra iglesia, decidí predicar acerca de la Santidad de Dios, basándome en Isaías 6.

En el primer Domingo del año, decidí mostrar la visión de Dios que se encuentra en los primeros cuatro versos de ese capítulo. “En el año que murió el rey Uzías, vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, y con dos volaban. Y el uno al otro daban voces, diciendo: Santo, Santo, Santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de tu gloria. Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo. De modo que prediqué sobre la santidad de Dios, e hice lo mejor por mostrar la majestad y la gloria de tan grande y santo Dios. No di la mínima palabra aplicada a las vidas de las personas. La aplicación es esencial en el curso normal de una prédica, pero aquel día me sentí llevado a hacer una prueba: ¿Acaso el mostrar apasionadamente la grandeza de Dios por sí solo, acaso llenaría las necesidades de esta gente? No me había dado cuenta que no hacía mucho, antes de este Domingo, una pareja joven de nuestra iglesia, había descubierto que uno de sus hijos estaba siendo abusado sexualmente por un pariente cercano. El asunto era increíblemente traumático. Ellos estaban allí aquel Domingo por la mañana escuchando aquel mensaje. No sé cuantos fieles, aconsejando a los pastores nos dirían hoy: “Pastor Piper, ¿no se da cuenta que su gente está sufriendo? ¿No pudiera usted bajar del cielo y ser más práctico? ¿No se da cuenta de la clase de gente que se sienta frente a usted los Domingos?”. Semanas mas tarde supe la historia. Un Domingo por la tarde después del servicio, el esposo me llamó aparte. “John – me dijo – estos han sido los meses mas duros de nuestras vidas. ¿Y sabe por qué he logrado resistirlos? Fue la visión de la Grandeza de la Santidad de Dios que usted nos dio la primera semana de Enero. Esa ha sido la roca a la que nos hemos aferrado”. La grandeza y la gloria de Dios son relevantes. No importa si las encuestas salen con una lista de necesidades perceptible que no incluyan la suprema grandeza de la soberanía del Dios de la Gracia. Hay una necesidad mas profunda, y nuestro pueblo está hambriento de Dios. Otra ilustración de lo anterior es la manera como la movilización misionera está ocurriendo en nuestra iglesia y la forma como en la historia esto ha sucedido vez tras vez. La juventud de hoy no se entusiasma por denominaciones y agencias. En cambio, se entusiasma por la grandeza de un Dios global y por el incontenible propósito de un rey soberano. El primer gran misionero dijo: “Se nos ha dado la gracia y apostolado para despertar la obediencia por la fe, por razón de su nombre, a todas las naciones”. (Romanos 1:5 énfasis marcado) Las misiones existen por razones del amor de Dios. Fluyen por un amor a la gloria de Dios y por el honor de su reputación, como la respuesta a una oración: “Santificado sea tu nombre”. Estoy convencido que la visión de un gran Dios es el vínculo en la vida de la iglesia, tanto pastoral como de un alcance misionero. Nuestras gentes necesitan oír de un Dios milagroso. Necesitan oír que alguien, por lo menos una vez a la semana, alce su voz y magnifique la supremacía de Dios. Ellos necesitan contemplar el completo panorama de las excelencias de Dios. Robert Murray M’Cheyne dijo: “Dios no bendice a los grandes talentos tanto como a la gran semejanza a Jesús. Un Ministro santo es una poderosa arma en las manos de Dios”. (1) En otras palabras lo que la gente demanda es nuestra santidad personal. Y ciertamente, la santidad personal es nada menos que una vida inmersa en Dios – una vida diferente del concepto que el mundo tiene de la vida de milagros de Dios. Dios mismo es la materia fundamental de nuestra predica, en su majestad y verdad y santidad y rectitud, y sabiduría y fidelidad, soberanía y gracia. No quiero decir que no debamos predicar sobre las menudencias de las cosas prácticas como la paternidad y el divorcio y el Sida y la TV y el sexo. Lo que quiero decir es que cada una de esas cosas deberá ser traída ante la santa presencia de Dios y expuesta desde sus raíces carentes de temor a Dios o alejadas de él. No es la tarea del predicador cristiano recetar a las gentes pláticas de animación moral o psicológicas de cómo conducirse en el mundo, cosa que cualquier otro puede hacer. Mas la mayoría de nuestra gente no tienen en este mundo quien les diga una y otra vez acerca de la suprema belleza majestuosa de Dios. Trágicamente por eso, muchos están hambrientos por la visión centrada en Dios del gran predicador Jonathan Edwards. Mark Knoll, historiador eclesial, descubrió que en los dos y medio siglos pasado, desde Edwards, trágicamente “Los evangélicos norteamericanos no han pensado desde un inicio acerca de la vida como Cristianos, porque toda su cultura se los ha impedido. La piedad de Edwards continuó en una tradición de reavivamiento, a su teología siguió un Calvinismo académico, mas no hubo sucesores para la visión universal de su Dios poderoso o de su profunda filosofía teológica. La desaparición de la perspectiva de Edwards en la historia de la Cristiandad norteamericana ha sido una tragedia” (2) Charles Colson repite esta convicción: “La iglesia moderna de Occidente – en su mayoría desviada, llena de cultos e infectada con gracia barata – urge oír el reto de Edwards… Creo que las oraciones y las obras de los que aman y obedecen a Cristo en el mundo, podrán prevalecer siempre que atesoren los mensajes de un hombre llamado Jonathan Edwards” (3) La recuperación de “La visión universal de un Dios Poderoso” causará gran regocijo sobre la tierra en los mensajeros de Dios, y una razón de profundo agradecimiento al Dios que hace todas las cosas nuevas.
El material de la Parte 1, fue inicialmente expuesta como Disertaciones y Prédicas en Harold John Ockenga en el Seminario Teológico Gordon Conwell en Febrero de 1988. La esencia de la Parte 2 fue primeramente entregada en el Centro Billy Graham de Disertaciones sobre Prédicas en Wheaton College en Octubre de 1984. Tales privilegios y esfuerzos fueron una tremenda ganancia para mí más que para cualquier otro; doy gracias a los administradores de estos Colegios que confiaron en mi, y me permitieron tener un atisbo a un llamado de lo alto como predicador Cristiano.

Siempre doy gracias a Dios que nunca me ha abandonado la mañana de un Domingo, sin una palabra, y un celo para hablarla, todo para su gloria. Oh, pero yo tengo mis momentos. Mi familia de cuatro hijos y una esposa estable, no son ajenos a las penas y las lágrimas. Las críticas pueden herir al irritable, y el desanimo puede llegar tan profundo como para dejar a este predicador mudo. Pero la inconmensurable y soberana gracia de Dios, más allá de toda soledad e inconveniencia, me ha revelado su Palabra y me ha dado un corazón capaz de saborearla y enviarla semana tras semana. Por eso nunca he dejado de amar la prédica. En la misericordia de Dios hay una razón humana para ello. Charles Spurgeon lo sabía, y la mayoría de predicadores felices lo saben. Cierta vez le preguntaron a Spurgeon acerca del secreto de su ministerio. Al cabo de una breve pausa, respondió: “Mi gente ora por mí” (4) Por eso es que yo he sido revivido una y otra vez en la obra del ministerio. Así es como La Supremacía de Dios en la Prédica pudo ser escrito. Mi gente ora por mí. A ellos dedico este libro con afecto y gratitud.

Oro porque este libro pueda volver los corazones de los heraldos de Dios, para el cumplimiento de la gran admonición apostólica: Si alguno habla, Hable conforme a las palabras de Dios… Conforme el poder que Dios da Para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amen. (1 Pedro 4:11)
John Piper.

 

~ por Arq. Adolfo Becerril S. en junio 28, 2008.

Una respuesta to “01-LA SUPREMACÍA DE DIOS AL PREDICAR – PREÁMBULO – Por John Piper”

  1. La grandeza de Dios es tangible, maravillosa es el extasis del espiritu.

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