PRACTICA CRISTIANA – Pensamientos para Jóvenes – J.C. Ryle – (Hermanos… estudien y compartan este mensaje a sus jovenes, esta de SUPER-RECOMENDACIÓN)

Pensamientos para Jóvenes

por J.C. Ryle

Cuando el apóstol Pablo escribió su epístola a Tito acerca de su deber como maestro, se refirió a los hombres jóvenes como una clase que requiere de una atención peculiar. Después de hablar de hombres y mujeres ancianos, y de mujeres jóvenes, él añade este sustancial consejo: “Exhorta asimismo a los jóvenes a que sean prudentes” (Tit 2:6). Voy a seguir el consejo del apóstol. Me propongo ofrecer unas pocas palabras de amistosa exhortación a los hombres jóvenes.

Yo mismo me estoy poniendo viejo, pero hay pocas cosas que recuerdo tan claramente como los días de mi juventud. Tengo los más variados recuerdos de los goces y placeres, las esperanzas y los temores, las tentaciones y las dificultades, los errados juicios y los mal orientados afectos, y de los errores y las aspiraciones, que rodean y acompañan la vida de un hombre joven. Si tan solo puedo decir algo para mantener a un joven en el camino recto, y preservarlo de las faltas y los pecados que pueden estropear sus prospectos tanto para el tiempo como para la eternidad, estaré muy agradecido.

Hay cuatro cosas que me propongo hacer :

I. Mencionaré algunas razones generales de por qué el joven necesita exhortación.

II. Señalaré algunos peligros especiales contra los cuales los hombres jóvenes necesitan ser advertidos.

III. Daré algunos consejos generales que insto a los hombres jóvenes a que reciban.

IV. Plantearé algunas reglas de conducta especiales, las cuales aconsejo encarecidamente a los hombres jóvenes que sigan.

 

En cada uno de estos cuatro puntos tengo algo que decir, y oro a Dios que lo que diga pueda beneficiar a algún alma.

I. RAZONES PARA EXHORTAR A LOS HOMBRES JÓVENES.

1. En primer lugar, ¿cuáles son las razones generales por las que los hombres jóvenes necesitan una exhortación peculiar? Mencionaré algunas de ellas por orden.

(1) Por un lado está el penoso hecho de que hay pocos jóvenes en cualquier lugar que parezcan tener siquiera religión.

Digo esto sin distinción de personas; lo digo en forma global: altos o bajos, ricos o pobres, aristócratas o de humilde alcurnia, doctos o indoctos, de la ciudad o del campo, no importa. Me estremezco al observar cuan pocos jóvenes son guiados por el Espíritu, cuan pocos están por este camino angosto que lleva a la vida, cuan pocos están poniendo sus afectos en las cosas de arriba, cuan pocos están tomando la cruz y siguiendo a Cristo. Digo esto con mucho pesar, pero creo, ante Dios, que estoy diciendo nada más que la verdad.

Jóvenes, ustedes forman una numerosa y sumamente importante clase de la población de este país, pero ¿dónde y en qué condiciones se encuentran sus almas inmortales? ¡Es una lástima! Hacia dondequiera que miremos en busca de una respuesta, el reporte será uno y el mismo.

Preguntémosle a cualquier ministro fiel del evangelio y pongamos atención a su respuesta. ¿Cuántos jóvenes solteros puede él estimar que vienen a participar en la Cena del Señor? ¿Quiénes son los más rezagados en cuanto a los medios de la gracia, y los que asisten con mayor irregularidad a los servicios del domingo, y los más difíciles de atraer a las reuniones semanales y a los cultos de oración, los más distraídos en todas las prédicas? ¿Qué grupo de su congregación lo llena de la mayor ansiedad? ¿Cuáles son los Rubenes por los cuales tiene las más profundas “indagaciones del corazón”? ¿Quiénes de su grey son los más difíciles de manejar? ¿Quiénes requieren advertencias y reprensiones con mayor frecuencia? ¿Quiénes le ocasionan las mayores perturbaciones y penas? ¿Quiénes lo mantienen más continuamente en temor por sus almas y parecen estar más desesperanzados? Tú puedes estar seguro de que su respuesta será: Los Hombres Jóvenes.

Preguntémosle a los magistrados y funcionarios de la justicia y observemos lo que ellos responderán. ¿Quiénes son los que más van a tabernas y cervecerías? ¿Quiénes son los mayores infractores en el Día del Señor? ¿Quiénes componen bulliciosas turbas y mitines rebeldes? ¿Quiénes son los que con mayor frecuencia son detenidos por embriaguez, quebrantamiento de la paz, peleas, intrusión en propiedades ajenas, robos, asaltos y cosas semejantes? ¿Quiénes llenan las prisiones, penitenciarías y listas de convictos? ¿Quiénes componen la clase que más incesantemente requiere vigilancia y que los ocupa más? De seguro que apuntarán todos al mismo grupo, y dirán: Los Hombres Jóvenes.

Volvámanos en dirección a las clases más acomodadas y noten el reporte que obtendremos de ellas. En una familia, los hijos varones están siempre perdiendo el tiempo, la salud y el dinero en su egoísta búsqueda de placer. En otra, estos no seguirán profesión alguna y desperdiciarán los años más preciados de sus vidas haciendo nada. En otra, emprenderán una carrera por mero formalismo, pero sin prestar atención a sus deberes. En otra, estarán siempre estableciendo relaciones equivocadas, jugando y apostando, endeudándose, asociándose con malas compañías y manteniendo a sus amigos en una constante ansiedad. ¡Qué lamentable! Ni rango, ni título, ni riqueza, ni educación impiden o previenen estas cosas. Padres ansiosos, madres con corazones quebrantados y hermanas apenadas, podrían contar tristes historias sobre ellos si la verdad saliera a la luz. Muchas familias, con todo lo que este mundo puede ofrecer, cuenta entre sus parientes con algún nombre que nunca es mencionado,–o únicamente mencionado con pesar y vergüenza–, algún hijo, algún hermano, algún primo, algún sobrino que hace lo que quiere y es un motivo de aflicción para todos los que lo conocen.

Es raro encontrar una familia rica que no haya tenido algún aguijón en su costado, alguna mancha en sus páginas de felicidad, alguna fuente constante de dolor y ansiedad; y, a menudo, bastante a menudo, ¿no es esta la verdadera causa: Los Hombres Jóvenes?

¿Qué diremos a todo esto? Estos son hechos –hechos claros que saltan a la vista–, hechos con los que nos tropezamos por todos lados, hechos que no pueden negarse. ¡Qué espantosa realidad! ¡Qué terrible el pensamiento de que cada vez que me encuentro con un joven, me encuentro con alguien que con toda probabilidad es un enemigo de Dios, que camina por el ancho camino que lleva a la destrucción, no apto para el cielo! Indudablemente, con tales hechos delante de mí, no te sorprenderás de que yo te exhorte a tí, –debes admitir que existe una razón.

(2) Por otra parte, la muerte y el juicio están delante de los jóvenes al igual que de los demás, y casi todos ellos parecen olvidarlo.

Joven, está establecido que mueras una sola vez (Heb 9:27); y no importa lo fuerte o saludable que puedas estar, el día de tu muerte está quizás muy cercano. Yo veo a jóvenes enfermos al igual que a viejos. Entierro cuerpos jóvenes tanto como ancianos. Leo nombres de personas no mayores que ustedes mismos en cada cementerio. En los registros veo que con excepción de la infancia y la vejez, mueren más entre las edades de trece y veintitrés años que en cualquier otra época de la vida. Sin embargo, vives como si al presente estuvieras seguro de que no vas a morir.

¿Estás pensando que a estas cosas les prestarás atención mañana? Recuerda las palabras de Salomón: “No te jactes del día de mañana; porque no sabes que dará de sí el día” (Pr 27:1). “Las cosas serias para mañana”, le dijo un pagano a uno que le advertía del peligro que se aproximaba; pero su “mañana” nunca llegó. Mañana es el día del diablo, mas el hoy es el día de Dios. A Satanás no le importa cuan espirituales puedan ser tus intenciones, ni cuan santas sean tus resoluciones, mientras éstas estén fijadas simplemente para “mañana”. ¡Oh, no des lugar al diablo en este asunto! Respóndele: “¡No, Satanás! ¡Será hoy, hoy! No todos los hombres viven para ser patriarcas como Isaac y Jacob. Muchos hijos mueren antes que sus padres. David tuvo que llorar la muerte de sus dos hijos más amados; Job perdió sus diez hijos en un sólo día. Tu suerte puede ser la misma que la de alguno de ellos, y cuando la muerte te llame, vano será hablar de mañana –tú debes partir en el acto.

 

¿Estás pensando que tendrás una ocasión oportuna para prestar atención a estas cosas en el futuro? Así pensaron Félix y los atenienses a quienes Pablo les predicó, pero esa ocasión nunca llegó (Hch 17:32; 24:35). El infierno esta pavimentado de fantasías como esas. Más te vale obrar mientras puedas. No dejes sin arreglar nada que sea eterno. No corras ningún riesgo cuando es tu alma la que está en juego. Créeme, la salvación de un alma no es cosa fácil. Todos necesitamos de “tan grande” salvación, jóvenes y viejos; todos necesitamos ser nacidos de nuevo, todos necesitamos ser lavados en la sangre de Cristo, todos necesitamos ser santificados por el Espíritu. Bienaventurado el hombre que no deja estas cosas en la incertidumbre, sino que no descansa hasta tener el testimonio del Espíritu en su interior de que es un hijo de Dios.

Joven, tu tiempo es corto. Tus días no son sino de un palmo de largo –una sombra, un vapor (Stg 4:14)– un cuento que es velozmente relatado. Tu cuerpo no es de bronce. “Los jóvenes”, dice Isaías, “caen” (Is 40:30). Tu salud te puede ser arrebatada en un momento: –sólo se necesita una caída, una fiebre, una inflamación, un vaso sanguíneo roto, y pronto los gusanos se alimentarán de tí. Hay un sólo paso entre tí y la muerte. Puede que “esta noche vengan a pedirte tu alma”. Rápidamente estarás siguiendo el camino de todos en la tierra” –dentro de poco tiempo te habrás ido. Tu vida es totalmente incierta, más tu muerte y tu juicio están perfectamente asegurados. Tú también vas a oír la trompeta del Arcángel y tendrás que presentarte ante el gran trono blanco. Tú también deberás obedecer este llamado, el cual Jerome dice que estaba siempre sonando en sus oídos: “Levántate, muerto, y ven a juicio”. “Ciertamente vengo en breve” (Ap 22:20), es el lenguaje del Juez Mismo. Yo no puedo, ni me atrevo a dejarte tranquilo, y no lo haré.

Ojalá que penetren en tu corazón las palabras del Predicador: “Alégrate, joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia; y anda en los caminos de tu corazón y en la vista de tus ojos, pero sabe, que sobre todas estas cosas te juzgará Dios” (Ec 11:9). ¡Es pasmoso que ante tal expectativa algún hombre pueda ser descuidado e indiferente! Ciertamente ninguno es tan loco como aquellos que están contentos de vivir sin estar preparados para morir. Ciertamente la incredulidad de los hombres es la cosa más asombrosa del mundo. Con razón la profecía más clara de la Biblia comienza con estas palabras: “¿Quién ha creído a nuestro anuncio?” (Is 53:1). Con razón dice el Señor: “Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (Lc 18:8). Joven, temo que este sea el reporte tuyo y el de muchos otros en la corte de arriba: “Ellos no creerán.” Temo que seas sacado precipitadamente de este mundo y te despiertes para descubrir, demasiado tarde, que la muerte y el juicio son una realidad. Temo todo esto y por esto te exhorto.

(3) Por otro lado, lo que los jóvenes serán, con toda certeza dependerá de lo que son ahora, y parece ser que olvidan esto.

La juventud es la siembra de la edad madura, la etapa de moldeamiento en el corto ciclo de la vida, el momento crucial en la historia del pensamiento del hombre.

Por el renuevo juzgamos el árbol, por la flor juzgamos el fruto, por la primavera juzgamos la cosecha, por la mañana juzgamos el día, y por el carácter del hombre joven podemos, por lo general, juzgar lo que será cuando se vuelva adulto.

Joven, no te engañes. No creas que puedes, a voluntad, servir a los deseos de la carne y a los placeres en la etapa inicial de tu vida, y luego servir a Dios con facilidad en la etapa final. No creas que puedes vivir con Esaú, y después morir con Jacob. Es una burla tratar con Dios y con tu alma en esa manera. Es una detestable burla suponer que puedes darle la flor de tu juventud al mundo y al diablo para luego despachar al Rey de reyes con las sobras y residuos de tu corazón, los restos y vestigios de tu fuerza. Es una detestable burla, y podrás darte cuenta a tus propias expensas que tal cosa no se puede hacer.

Yo no dudo que tú estés contando con un arrepentimiento tardío. No sabes lo que estás haciendo. Estás considerando así sin tomar en cuenta a Dios. El arrepentimiento y la fe son dones de Dios, dones que El a menudo retiene cuando han sido ofrecidos en vano por largo tiempo. Reconozco que nunca es demasiado tarde para el verdadero arrepentimiento, pero al mismo tiempo te advierto que raras veces el arrepentimiento tardío es verdadero. Reconozco que un ladrón penitente se convirtió en sus últimas horas, para que ningún hombre abandone la esperanza; pero te advierto, sólo uno se convirtió, para que ningún hombre presuma. Te acepto que está escrito, Jesús “puede salvar perpetuamente a los que por El se acercan a Dios” (He 7:25); pero, te advierto que también está escrito por el mismo Espíritu: “Por cuanto llamé, y no quisisteis oír… También yo me reiré en vuestra calamidad, y me burlaré cuando os viniere lo que teméis” (Pr 1:24,26).

Créeme. hallarás que no es cosa fácil volverse a Dios así por así cuando a tí te plazca. Es veraz el dicho del buen ministro Leighton: “El camino del pecado es cuesta abajo; un hombre no puede parar cuando él quiera hacerlo.” Los deseos santos y las convicciones sinceras no son como los siervos del centurión, que están listos para ir y venir a tu orden; más bien son como el Leviatán en Job: No obedecerán tu voz, ni atenderán tu mandato. Se dijo de un famoso general de antaño que cuando pudo haber tomado la ciudad contra la cual luchaba, no quiso; y cuando más tarde quiso hacerlo, no pudo. ¡Cuidado!, no sea que el mismo caso te sobrevenga a tí con respecto a la vida eterna.

¿Por qué digo todo esto? Lo digo a causa de la fuerza del hábito. Lo digo porque la experiencia me dice que los corazones de las personas muy raras veces cambian si no han cambiado en la juventud. En verdad, raras veces se convierten los hombres cuando son viejos. Los hábitos tienen profundas raíces. Tan pronto le permites al pecado cobijarse en tu seno, no va a salir a tu mandato. La costumbre se convierte en una segunda naturaleza, y sus cadenas son cuerdas de tres dobleces que no se rompen fácilmente. Bien dice el profeta: “¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal?” (Jer 13:23). Los hábitos son como piedras que ruedan cuesta abajo, mientras más lejos ruedan, más rápido e ingobernable es su curso. Los hábitos, como los árboles, se fortalecen con la edad. Un muchacho puede torcer un roble cuando éste es un árbol joven, pero cien hombres no pueden arrancarlo de raíz cuando es un árbol adulto. Un niño puede ir vadeando el Támesis en su nacimiento, pero la más grande embarcación del mundo puede flotar en el mismo cuando desemboca en el mar. Lo mismo ocurre con los hábitos: Mientras más viejos, más fuertes, mientras más tiempo han tomado posesión, más difícil será echarlos fuera. Ellos crecen con nuestro crecimiento, y se fortalecen con nuestra fuerza. La costumbre es la nodriza del pecado. Cada nuevo acto pecaminoso disminuye el temor y el remordimiento, endurece nuestros corazones, embota los filos de nuestra conciencia e incrementa nuestra malvada inclinación.

Joven, tal vez pienses que estoy haciendo demasiado hincapié sobre este asunto. Si hubieras visto a hombres viejos como yo los he visto, al borde de la muerte, inconmovibles, cauterizados, insensibles, muertos, fríos, duros como una infernal piedra de molino; pensarías de otra manera. Créeme, no puedes quedarte de brazos cruzados en los asuntos relacionados con tu alma. Hábitos de bien o de mal están fortaleciéndose diariamente en tu corazón. Cada día te acercas más a Dios o te alejas más de El. Por cada año que continúes impenitente, la pared divisoria entre tú y el cielo se hace más alta y más gruesa, y el abismo que ha de cruzarse, más profundo y más ancho. ¡Oh, teme el efecto endurecedor de estarte consumiendo en el pecado! Ahora es el tiempo aceptable. Procura que tu vuelo no sea en el invierno de tus días. Si no buscas al Señor en tu juventud, la fortaleza del hábito es tal que probablemente nunca le buscarás después.

Temo por esto, y por tanto te exhorto.

(4) Por otro lado, el diablo pone especial diligencia en destruir las almas de los hombres jóvenes, y parece como si ellos no lo supieran.

Satanás sabe muy bien que los jóvenes formarán la próxima generación. Por consiguiente, hace uso de cada habilidad con tiempo para tomar posesión de ellos. Yo no voy a permitir que tú ignores sus maquinaciones.

Tú eres de aquellos sobre quienes el diablo despliega sus más escogidas tentaciones. El extiende su red con el más atento cuidado para enredar tu corazón. El pone cebo a la trampa con las carnadas más dulces para tenerte en su poder. El exhibe sus mercancías ante tus ojos con extrema ingenuidad para hacer que tú compres sus azucarados venenos, y comas sus malditos manjares. Tú eres el objeto principal de su ataque. Que el Señor lo reprenda y te libre de sus manos.

Joven, cuídate de no caer en sus redes. El tratará de arrojar polvo en tus ojos, y hará que no veas ninguna cosa en su verdadero color. El se alegrará si logra hacerte considerar a lo malo bueno y a lo bueno malo. El pintará, adornará y vestirá el pecado para hacerte que te enamores de él. El deformará, hará una falsa representación y ridiculizará la verdadera religión para hacer que le tomes aversión. El exaltará los placeres de la maldad, pero esconderá de tí el aguijón de ella. Levantará ante tus ojos la cruz y sus aflicciones, pero mantendrá fuera de tu vista la corona eterna. Te prometerá todo, como lo hizo con Cristo, si le sirves solamente a él. Incluso te ayudará a seguir una apariencia de religión, si tan sólo niegas su poder. El te dirá al principio de tu vida: “es demasiado pronto” para servir a Dios, y te dirá al final: “es demasiado tarde”. ¡Oh, no te dejes engañar!

Poco sabes del peligro en que estás metido con este enemigo, y es precisamente esta ignorancia lo que me hace temer. Tú eres como los ciegos, que caminan en medio de trampas y escollos ocultos; no ves los peligros que a cada lado te rodean.

Tu enemigo es poderoso. Es llamado “El príncipe de este mundo.” (Jn 14:30). Se opuso al Señor Jesucristo durante todo Su ministerio. Tentó a Adán y a Eva a comer del fruto prohibido y de esa manera trajo el pecado y la muerte al mundo. Tentó incluso a David, el hombre conforme al corazón de Dios, e hizo que sus últimos días fueran llenos de sufrimiento. Tentó aun a Pedro, el apóstol escogido, e hizo que negara a su Señor. Su enemistad es, sin duda alguna, algo que no ha de desestimarse.

Tu enemigo no descansa. El nunca duerme. Siempre, “como león rugiente, anda alrededor buscando a quién devorar.” (1 P 5:8). Está en todo momento de aquí para allá por toda la tierra, andando de arriba a abajo en ella (Job 1:7; 2:2). Puede que tú seas descuidado con tu alma, pero él no. El quiere tu alma para hacerla miserable, como él mismo lo es, y la tendrá si puede. Su enemistad es, sin duda alguna, algo que no ha de desestimarse.

 

Finalmente, tu enemigo es astuto. Por casi seis mil años él ha estado leyendo un libro, y ese libro es el corazón del hombre. Debe de conocerlo bien, y, de hecho, lo conoce: toda su debilidad, toda su falsedad, toda su insensatez. El tiene el cúmulo de tentaciones más efectivas para hacerle daño. Nunca llegarás a estar en un lugar donde no te encuentre. Vete a las ciudades, él estará allá. Vete a un desierto, él te encontrará allí también. Reúnete con los borrachos y juerguistas, y él estará allí para ayudarte. Escucha las prédicas, y él estará allí para distraerte. Su enemistad es, sin duda alguna, algo que no ha de desestimarse.

Joven, este enemigo está trabajando arduamente para destruirte, sin importar lo poco que repares en ello. Los jóvenes son el premio por el cual él está contendiendo de manera especial. El prevé que ustedes habrán de ser las bendiciones o las maldiciones de su generación, y está haciendo todo lo posible para conseguir alojamiento en sus corazones desde ahora, de modo que puedan ayudarlo con el tiempo a promover su reino. Bien entiende él que estropear el capullo es la manera más segura para echar a perder la flor.

¡Oh, que tus ojos sean abiertos como los de aquellos siervos de Elías en Dotan! ¡Oh, que tú veas lo que Satanás está tramando en contra de tu paz! Debo advertirte, debo exhortarte. Ya sea que oigas o no, yo no puedo, ni me atrevo, a dejarte tranquilo.

(5) Por otro lado, los jóvenes necesitan ser exhortados por el dolor que les evitará el comenzar a servir a Dios ahora.

El pecado es la madre de todo pesar, y ningún tipo de pecado parece ocasionar al hombre tanta miseria y dolor como los pecados de su juventud. Los tontos comportamientos que tuvo; el tiempo que malgastó; los errores que cometió; las malas compañías que mantuvo; el daño que se hizo a sí mismo, tanto a su cuerpo como a su alma; las oportunidades de felicidad que desechó; todas estas son cosas que a menudo amargan la conciencia de un hombre viejo, arrojan melancolía y tristeza sobre el anochecer de sus días, y llenan las últimas horas de su vida de autoreproche y vergüenza.

Algunos hombres podrían contarte de su prematura pérdida de salud producto de pecados de su juventud. La enfermedad atormenta sus miembros con dolor, y la vida es casi un fastidio. Su fuerza muscular está tan gastada que un saltamontes resulta ser una carga. Sus ojos se han oscurecido prematuramente y su fuerza natural se ha reducido. El sol de su salud se ha acostado siendo aún de día, y gime al ver su carne y su cuerpo consumidos. Créeme, esta es una copa amarga de tomar.

Otros podrían darte tristes recuentos de las consecuencias de la ociosidad. Desperdiciaron la dorada oportunidad de aprender. No obtuvieron sabiduría en el tiempo en que sus mentes estaban más aptas para recibirla y sus memorias más preparadas para retenerla. Y ahora es demasiado tarde. No tienen tiempo libre para sentarse y aprender. No tienen ya más el mismo poder, aún si tuvieran el tiempo libre. El tiempo perdido nunca puede ser redimido. Esta también es una amarga copa que tomar.

 

Otros podrían contarte de graves errores en sus juicios, por los cuales sufrieron a todo lo largo de sus vidas. Ellos vivieron a su manera. No recibieron consejo; hicieron las cosas a su manera. Hicieron algunas amistades que fueron la ruina de su felicidad. Escogieron una profesión para la cual eran totalmente ineptos. Y ellos ven todo esto ahora. Pero sus ojos se han abierto justamente cuando el error ya no puede ser corregido. ¡Oh, ésta es también otra amarga copa que tomar!

 

Joven, joven, yo quisiera que realmente conocieras el alivio que da una conciencia no cargada con una larga lista de pecados de la juventud. Estas son heridas que penetran hasta lo más profundo. Estas son las flechas que se beben el espíritu de un hombre. Este es el hierro que penetra en el alma. Ten misericordia de tí mismo. Busca al Señor temprano y serás librado de muchas lágrimas amargas.

 

Esta es la verdad que Job parece haber percibido. El dice: “¿Por qué escribes contra mí amarguras, y me haces cargo de los pecados de mi juventud?” (Job 13:26). Así también su amigo Zofar, hablando de los malvados, dice: “Sus huesos están llenos de su juventud, más con él en el polvo yacerán” (Job 20:11).

 

David también parece haberlo sentido. El le dice al Señor: “De los pecados de mi juventud, y de mis rebeliones, no te acuerdes” (Salmo 25:7).

 

Beza, el gran reformador suizo, lo sintió tan fuertemente que declaró en su testamento, como una misericordia especial, el hecho de haber sido llamado del mundo, por la gracia de Dios, a la edad de dieciséis.

 

Ahora ve y pregúntale a creyentes, y te aseguro que muchos te responderán lo mismo. “¡Oh, que pudiera vivir de nuevo los días de mi juventud!”, es lo que más probablemente dirían. “¡Oh, si hubiera comenzado mi vida de una mejor manera!” “¡Oh, si no hubiera echado un fundamento tan fuerte de malos hábitos en la primavera de mi vida!”

 

Joven, quiero evitarte todo este dolor, si puedo. El infierno mismo es conocido en verdad cuando ya es demasiado tarde. Sé sabio a tiempo. Lo que la juventud siembra, eso debe la vejez cosechar. No des la época más preciosa de tu vida a aquello que no te confortará en tus últimos días. Mas bien siembra para tí mismo en justicia: ara tu terreno no cultivado; no siembres entre espinos.

 

El pecado puede que se deslice ligeramente de tu mano, o corra suavemente fuera de tu lengua en estos momentos, pero ten por seguro que el pecado y tú se encontrarán de nuevo a la larga, no importa lo poco que te guste esta idea. Las viejas heridas con frecuencia dolerán mucho tiempo después de haber sido sanadas, y sólo queda una cicatriz; así puede que ocurra con tus pecados. Huellas de animales han sido encontradas en la superficie de rocas que una vez fueron arena mojada, miles de años después que el animal que las hizo había perecido; así también puede que sea con tus pecados.

 

“La experiencia”, dice un proverbio, “mantiene una escuela costosa, pero los tontos no aprenderán en ninguna otra.” Yo quiero que tú escapes de la miseria de aprender en esa escuela. Yo quiero evitarte la miseria que los pecados de la juventud acarrean con certeza. Esta es la última razón por la cual te exhorto.

 

 

II. PELIGROS DE LOS HOMBRES JÓVENES

2. En segundo lugar, hay algunos peligros especiales contra los cuales los hombres jóvenes necesitan ser advertidos.

 

(1) Un peligro para los jóvenes es el orgullo.

 

Sé muy bien que todas las almas están en un terrible peligro. No importa si son viejos o jóvenes, todos tienen una carrera que correr, una batalla que pelear, un corazón que mortificar, un mundo que vencer, un cuerpo que mantener sujeto, un diablo que resistir; y bien podemos decir: para estas cosas, ¿quién es suficiente? Con todo, cada edad y condición tienen sus lazos y tentaciones particulares, y es bueno conocerlos. Aquel que es prevenido se preparará con anticipación. Si tan sólo pudiera persuadirte a que estés en guardia contra los peligros que voy a mencionar, estoy seguro de que le haré un servicio esencial a tu alma.

 

El orgullo es el pecado más antiguo en el mundo. Satanás y sus ángeles cayeron por el orgullo. No estaban satisfechos con su primer estado. De ese modo el orgullo proveyó al infierno sus primeros habitantes.

 

El orgullo arrojó a Adán fuera del paraíso. El no estaba contento con el lugar que Dios le había asignado. Trató de exaltarse a sí mismo y cayó. De esta manera el pecado, el dolor y la muerte entraron en el mundo por el orgullo.

 

Por naturaleza, el orgullo reside en el corazón de cada uno de nosotros. Nacemos orgullosos. El orgullo nos hace descansar satisfechos con nosotros mismos, nos hace pensar que somos lo suficientemente buenos de la manera que somos, nos hace tapar nuestros oídos ante el consejo, nos hace rechazar el evangelio de Cristo, hace que cada uno ande por su propio camino, a su manera. Pero el orgullo no reina en ningún lugar tan poderosamente como en el corazón de un hombre joven.

 

¡Cuán común es ver a los jóvenes impetuosos, arrogantes e intolerantes ante el consejo! ¡Con cuánta frecuencia son ofensivos y descorteses con todo lo referente a ellos, considerando que no son valorados ni honrados como ellos se merecen! ¡Cuán a menudo no se detienen a escuchar una sugerencia de una persona de más edad! Ellos creen que lo saben todo. Están llenos de engaño en cuanto a su propia sabiduría. Estiman como estúpidas, tontas y lentas a las personas de avanzada edad, y en especial a sus parientes. Presumen que no necesitan enseñanza ni instrucción: ellos entienden todas las cosas. Si se les habla, se ponen casi coléricos. Al igual que un potro, no pueden tolerar el menor indicio de control. Deben ser necesariamente independientes y seguir su propio camino. Parecen pensar como aquéllos a quienes Job mencionó: “Ciertamente vosotros sois el pueblo, y con vosotros morirá la sabiduría.” (Job 12:2). Y todo esto es orgullo.

 

Tal es el ejemplo de Roboam, que menospreció el consejo de ancianos experimentados que habían estado delante de su padre, y prestó oído al consejo de los jóvenes de su generación (1 Reyes 12:1-14). El vivió para cosechar las consecuencias de su insensatez. Hay muchos como él.

 

Tal es el ejemplo del hijo pródigo en la parábola, el cual pidió la porción de bienes que le correspondía y se abrió paso por sí solo. El no podía sujetarse a vivir apaciblemente bajo el techo de su padre, sino que se iría a un lejano país y sería su propio amo. Como el niñito que deja la mano de su mamá y camina solo, pronto sufrió su necedad. Se tornó más sabio cuando tuvo que comer algarrobas con los cerdos (Lc 15:11-21). Así como él hay muchos.

 

Joven, te ruego encarecidamente, guárdate del orgullo. Se dice que hay dos cosas que raras veces se ven en el mundo: una es un joven humilde; la otra, un viejo contento. Me temo que este dicho es demasiado cierto.

 

No te enorgullezcas de tus propias habilidades, de tu propia fuerza, de tu conocimiento, de tu apariencia, de tu ingenio. No te enorgullezcas de tí mismo ni de cualquier clase de talento que poseas. Todo esto proviene de no conocerte a tí mismo y al mundo. Mientras más viejo te pongas y más cosas veas, menos razones encontrarás para ser orgulloso. La ignorancia y la inexperiencia son el pedestal del orgullo. Una vez sea removido ese pedestal, caerá pronto el orgullo.

 

Recuerda cuan a menudo la Escritura expone ante nosotros la excelencia de un espíritu humilde. Cuan fuertemente somos advertidos a “no tener más alto concepto de nosotros mismos que el que debemos tener” (Ro 12:3). Cuan claramente se nos dice: “Si alguno se imagina que sabe algo, aun no sabe nada como debe saberlo” (1 Co 8:2). Cuan estricto es el mandamiento: “Vestíos… de humildad” (Col 3:12); y otra vez: “Revestíos de humildad” (1 Ped 5:5). Que lástima, esta es una vestimenta de la cual muchos parecen tener tan sólo harapos.

 

Piensa en el gran ejemplo que nuestro Señor Jesucristo nos dejó al respecto. El lavó los pies de los discípulos y dijo: “Ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis” (Jn 13:15). Está escrito: “Por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico” (2 Cor 8:9). Y otra vez: “Se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo” (Fil 2:7,8). Ciertamente, ser orgulloso es ser más como el diablo y el Adán caído, que como Cristo. Ciertamente, ser como El nunca puede ser algo de poco valor o motivo de congoja.

 

Piensa en el hombre más sabio que jamás haya existido; me refiero a Salomón. Nota como él habla de sí mismo, cómo “un niñito”, como uno que no sabía “cómo entrar ni salir”, o arreglárselas por sí solo (1 Reyes 3:7,8). Ese era un espíritu muy diferente al de su hermano Absalón, quien se consideró a sí mismo como inigualable: “¡Quién me pusiera por juez en la tierra, para que viniesen a mí todos los que tienen pleito o negocio, que yo les haría justicia!” (2 Sam 15:4). Fue un espíritu muy diferente al de su hermano Adonías, quien se exaltó a sí mismo, diciendo: “Yo reinaré” (1 Reyes 1:5). La humildad fue el principio de la sabiduría de Salomón. El lo escribe como su propia experiencia: “¿Has visto hombre sabio en su propia opinión? Más esperanza hay del necio que de él” (Pr 26:12).

 

Joven, graba en tu corazón las Escrituras aquí citadas. No estés tan confiado en tus propios juicios. Cesa de estar seguro de que siempre estás en lo cierto y los demás están equivocados. Desconfía de tu propia opinión cuando encuentres que esta es contraria a la de hombres más viejos que tú, y especialmente a la de tus padres. La edad proporciona experiencia y, por lo tanto, merece respecto. Fue una señal de sabiduría en Eliú en el libro de Job, el que “había esperado a Job en la disputa, porque los otros eran más viejos que él” (Job 32:4). Y después, dijo: “Yo soy joven, y vosotros ancianos: por tanto, he tenido miedo, y he temido declararles mi opinión. Yo decía: Los días hablarán, y la muchedumbre de años declararán sabiduría” (Job 32:6,7). La modestia y el silencio son gracias hermosas en la gente joven. Nunca sientas vergüenza de ser un aprendiz: Jesús fue uno a los doce años; cuando fue hallado en el templo, estaba “sentado en medio de los doctores de la ley, oyéndoles y preguntándoles” (Luc 2:46). Los hombres más sabios te dirán que son aprendices, y que son humillados al darse cuenta, después de todo, de lo poco que saben. El gran Sir Isaac Newton solía decir que él no era más que un niñito que había recogido unas pocas piedras preciosas en la orilla del mar del conocimiento.

 

Joven, si tú has de ser sabio, si has de ser feliz, recuerda la advertencia que te doy: Guárdate del orgullo.

 

(2) Otro peligro para los hombres jóvenes es el amor al placer.

 

La juventud es el tiempo en que nuestras pasiones son más fuertes y, como un niño ingobernable, clama por indulgencia a la mayor intensidad de la voz. La juventud es el tiempo en que por lo general disfrutamos de la mejor salud y la mayor fortaleza: La muerte parece estar muy distante, y el gozar y disfrutar en esta vida parece constituirlo todo. La juventud es el tiempo en que la mayoría de la gente tiene pocas preocupaciones o ansiedades terrenales que absorban su atención. Y todas estas cosas hacen que los jóvenes piensen más que todo en el placer. “Yo le sirvo a los apetitos carnales y al placer”: Esa sería la respuesta real que muchos jóvenes darían si se les preguntara: “¿De quién eres tu siervo?”

 

Joven, tiempo me faltaría si hubiera de enumerarte todos los frutos que este amor al placer produce, y todas las maneras en que te perjudicaría. ¿Por qué he de mencionar las parrandas, las fiestas, la bebida, las apuestas, la afición al teatro, el baile y cosas por el estilo? Pocos hay que no conozcan algunas de estas cosas por amarga experiencia. Y estos son sólo ejemplos. Todo lo que proporciona una sensación excitante por un tiempo, todo lo que ahoga el pensamiento, y mantiene la mente en un constante remolino, todo lo que complace los sentidos y gratifica la carne; estas son las clases de cosas que tienen un poder extraordinario en este tiempo de tu vida, y deben su poder al amor al placer. Estáte en guardia. No seas como aquellos de quienes habla Pablo: “…amadores de los deleites más que de Dios” (2 Ti 3:4).

 

Recuerda lo que te digo: los placeres terrenales son los asesinos de las almas de aquellos que se apegan a ellos. No existe un camino más seguro para cauterizar la conciencia y un corazón duro e impertinente, que abrir paso a los deseos de la carne y de la mente. Al principio aparenta ser nada, pero a la larga se revela su efecto.

 

Considera lo que dice Pedro: “…os ruego…que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma” (1 Ped 2:11). Estos deseos destruyen la paz del alma, agotan su fuerza, la llevan a severa cautividad y la hacen una esclava.

 

Considera lo que Pablo dice: “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros” (Col 3:5). “Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gal 5:24). “Golpeo mi cuerpo y lo pongo en servidumbre” (1 Cor 9:27). Una vez el cuerpo fue una mansión perfecta para el alma; ahora esta totalmente corrompido y desordenado, y necesita constante vigilancia. Es una carga para el alma, no un compañero; un estorbo, no una ayuda. Podría convertirse en un siervo útil, pero es siempre un mal amo.

 

Considera una vez más las palabras de Pablo: “Vestíos…del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne” (Rom 13:14). “Estas”, dice Leighton, “son las palabras cuyo contenido caló tanto en Agustín, que de un licencioso joven se convirtió en un fiel siervo de Jesucristo.” Joven, mi deseo es que este pueda ser el caso tuyo.

 

Recuerda una vez más, en caso de que te apegues a los placeres terrenales, que todos estos son vacíos y vanos, y no satisfacen. Al igual que las langostas de la visión en el libro de Apocalipsis, parecen tener coronas en sus cabezas; pero esas mismas langostas, encontrarás que tienen aguijones –aguijones reales– en sus colas. No todo lo que brilla es oro. No todo lo que sabe dulce es bueno. No todo lo que place por un tiempo es placer genuino.

 

Vé y sáciate de placeres terrenales si así lo deseas, pero nunca hallará tu corazón satisfacción con ellos. Siempre habrá una voz en tu interior clamando como la sanguijuela en los Proverbios: “¡Dame! ¡dame!” (Pr 30:15). Hay allí un vacío que únicamente Dios puede llenar. Encontrarás, como lo hizo Salomón por experiencia, que los placeres terrenales no son si no una vana apariencia, “vanidad y aflicción de espíritu” (Ec 2:10,11), “sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia” (Mat 23:27). Mejor sé sabio a tiempo. Mejor etiqueta como “veneno” a todos los placeres terrenales. Los más legítimos de ellos deben ser usados con moderación. Todos ellos son destructores de almas si les das tu corazón. “El placer,” dice Adams, comentando acerca de Segunda de Pedro, “debe primero tener la garantía de que sea sin pecado, y entonces la medida, de que sea sin exceso.”

 

A estas alturas no voy a cohibirme de hacerte un llamado a que recuerdes el séptimo mandamiento; a que te guardes del adulterio y la fornicación, y de todo tipo de impureza. Me temo que con frecuencia no se habla claramente sobre esta parte de la ley de Dios. Pero cuando veo como los profetas y los apóstoles han tratado este tema, cuando observo la manera abierta en que los reformadores de nuestra propia iglesia lo denunciaron, cuando veo el número de jóvenes que anda en los pasos de Rubén, de Ofni, de Finees, de Amnon; yo por lo menos no puedo, con buena conciencia, estar en paz. Dudo de si el mundo es un tanto mejor por el excesivo silencio que prevalece alrededor de este mandamiento. Por mi parte, creo que sería una delicadeza falsa y antiescritural si al dirigirme a hombres jóvenes, no hablara de aquello que es preeminentemente “el pecado del hombre joven.”

 

La violación del séptimo mandamiento constituye el pecado que más que todos los demás, como dice Oseas: “quita el juicio” (Os 4:11). Este es el pecado que deja cicatrices más profundas en el alma que cualquier otro pecado que el hombre pueda cometer. Este es el pecado que mata sus miles en cada época y ha derribado a no pocos de los santos de Dios en el pasado. Lot, Sansón y David son temibles muestras. Este es el pecado al cual el hombre se atreve a sonreír y lo atenúa bajo los nombres de diversión, inconsistencia, travesura, desvarío e irregularidad. Pero es el pecado sobre el cual el diablo peculiarmente se regocija porque él es el “espíritu inmundo;” y este es el pecado que Dios particularmente aborrece y el cual El declara que “juzgará” (He 13:4).

 

Joven, “huye de la fornicación” (1 Cor 6:16) si amas la vida. “Nadie os engañe con palabras vanas, porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia” (Ef 5:6). Huye de las ocasiones de caer en fornicación, de la compañía de aquellos que podrían llevarte a esto, de los lugares donde podrías verte tentado. Lee lo que nuestro Señor dice acerca de la misma en Mateo 5:28. Sé como el justo Job: “Hice pacto con mis ojos” (Job 31:1). Huye de hablar de la fornicación. Es una de las cosas que no convienen ni aun nombrarse (Ef 5:3). Tu no puedes jugar con lodo sin ensuciarte. Huye de pensar en ella; resiste estos pensamientos, mortifícalos, ora contra ellos, haz cualquier sacrificio antes que ceder. La imaginación es el huerto donde con frecuencia crece este pecado. Guarda tus pensamientos y poco habrá que temer en cuanto a tus acciones.

 

Considera el consejo que te he estado ofreciendo. Si olvidas todos los demás, no olvides este.

 

(3) Otro peligro para los hombres jóvenes es la irreflexión y la precipitación.

 

La falta de reflexión es una razón simple de por qué miles de almas se pierden para siempre. Los hombres no consideran, no miran hacia el futuro, no observan a su alrededor, no meditan en el fin de su camino actual, ni en las infalibles consecuencias de su andar presente; y al fin despiertan para ver que están condenados por falta de reflexión.

 

Joven, nadie está en mayor peligro de incurrir en esto que tú mismo. Poco sabes de los peligros que te rodean, y por tanto eres descuidado en la manera como andas. Aborreces el esfuerzo de pensar quieta y sobriamente, y por consiguiente tomas malas decisiones y terminas lamentándote. El joven Esaú tenía necesariamente que obtener el guiso de su hermano y vender su primogenitura: él nunca pensó cuanto iba a anhelarla un día. Los jóvenes Simeón y Leví necesariamente tenían que vengar a su hermana Dina y matar a los hombres de Siquem: ellos nunca consideraron cuanta turbación y ansiedad iban a traer sobre su padre Jacob y su casa. Job parecía haber estado particularmente preocupado por esta irreflexión entre sus hijos: está escrito que cuando estos tenían una fiesta, “acontecía que habiendo pasado en turno los días del convite, Job enviaba y les santificaba, y se levantaba de mañana y ofrecía holocaustos conforme al número de todos ellos. Porque decía Job: Quizá habrán pecado mis hijos, y habrán blasfemado contra Dios en sus corazones. De esta manera hacía todos los días” (Job 1:5).

 

Créeme, este mundo no es un mundo en el que podemos obrar bien sin primero pensar, y mucho menos obrar bien en lo concerniente a nuestras almas. “No pienses”, susurra Satanás: él sabe que un corazón no convertido es como los libros de un comerciante deshonesto, que no resistirá una inspección minuciosa. “Considera tus caminos”, dice la Palabra de Dios; detente y piensa; considera y sé sabio. Bien reza el proverbio español: “el apresuramiento viene del diablo.” Así como los hombres se casan de prisa y luego se arrepienten, así ellos cometen errores en cuanto a sus almas en un minuto, y después lo sufren durante años. Así como un siervo malo hace lo malo y luego dice: “Yo nunca lo pensé”, así corren los jóvenes hacia el pecado y luego dicen: “No lo pensé, no parecía que fuera pecado.” ¡No parecía pecado! ¿Qué iba a ser? El pecado no viene a tí diciendo: “Yo soy pecado”; si así fuera, poco daño haría. El pecado siempre parece ser “bueno, placentero y deseable” al momento de cometerlo. ¡Oh, adquiere sabiduría, adquiere discreción! Recuerda las palabras de Salomón: “Examina la senda de tus pies, y todos tus caminos sean rectos” (Pr 4:26). Es sabio el dicho de Lord Bacon: “No hagas nada apresuradamente. Tárdate un poco, para que llegues a un fin más pronto.”

 

Algunos, me atrevo a decir, objetarán diciendo que estoy pidiendo algo irrazonable; que la juventud no es la época de la vida en que la gente debe ser sobria y meditativa. A lo cual yo respondo, que hay poco peligro en que ellos sean demasiado así en este tiempo. Las conversaciones necias, las bromas, los chistes y las diversiones excesivas son sencillamente demasiado comunes. Indudablemente, hay un tiempo para todo; pero ser siempre ligero y chancero es cualquier cosa menos sabiduría. ¿Qué dice el más sabio de los hombres? “Mejor es ir a la casa del luto que a la casa del banquete; porque aquello es el fin de todos los hombres, y el que vive lo pondrá en su corazón. Mejor es el pesar que la risa; porque con la tristeza del rostro se enmienda el corazón. El corazón de los sabios está en la casa del luto; mas el corazón de los insensatos, en la casa en que hay alegría” (Ec 7:2-4). Matthew Henry cuenta una historia de un gran estadista en la época de la reina Isabel, quien se retiró de la vida pública al final de sus días y se dedicó a pensar en serio. Sus antiguos y alegres compañeros vinieron a visitarlo y le dijeron que estaba volviéndose melancólico: “No”, respondió, “yo estoy serio porque todo lo que me rodea es serio. Dios es serio al observarnos, Cristo es serio al interceder por nosotros, el Espíritu es serio al batallar con nosotros, las verdades de Dios son serias, nuestros enemigos espirituales son serios en su afán por arruinarnos, los pobres pecadores perdidos están serios en el infierno; y ¿por qué entonces, no deberíamos ustedes y yo estar serios también?”

 

¡Oh, jóvenes, aprendan a ser reflexivos! Aprendan a considerar lo que están haciendo y adonde se dirigen. Saquen tiempo para reflexionar en calma. Tengan comunión con su propio corazón y estén tranquilos. Recuerden mi advertencia: No se pierdan por el simple hecho de falta de reflexión.

 

(4) Otro peligro para los hombres jóvenes es el desprecio a la religión.

 

Este también es uno de sus riesgos particulares. Siempre observo que nadie muestra tan poco respeto externo a la religión como los hombres jóvenes. Nadie presta tan poca atención a los medios de la gracia; nadie tiene tan poca participación en nuestros servicios, cuando están presentes en ellos; nadie usa tan poco las Biblias, canta tan poco, escucha tan poco la predicación. Nadie está por lo general tan ausente de las reuniones de oración, charlas y todas las ayudas al alma que se ofrecen durante la semana. Los hombres jóvenes parecen creer que no necesitan estas cosas, que estas pueden servir para las mujeres y los ancianos, pero no para ellos. Parecen avergonzarse de demostrar que tienen cuidado de sus almas: uno casi supondría que consideran una vergüenza hasta el ir al cielo. Y esto es el desprecio a al religión. Es el mismo espíritu que hizo que los jóvenes de Betel se mofaran de Eliseo (2 Reyes 2:23-24), y de este espíritu advierto a todos los jóvenes: ¡Cuidado! Si vale la pena tener una religión, vale la pena ser ferviente en ésta.

 

El desprecio de las cosas santas es el camino fácil hacia la infidelidad. Tan pronto un hombre comienza a burlarse y hacer bromas sobre cualquier asunto del cristianismo, nunca me sorprende escuchar luego que se ha convertido en un franco incrédulo.

 

Joven, ¿verdaderamente has pensado en esto? ¿Has examinado cuidadosa-mente el abismo que está ante tí si persistes en despreciar la religión? Trae a la memoria las palabras de David: “Dice el necio en su corazón: no hay Dios” (Sal 14:1). ¡El necio, y nadie más que el necio! ¡El lo dice, pero nunca lo ha probado! Recuerda, si alguna vez ha habido un libro que ha demostrado ser veraz de principio a fin, sustentado por todo tipo de evidencia, ese libro es la Biblia. Ha desafiado los ataques de todos los enemigos y buscadores de faltas. “Acrisolada (es) la palabra de Jehová” (Sal 18:30). Ha sido sometida a prueba en toda forma, y mientras más probada, más evidentemente ha demostrado ser obra de las manos de Dios mismo. ¿Qué creerás tú si no crees en la Biblia? No hay otra alternativa que creer algo ridículo y absurdo. Puedes estar seguro, ningún hombre es tan groseramente crédulo como aquel que niega que la Biblia es la Palabra de Dios; y si es la Palabra de Dios, ten cuidado de no despreciarla.

 

Los hombres pueden decirte que hay dificultades en la Biblia; cosas que son difíciles de entender. No sería el libro de Dios si no las hubieran. ¿Y qué si las hay? Tú no desprecias las medicinas porque no puedes explicar todo lo que tu doctor hace mediante ellas. Sin embargo, no importa lo que los hombres puedan decir, las cosas necesarias para la salvación aparecen claras como la luz del día. Puedes estar muy seguro de algo: la gente nunca rechaza la Biblia porque no puede entenderla. Ellos la entienden demasiado bien; entienden que la Biblia condena su propio comportamiento; entienden que testifica en contra de sus pecados, y que les entrega una citación para presentarse a juicio. Ellos intentan creer que es falsa e inútil porque no les gusta admitir que es verdad. “Una mala vida”, dijo el célebre Lord Rochester, con su mano puesta sobre la Biblia, “una mala vida es la única gran objeción a este libro.” “Los hombres cuestionan la veracidad del cristianismo”, dice South, “porque odian la práctica del mismo.”

 

 

 

Joven, ¿cuándo ha dejado Dios de cumplir Su palabra? Nunca. Lo que El ha dicho, siempre lo ha hecho; y lo que El ha hablado, siempre se ha cumplido. ¿Dejó El de cumplir Su palabra cuando el diluvio? No. ¿Dejó de cumplirla con Sodoma y Gomorra? No. ¿Dejó El de cumplirla con la incrédula Jerusalén? No. ¿Ha dejado de cumplirla con los judíos hasta este preciso momento? No. El nunca ha dejado de cumplir Su palabra. Ten cuidado, no sea que te encuentres entre aquellos por quienes la Palabra de Dios es despreciada.

 

Nunca te rías del cristianismo. Nunca te burles de las cosas sagradas. Nunca te mofes de aquellos que son serios y fervientes en lo concerniente a sus almas. La hora vendrá cuando veas felices a aquellos de quienes te reíste; la hora vendrá cuando tu risa se convertirá en lamento, y tu burla en abatimiento.

 

(5) Otro peligro para los hombres jóvenes es el temor a la opinión de los hombres.

 

“El temor del hombre” ciertamente “pondrá lazo” (Pr 29:25). Es terrible observar el poder que este temor ejerce sobre la mayoría de las mentes, y en especial sobre las mentes de los jóvenes. Pocos parecen tener algún criterio propio, o pensar por ellos mismos. Como pez muerto, van adonde los lleven la corriente y la marea; lo que los otros consideran que está bien, ellos consideran que está bien; y lo que los otros llaman malo, ellos lo llaman malo también. No hay muchos pensadores originales en el mundo. La mayoría de los hombres son como ovejas, siguen un líder. Si la moda del momento fuera ser papistas, ellos serían papistas; si fuera ser mahometanos, ellos serían mahometanos. Sienten pavor ante la idea de correr en contra de la corriente de los tiempos. En una palabra, la opinión del día se convierte en su religión, su credo, su Biblia y su Dios.

 

El pensamiento: “¿Qué dirán o pensarán de mi mis amigos?” cortará en flor muchas buenas inclinaciones. El temor a atraer la atención, a ser motivo de risa o ridiculizado, impide que muchos buenos hábitos sean adquiridos. Hay Biblias que serían leídas en este mismo día, si sus propietarios se atrevieran. Ellos saben que deben leerlas, pero tienen miedo. “¿Qué dirá la gente?” Hay rodillas que estarían dobladas en oración esta misma noche, pero el temor del hombre lo prohíbe: “¿Qué dirían mi esposa, mi hermano, mi amigo, mi compañero, si me vieran orando?” ¡Ay, qué miserable esclavitud es esta y, sin embargo, cuán común! “Temí al pueblo”, dijo Saúl a Samuel, y de este modo transgredió el mandamiento del Señor (1 S 15:24). “Tengo temor de los judíos”, dijo Sedequías, el privado de gracia rey de Judá, y de este modo desobedeció el consejo de Jeremías (Jer 38:19). Herodes tenía miedo de lo que sus invitados pensarían de él, así que hizo aquello que lo “entristeció mucho”; él decapitó a Juan el Bautista (Mr 6:25-27). Pilato temió ofender a los judíos, de manera que hizo lo que en su conciencia sabía que era injusto: entregó a Jesús para ser crucificado. Si esto no es esclavitud, ¿qué es entonces?

 

Joven, quiero que tú seas libre de esta esclavitud. Deseo que no te importe la opinión del hombre cuando esté clara la senda del deber. Créeme, es una gran cosa ser capaz de decir “¡No!” Ese fue el punto débil del bondadoso rey Josafat; era muy condescendiente y complaciente en sus tratos con Acab, y de ahí muchos de sus problemas (1 R 22:4). Aprende a decir: “¡No!” No dejes que el temor de no parecer bondadoso te haga incapaz de decirlo. Cuando “los pecadores te quisieren engañar,” se capaz de decirles decididamente: “Yo no consentiré” (Pr 1:10).

 

Considera tan sólo cuan irrazonable es este temor del hombre. ¡Cuán efímera es la enemistad del hombre, y cuán poco daño te puede hacer! “¿Quién eres tú para que tengas temor del hombre, que es mortal, y del hijo del hombre, que es como heno? Y ya te has olvidado de Jehová tu Hacedor, que extendió los cielos y fundó la tierra” (Is 51:12-13). ¡Y cuán ingrato es este temor! Nadie va a pensar realmente mejor de tí por esto. El mundo siempre respeta más a aquellos que actúan valientemente para Dios. ¡Oh, rompe esas ataduras, y arroja esas cadenas de tí! Nunca te avergüences de dejar que los hombres vean que tú deseas ir al cielo. No creas que es una deshonra mostrarte a tí mismo como un siervo de Dios. Nunca temas hacer lo que es correcto.

 

Recuerda las palabras del Señor Jesús: “No temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno” (Mt 10:28). Solamente trata de agradar a Dios y El puede hacer que pronto los demás se sientan complacidos contigo. “Cuando los caminos del hombre son agradables a Jehová, aun a sus enemigos hace estar en paz con él” (Pr 16:17).

 

Joven, sé valiente. Que no te importe lo que el mundo diga o piense; no estarás siempre con el mundo. ¿Puede el hombre salvar tu alma? –No. ¿Será el hombre tu juez en el grande y terrible día del juicio? –No. ¿Puede el hombre darte una buena conciencia en la vida, una buena esperanza en la muerte, una buena respuesta en la mañana de resurrección? –¡No! ¡No! ¡No! El hombre no puede hacer nada de esto. Entonces, “No temáis afrenta de hombre, ni desmayéis por sus ultrajes. Porque como a vestidura los comerá polilla, como a lana los comerá gusano” (Is 51:7-8). Trae a la memoria el dicho del buen coronel Gardiner: “Yo temo a Dios, y por lo tanto no tengo a nadie más a quien temer.” Vé e imítale.

 

Estas son las advertencias que te doy. Guárdalas en tu corazón. Son dignas de que las examines detenidamente. Estoy muy equivocado si no son en gran manera necesarias. Quiera el Señor que no te hayan sido dadas en vano.

 

 

III. CONSEJOS GENERALES PARA HOMBRES JÓVENES

3. En tercer lugar, deseo dar algunos consejos generales a los hombres jóvenes.

 

(1) Primero, trata de adquirir una visión clara de la maldad del pecado.

 

Joven, si tan sólo supieras lo que es el pecado, y lo que el pecado ha hecho, no encontrarás extraño el que yo te exhorte como lo hago. Tú no lo ves en sus colores reales. Tus ojos están por naturaleza ciegos a la culpa y al peligro que conlleva y, por lo tanto, no puedes entender lo que me hace estar tan preocupado respecto de tí. ¡Oh, no dejes que el diablo logre persuadirte que el pecado es un asunto de poca trascendencia!

 

Considera por un momento lo que la Biblia dice acerca del pecado; como mora de una manera natural en el corazón de cada hombre y mujer viviente (Ec 7:20; Ro 3:23), como corrompe nuestros pensamientos, palabras y acciones, y eso de manera continua (Gn 6:5; Mt 15:19), como nos presenta a todos culpables y abominables a los ojos de un Dios santo (Is 64:6; Hab 1:13), como nos deja absolutamente sin esperanza de salvación, si miramos hacia nosotros mismos (Sal 143:2; Ro 3:20), como su fruto en este mundo es vergüenza, y su paga en el mundo venidero, la muerte (Ro 6:21,23). Considera con calma todo esto. Hoy te digo, no es más penoso estar muriendo de tuberculosis y no saberlo, que ser un hombre vivo y no conocer esto.

 

Considera que horrible cambio ha obrado el pecado en todas las áreas de nuestra naturaleza. El hombre ya no es lo que era cuando Dios lo formó del polvo de la tierra. El surgió de la mano de Dios justo y sin pecado. (Ec 7:29). En el día de su creación, como todo lo demás, “era bueno y en gran manera” (Gn 1:31). ¿Y qué es el hombre ahora? Una criatura caída, una ruina, un ser que muestra las marcas de la corrupción por todas partes: su corazón, como Nabucodonosor, depravado y mundano, mirando hacia abajo y no hacia arriba; sus afectos, como una casa en desorden, sin llamar señor a ningún hombre, donde todo es exceso y confusión; su entendimiento, como un bombillo parpadeando en su zócalo, impotente para guiarlo, sin discernir entre el bien y el mal; su voluntad, como un barco sin timón, yendo de aquí para allá según cada deseo, y constante solamente en escoger cualquier camino, menos el de Dios. ¡Ay! ¡Qué fracaso es el hombre comparado con lo que pudo haber sido! Bien podemos nosotros entender figuras que son usadas, tales como ceguera, sordera, enfermedad, sueño, muerte, cuando el Espíritu tiene que ofrecernos una ilustración del hombre tal como es. Y la condición del hombre tal como es, recuérdalo, fue a causa del pecado.

 

Piensa, también, lo que ha costado hacer expiación por el pecado, y proveer remisión y perdón para los pecadores. El propio Hijo de Dios tuvo que venir al mundo y adoptar nuestra naturaleza para pagar el precio de nuestra redención, y librarnos de la maldición de una ley quebrantada. Aquél que estuvo en el principio con el Padre, y por quien fueron hechas todas las cosas, tuvo que sufrir por el pecado, el justo por los injustos, tuvo que morir la muerte de un malhechor, antes que el camino al cielo pudiera ser abierto para algún alma. Mira al Señor Jesucristo menospreciado y rechazado por los hombres, azotado, injuriado e insultado; contémplalo derramando Su sangre en la cruz del Calvario; óyelo clamar en agonía “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Observa como el sol se oscureció y las rocas se partieron a la vista; y entonces considera, joven, lo que debe ser la maldad y la culpa del pecado.

 

Piensa, también, lo que el pecado ha hecho ya sobre la tierra. Piensa como este arrojó a Adán y a Eva fuera del Edén, trajo el diluvio sobre el mundo, hizo venir fuego desde los cielos sobre Sodoma y Gomorra, ahogó a Faraón y su ejército en el Mar Rojo, destruyó las siete naciones malvadas de Canaán, dispersó las doce tribus de Israel sobre la faz del globo terráqueo. Sólo el pecado hizo todo esto.

 

Piensa, más aún, en toda la miseria y el dolor que el pecado ha causado, y está causando en este mismo día. Dolor, enfermedad y muerte,–contiendas, pleitos y divisiones,–envidia, celos y malicia,–engaño, fraude y trampa,–violencia, opresión y robo,–egoísmo, malignidad e ingratitud; todos estos son los frutos del pecado. El pecado es el padre de todos ellos. Es el pecado lo que ha corrompido y estropeado de tal manera la faz de la creación de Dios.

 

Joven, considera estas cosas, y no te asombrarás de que prediquemos de la manera como lo hacemos. Seguramente, si tan sólo tú pensaras en ellas, romperías con el pecado para siempre. ¿Jugarías tú con veneno? ¿Te divertirías con el infierno? ¿Tomarías fuego en tu mano? ¿Ampararías en tu seno a tu más mortal enemigo? ¿Continuarías viviendo como si no importara nada que tus propios pecados fueron perdonados o no,–que el pecado tenga dominio sobre tí, o tú sobre el pecado? ¡Oh, despierta a un sentido de la pecaminosidad y peligro del pecado! Recuerda las palabras de Salomón: “Los necios,” sólo los necios, “se mofan del pecado” (Pr 14:9).

 

Oye, entonces, la petición que yo te hago en este día: ora que Dios te muestre la verdadera maldad del pecado. Si has de tener tu alma salva, levántate y ora.

 

(2) Por otro lado, busca el llegar a estar relacionado con nuestro Señor Jesucristo.

 

Esta es, ciertamente, la cosa principal en la religión. Esta es la piedra angular del cristianismo. Hasta que no conozcas esto, mis advertencias y consejos serán inútiles, y tus esfuerzos, cualesquiera que puedan ser, serán en vano. Un reloj sin el engranaje principal no es más inservible que lo que es la religión sin Cristo.

 

Pero que no se me entienda mal. No es el mero conocimiento del nombre de Cristo lo que yo quiero decir,–es el conocimiento de Su misericordia, gracia y poder, es el conocerlo a El, no por el oír del oído, sino por la experiencia de tu corazón. Yo quiero que tú lo conozcas a El por la fe, yo quiero que tú, como dice Pablo, conozcas “el poder de Su resurrección, y la participación de Sus padecimientos, llegando a ser semejante a El en Su muerte” (Fil 3:10). Yo quiero que tu seas capaz de decir de El, El es mi paz y mi fortaleza, mi vida y mi consolación, mi Médico y mi Pastor, mi Salvador y mi Dios.

 

¿Por qué hago énfasis en un punto como éste? Lo hago porque en Cristo solamente “habita toda la plenitud” (Col 1:19), porque en El sólo hay plenitud de provisión de todo lo que nosotros requerimos para las necesidades de nuestras almas. En nosotros mismos todos somos pobres, vacías criaturas; vacías de justicia y de paz; vacías de fortaleza y de consuelo; vacías de coraje y de paciencia; vacías de poder para resistir, o seguir adelante, o hacer progresos en este mundo malo. Es en Cristo sólo en quien todas estas cosas han de ser encontradas,–gracia, paz, sabiduría, justicia, santificación y redención. Es sólo en la proporción en que vivimos en El, que somos cristianos fuertes. Es solamente cuando el “yo” es nada y Cristo es toda nuestra confianza, es entonces solamente que haremos grandes hazañas. Solamente entonces estamos armados para la batalla de la vida, y venceremos. Solamente entonces estamos preparados para el viaje de la vida, y saldremos adelante. Vivir en Cristo, sacar todo de Cristo, hacerlo todo en la fuerza de Cristo, estar siempre mirando a Cristo; este es el verdadero secreto de la prosperidad espiritual. “Todo lo puedo,” dice Pablo, “en Cristo que me fortalece” (Fil 4:13).

 

Joven, yo pongo delante de ti a Jesucristo este día, como el tesoro de tu alma; y te invito a comenzar yendo a El, si es que has de correr de tal manera que obtengas. Que este sea tu primer paso, ve a Cristo. ¿Quieres consultar amigos? –El es el mejor amigo, un amigo “más unido que un hermano” (Pr 18:24). ¿Te sientes indigno a causa de tus pecados? –No temas: Su sangre limpia de todo pecado. El dice: “Si nuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Is 1:18). ¿Te sientes débil e incapaz de seguirlo a El? –No temas. El te dará “potestad de ser hecho hijo de Dios” (Jn 1:12). El te dará el Espíritu Santo para que more en tí, y te sellará para que seas propiedad de El (Ef 1:13,14); te dará un corazón nuevo, y pondrá un espíritu nuevo dentro de tí (Ez 36:26). ¿Estás afligido o lleno de debilidades particulares? –No temas, no hay espíritu malo que Jesús no pueda echar fuera, no hay enfermedad del alma que El no pueda curar. ¿Sientes dudas y temores? –Arrójalas a un lado: “Venid a mí” dice El; “al que a mí viene, no le echo fuera” (Mt 11:28; Jn 6:37). El conoce bien el corazón de un hombre joven. El conoce tus pruebas y tus tentaciones, tus dificultades y tus adversarios. En los días de Su carne Cristo fue como tú mismo, un hombre joven en Nazaret. El conoce por experiencia la mente de un hombre joven. El puede ser tocado con el sentimiento de tus debilidades, “pues…él mismo padeció siendo tentado” (He 2:18; 4:15). Ciertamente tu serás sin excusa si te apartas de tal Salvador y Amigo como este.

 

Oye la petición que yo te hago este día: si tu amas la vida, procura llegar a estar relacionado con Jesucristo.

 

(3) Por otra parte, nunca olvides que nada es tan importante como tu alma.

 

Tu alma es eterna. Ella vivirá para siempre. El mundo y todas las cosas que este contiene pasarán; firme, sólido, hermoso, bien ordenado como es, el mundo vendrá a un final. “La tierra y las obras que en ella hay serán quemadas” (2 P 3:10). Las obras de estadistas, escritores, pintores, arquitectos, son todas de corta vida; tu alma sobrevivirá a todas ellas. La voz del ángel proclamará un día, “que el tiempo no será más” (Ap 10:6). Pero eso nunca será dicho de tu alma.

 

Trata, te suplico, de darte cuenta del hecho de que tu alma es la única cosa por la que vale la pena vivir. Es la parte de tí que debe siempre ser considerada primero. Ningún lugar, ningún empleo que perjudique tu alma, es bueno para tí. Ningún amigo, ningún compañero que se burle de tu interés y preocupación por tu alma, merece tu confianza. El hombre que perjudica tu persona, tu propiedad, tu carácter, sólo te hace daño temporal. Tu verdadero enemigo es aquel que maquina para perjudicar tu alma.

 

Piensa por un momento para qué tú fuiste enviado al mundo. No meramente para comer y beber y para gratificar los deseos de la carne, no meramente para vestir tu cuerpo y seguir sus deseos adonde quiera que estos quieran llevarte; no meramente para trabajar, y comer, y reír, y hablar, y disfrutar, y no pensar en nada más que el tiempo. ¡No! Tú fuiste puesto aquí para prepararte para la eternidad. Tu cuerpo fue hecho solamente con la intención de ser una casa para tu espíritu inmortal. Es apartarse de los propósitos de Dios hacer como muchos hacen: hacer el alma una sierva del cuerpo y no el cuerpo un siervo del alma. El Catecismo Mayor de Westminster comienza con la admirable pregunta y respuesta: “¿Cuál es el fin principal y más noble del hombre?” “El de glorificar a Dios y gozar plenamente de El para siempre.”

 

Joven, Dios no hace acepción de personas. Dios no repara en traje, o cartera, o condición, o posición de hombre. El no ve con ojos de hombre. El más pobre de los santos que haya muerto jamás en un hospicio, es más noble a los ojos de Dios que el pecador más rico que haya muerto jamás en un palacio. Dios no mira las riquezas, títulos, conocimientos, belleza, o ninguna cosa de este tipo. Dios mira solamente una cosa, y esa es el alma inmortal. El mide a todos los hombres por un patrón, una medida, una prueba, un criterio, y ese es el estado de sus almas.

 

No olvides esto. Mantén a la vista, mañana, mediodía y noche, los intereses de tu alma. Levántate cada mañana deseando que ésta prospere, acuéstate cada anochecer examinándote a ti mismo si realmente esto ha sucedido o no. Acuérdate de Zeuxis, el gran pintor de antaño. Cuando los hombres le preguntaban por qué el trabajaba tan intensamente, y se esmeraba a tal extremo con cada pintura, su sencilla respuesta era, “yo pinto para la eternidad.” No te avergüences de ser como él. Pon tu alma inmortal delante del ojo de tu mente, y cuando los hombres te pregunten por qué tú vives como lo haces, respóndeles en su espíritu, “yo vivo para mi alma.” Créeme, viene pronto el día cuando el alma será la única cosa en la que los hombres pensarán, y la única pregunta de importancia será esta: “¿Está mi alma perdida o salvada?”

 

(4) Por otra parte, recuerda que es posible ser un hombre joven y no obstante servir a Dios.

 

Temo que los lazos de Satanás están tendidos para tí en este punto. Temo que él tenga éxito en llenar tu mente con la vana noción de que ser un verdadero Cristiano en la juventud es imposible. Yo he visto a muchos arrastrados por este engaño. Yo he oído decir, “tu estas demandando imposibles al esperar tanta religión en la gente joven. La juventud no es el tiempo para la seriedad. Nuestros deseos son fuertes, y nunca fue la intención el que los mantuviéramos bajo control, como usted desea que lo hagamos. Dios nos hizo para que disfrutáramos. Ya habrá suficiente tiempo para la religión después.” Y esta clase de conversación es demasiado favorecida y fomentada por el mundo. El mundo está demasiado presto a pasar por alto los pecados juveniles. El mundo parece pensar que es por de contado el que los hombres jóvenes tienen que “hacer travesuras juveniles.” El mundo parece dar por sentado que la gente joven tiene que ser irreligiosa, y que no es posible para ellos seguir a Cristo.

 

Jóvenes, les haré esta sencilla pregunta: “¿En dónde encontrarán ustedes algo de todo esto en la Palabra de Dios? ¿Dónde está el capítulo o versículo en la Biblia que apoyará este hablar y razonar del mundo? ¿No le habla la Biblia a viejos y jóvenes por igual, sin distinción? ¿No es el pecado, pecado, tanto si es cometido a la edad de veinte como a los cincuenta años? ¿Constituirá la más ligera excusa en el día del juicio decir, “yo sé que yo pequé, pero entonces yo era joven”? Muestra tu sentido común, te ruego, abandona tales vanas excusas. Tú eres responsable ante Dios desde el momento mismo en que tu sabes lo correcto y lo incorrecto, lo bueno y lo malo.

 

Yo se bien que hay muchas dificultades en el camino de un hombre joven, lo admito plenamente. Pero siempre hay dificultades en el camino de hacer el bien. El camino del cielo es siempre estrecho, seamos viejos o seamos jóvenes.

 

Hay dificultades, pero Dios te dará gracia para vencerlas. Dios no es un amo cruel. El no demandará de tí como Faraón, hacer ladrillos sin darte la paja. El tendrá cuidado de que el camino del deber puro nunca sea imposible. El nunca le da mandamientos al hombre sin darle el poder para ponerlos por obra.

 

Hay dificultades, pero muchos jóvenes las han vencido hasta ahora, y así también puedes tú. Moisés fue un hombre joven con pasiones semejantes a las tuyas, pero mira lo que dice de él la Escritura: “Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón” (He 11:24-26). Daniel era un hombre joven cuando comenzó a servir a Dios en Babilonia. El estaba rodeado de tentaciones de toda clase. El tenía pocos con él, y muchos contra él. No obstante la vida de Daniel fue tan irreprensible y consistente, que ni aun sus enemigos pudieron encontrar falta alguna en él excepto “en relación con la ley de su Dios” (Dan 6:5). Y estos no son casos aislados. Hay una nube de testigos que yo podría nombrar. El tiempo me faltaría si te fuera a contar del joven Isaac, el joven José, el joven Josué, el joven Samuel, el joven David, el joven Salomón, el joven Abías (1 R 14:13), el joven Abdías, el joven Josías, el joven Timoteo. Estos no fueron ángeles, sino hombres, con corazones naturales como el tuyo. Ellos también tuvieron obstáculos con los que lidiar, deseos que mortificar, pruebas que soportar, puestos difíciles que ocupar, como cualquiera de ustedes mismos. Pero, a pesar de su juventud, todos ellos encontraron posible servir a Dios. ¿No se levantarán todos ellos en juicio y los condenarán a ustedes, si persisten en decir que esto no puede ser hecho?

 

Joven, trata de servir a Dios. Resiste al diablo cuando te susurre que esto es imposible. Trata, y el Señor Dios de las promesas te dará la fuerza en el intento. El ama encontrar a aquellos que luchan para venir a El, y El te encontrará y te dará el poder que tu sientes que necesitas. Sé como el hombre a quien el Peregrino de Bunyan vio en la casa de Intérprete, ve hacia adelante intrépidamente diciendo, “Escribe mi nombre.” Aquellas palabras de nuestro Señor son ciertas, aunque a menudo las oigo repetir por lenguas sin corazón y sin sentimientos: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá” (Mt 7:7). Dificultades que parecen como montañas se derretirán como nieve en primavera. Obstáculos que parecen como gigantes en medio de la distancia, se disiparán hasta la nada cuando los enfrentes cabalmente. El león en el camino que tú temes, probará estar encadenado. Si los hombres creyeran más en las promesas, nunca tendrían temor de los deberes. Pero recuerda esa pequeña palabra que yo pongo sobre tí, y cuando Satanás diga: “Tú no puedes ser un Cristiano mientras seas joven,” respóndele: “Quítate de delante de mí, Satanás; con la ayuda de Dios, yo lo intentaré.”

 

(5) Por otra parte, determina mientras vivas hacer de la Biblia tu guía y tu consejero.

 

La Biblia es la provisión misericordiosa de Dios para el alma del hombre pecador, el mapa por el cual debe dirigir su curso, si ha de alcanzar la vida eterna. Todo lo que necesitamos saber para hacernos apacibles, santos, o felices, está ricamente contenido allí. Si un hombre joven ha de saber cómo comenzar la vida bien, que oiga lo que dice David: “¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra” (Sal 119:9).

 

Jóvenes, yo les exhorto a hacer de la lectura de la Biblia un hábito, y a no dejar que el hábito sea roto. No dejes que la risa de compañeros, no dejes que las malas costumbres de la familia con la que vives, no dejes que ninguna de estas cosas te impidan hacerlo. Determina que tú no solamente tendrás una Biblia, sino que también apartarás tiempo para leerla. No dejes que nadie te persuada a que este es un libro solamente para niños de escuela dominical y para ancianas. Este es el libro del cual el rey David adquirió sabiduría y entendimiento (Sal 119:97-104). Este es el libro que el joven Timoteo conoció desde su niñez (2 Tim 3:14,15). Nunca te avergüences de leerlo. No menosprecies la Palabra (Pr 13:13; 19:16).

 

Léela en oración para que la gracia del Espíritu te haga entenderla. El pastor Beveridge dice bien: “Cuando un hombre pueda leer la letra de la Escritura sin ojos, podrá entender el espíritu de ella sin gracia.”

 

Léela reverentemente, como Palabra de Dios, no de hombre, creyendo implícitamente que lo que ella aprueba es bueno, y que lo que ella condena es malo. Ten por muy seguro que toda doctrina que no soporta el examen de la Escritura es falsa. Esto te guardará de ser engañado, y llevado por doquier por las peligrosas opiniones de estos últimos días. Ten por muy seguro que toda práctica en tu vida que es contraria a la Escritura, es pecaminosa y debe ser abandonada. Esto aclarará muchos casos de conciencia, y cortará la ligadura de muchas dudas. Recuerda de que manera tan diferente leyeron la Palabra de Dios dos reyes de Judá: Joacim la leyó, y de inmediato cortó el escrito en pedazos, y lo quemó en el fuego (Jer 36:23). Y ¿por qué? Porque su corazón se rebeló contra ella, y estaba resuelto a no obedecer. Josías la leyó, y de inmediato rasgó sus vestidos, y se conmovió y lloró en la presencia de Dios (2 Cron 34:19,26,27). Y ¿por qué? Porque su corazón era tierno y obediente. El estaba dispuesto a hacer cualquier cosa que la Escritura le mostrara que era su deber. ¡Oh que tú sigas el último de estos dos y no el primero!

 

Y léela regularmente. Esta es la única manera de llegar a ser “poderoso en las Escrituras” (Hch 18:24). Una mirada apresurada y ligera a la Biblia de vez en cuando hace poco bien. De ese modo tu nunca llegarás a estas familiarizado con sus tesoros, ni sentirás la espada del Espíritu adaptada a tu mano a la hora del conflicto. Mas bien abastece tu mente con la Escritura, por medio de una lectura diligente, y pronto descubrirás su valor y poder. Textos se levantarán en tu corazón en el momento de la tentación. Mandamientos se sugerirán a sí mismos en ocasiones de duda. Promesas vendrán a través de tus pensamientos en el tiempo de desaliento. Y así tú experimentarás la verdad de las palabras de David: “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” (Sal 119:11); y las palabras de Salomón: “Te guiarán cuando andes; cuando duermas te guardarán; hablarán contigo cuando despiertes” (Prov 6:22).

 

Insisto más en estas cosas, porque esta es una era de lectura. Parece no haber fin en hacer muchos libros, aunque pocos de ellos son realmente útiles. Parecen estar en boga las impresiones y publicaciones baratas. Los periódicos de todo tipo abundan, y el tono de algunos, que tienen la más amplia circulación, habla muy mal del sentir y de la inclinación de la era. En medio de la inundación de lectura peligrosa, yo abogo por el libro de mi Maestro; yo te ruego y te exhorto a que no olvides el libro del alma. No te permitas leer periódicos, novelas y romances, mientras que los profetas y apóstoles yacen despreciados. No dejes que lo excitante y lo licencioso absorban tu atención, mientras que lo edificante y lo santificante no puedan encontrar ningún lugar en tu mente.

 

Jóvenes, denle a la Biblia el honor debido a ella todos los días que ustedes vivan. Sea lo que sea que ustedes lean, lean la Biblia primero. Y guárdense de los libros malos: hay abundancia de ellos en estos días. Ten cuidado de lo que tú lees. Sospecho que se les hace más daño a las almas de esta manera, de lo que la mayoría de la gente creería posible. Valora todos los libros en la proporción en que ellos estén de acuerdo con las Escrituras. Aquellos que están lo más cerca de ella son los mejores, y aquellos que están lo más lejos de ella, y lo más contrario a ella, los peores.

 

(6) Por otra parte, nunca hagas un amigo íntimo de ninguno que no sea un amigo de Dios.

 

Entiéndeme, no hablo de relaciones o tratos. No quiero decir que tú no debes tener nada que ver con nadie sino sólo con los verdaderos cristianos. El tomar tal línea no es posible ni es deseable en este mundo. El cristianismo no le requiere a ningún hombre el ser descortés.

 

Pero te aconsejo que seas muy cuidadoso cuando escojas a tus amigos. No le abras todo tu corazón a un hombre tan sólo porque él es hábil, afable, de buen carácter, brioso y amable. Estas cosas son todas muy buenas, pero no lo son todo. Nunca estés satisfecho con la amistad de ninguno que no vaya a ser provechoso para tu alma.

 

Créeme, la importancia de este consejo no puede ser sobreevaluada. Es increíble el daño que es hecho por asociarse con amigos y compañeros impíos; el diablo tiene pocas ayudas mejores para arruinar el alma de un hombre. Concédele esta ayuda, y él tendrá poco cuidado por toda la armadura con la cual tú puedas estar armado contra él. Buena educación, tempranos hábitos de moralidad, sermones, libros, hogares estables, cartas de los padres, todo –él lo sabe bien– te aprovechará poco, si tan sólo te adhieres a amigos impíos. Puedes resistir muchas tentaciones abiertas, rechazar muchas trampas evidentes, pero una vez que escoges una mala compañía, él está contento. Ese terrible capítulo que describe la malvada conducta de Amnón hacia Tamar, casi comienza con estas palabras: “Y Amnón tenía un amigo que se llamaba Jonadab,… y Jonadab era hombre muy astuto” (2 Sam 13:3).

 

Tú debes recordar que todos nosotros somos criaturas de imitación: el precepto puede enseñarnos, pero es el ejemplo el que nos atrae y persuade. Hay algo en nosotros que nos hace estar siempre dispuestos a imitar las maneras de aquellos con quienes vivimos, y mientras más nos agradan ellos, más fuerte se hace la disposición. Sin que nuestro ser esté apercibido de esto, ellos influencian nuestros gustos y opiniones; nosotros gradualmente abandonamos lo que a ellos les disgusta, y tomamos lo que a ellos les agrada, para así llegar a ser amigos más íntimos de ellos. Y, lo peor de todo, adquirimos sus maneras en cosas que son malas, mucho más rápido que en cosas que son buenas. La salud, desdichadamente, no es contagiosa, pero la enfermedad sí lo es. Es mucho más fácil pescar un resfriado que conferir calor; y hacer que la religión del otro decaiga y se consuma, que hacer que crezca y prospere.

 

Jóvenes, les pido que tomen estas cosas muy en serio. Antes de que le permitas a alguien llegar a ser tu compañero constante, antes de que adquieras el hábito de contarle todas las cosas, y de ir a él en todos los problemas y en todos los placeres, –antes de que hagas esto, piensa en lo que he estado diciendo; pregúntate a tí mismo, “¿Será esta una amistad provechosa y útil para mí o no?”

 

“Las malas conversaciones” de hecho, “corrompen las buenas costumbres” (1 Cor 15:33). Quisiera que este texto fuera escrito en los corazones tan a menudo como es escrito en los cuadernos. Los buenos amigos están entre nuestras más grandes bendiciones; ellos pueden preservarnos de mucho mal, avivarnos en nuestro curso, hablarnos una palabra oportuna, nos atraen hacia arriba y hacia adelante. Pero un mal amigo es una positiva desgracia y desventura, un peso que nos arrastra continuamente hacia abajo y que nos encadena a la tierra. Manténte acompañado de un hombre impío, y es más que probable que al final tú llegarás a ser como él. Esa es la consecuencia general de tales amistades. El bueno baja hacia el malo, y el malo no sube hacia el bueno. El proverbio del mundo es demasiado cierto: “Ropa y compañía dicen cuentos verdaderos acerca del carácter.” “Muéstrame con quien vive un hombre,” dicen los españoles, “y te mostraré lo que él es.”

 

Me detengo más sobre este punto, porque tiene que ver con tus perspectivas en la vida más de lo que a primera vista parece. Si alguna vez te casas, es más que probable que escogerás una esposa de entre las relaciones de tus amigos. Si Joram, hijo de Josafat, no hubiera formado amistad con la familia de Acab, lo más probable es que no se hubiera casado con la hija de Acab (2 Reyes 8:16-18). Y ¿quién puede apreciar la importancia de una elección correcta en el matrimonio? Este es un paso que, de acuerdo al viejo dicho, “hace un hombre o lo echa a perder.” Tu felicidad en ambas vidas puede depender de esto. O tu esposa ayudará tu alma o la dañará y desgraciará; no hay punto medio. O ella avivará el fuego de la religión en tu corazón, o arrojará agua fría sobre ella, y hará bajar su llama. Ella será alas o será cadenas, un freno o un estímulo para tu cristianismo, según sea su carácter. El que halla una buena esposa de hecho “halla el bien,” (Prov 18:22); pero si tú tienes por lo menos un mínimo deseo de encontrar una, sé muy cuidadoso de como tú escoges a tus amigos.

 

¿Me preguntas qué clase de amigos debes escoger? Escoge amigos que beneficiarán tu alma, amigos a quienes puedes realmente respetar, amigos a quienes te gustaría tener cerca de tí en tu lecho de muerte, amigos que amen la Biblia, y que no tienen temor de hablarte de ella, amigos tales que tú no estarás avergonzado de tenerlos en la venida de Cristo, y en el día del juicio. Sigue el ejemplo que David pone delante de tí. El dice: “Compañero soy yo de todos los que te temen y guardan tus mandamientos” (Sal 119:63). Recuerda las palabras de Salomón: “El que anda con sabios, sabio será; mas el que se junta con necios será quebrantado” (Prov 13:20). Pero ten esto por seguro: La mala compañía en esta vida presente es el camino seguro para procurar una peor compañía en la vida venidera.

 

 

IV. REGLAS ESPECIALES PARA HOMBRES JÓVENES

4. En último lugar, estableceré algunas reglas de conducta particulares las cuales aconsejo vehementemente a todos los hombres jóvenes que sigan.

 

(1) Por un lado, resuelve de inmediato, con la ayuda de Dios, romper con todo pecado conocido, no importa lo pequeño que sea.

 

Mira en tu interior. Examina tu propio corazón. ¿Ves allí alguna costumbre o hábito que sabes que es malo a los ojos de Dios? Si es así, no dilates ni un momento en atacarlo. Resuelve de inmediato echarlo a un lado.

 

Nada oscurece tanto los ojos de la mente, y con toda certeza cauteriza la conciencia, como lo hace un pecado consentido. Puede que sea un pequeño pecado, pero el hecho de que sea pequeño no lo hace menos peligroso. Una pequeña grieta hundirá una gran nave, y una pequeña chispa encenderá un gran fuego, y de la misma manera un pequeño pecado consentido arruinará un alma inmortal. Acepta mi conejo, y nunca consientas un pequeño pecado. A Israel se le mandó matar a todo cananita, tanto pequeño como grande. Actúa tú con el mismo principio, y no muestres ninguna misericordia a los pecados pequeños. Bien dice el libro de Cantares, “cazadnos las zorras, las zorras pequeñas, que echan a perder las viñas” (Cant 2:15).

 

Puedes estar seguro de que ningún hombre malvado tuvo nunca la intención de ser tan malvado al principio, en sus comienzos. Pero comenzó con permitirse a sí mismo alguna pequeña transgresión, y eso llevó a algo más grande, y eso a su tiempo produjo algo más grande todavía, y de ese modo llegó a ser el miserable ser que es ahora. Cuando Hazael oyó de Eliseo acerca de los horribles hechos que él cometería un día, dijo con asombro, “¿Qué es tu siervo, este perro, para que haga tan grandes cosas?” (2 Reyes 8:13). Pero él permitió que el pecado echara raíces en su corazón, y al final hizo todo esto.

 

Joven, resiste el pecado en sus comienzos. Estos pueden parecer pequeños e insignificantes, pero considera lo que te digo, resístelos, no hagas ningún compromiso, no consientas que ningún pecado habite reposadamente y sin ser perturbado en tu corazón. “La madre del mal”, dice un viejo proverbio, “no es más grande que el ala de un mosquito.” No hay nada más pequeño y delgado que la punta de una aguja, pero cuando esta ha hecho un hueco, hace penetrar todo el hilo detrás de ella. Recuerda las palabras del apóstol: “Un poco de levadura leuda toda la masa” (1 Cor 5:6).

 

Muchos hombres jóvenes podrían decirte con pesar y vergüenza, que ellos ubican la ruina de todas sus perspectivas mundanas en el punto del que te estoy hablando –el dar paso al pecado en sus comienzos. Comienzan con hábitos de falsedad y deshonestidad en cosas pequeñas, y estas crecen en ellos. Paso a paso, han ido de mal en peor, hasta que han hecho cosas que una vez ellos pensaron que sería imposible que las hicieran; hasta que al fin han perdido su empleo, su carácter, su tranquilidad, y muy pronto también han perdido sus almas. Permitieron una brecha en la pared de sus conciencias, porque parecía pequeña y una vez que la permitieron, esa brecha se hizo más grande cada día, hasta que a la larga toda la pared pareció derrumbarse.

 

Recuerda esto especialmente en asuntos de verdad y honestidad. Ten conciencia de pequeñeces y sílabas. “El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel” (Luc 16:10). No importa lo que al mundo le plazca decir, no hay pecados pequeños. Todos los grandes edificios están hechos de partes pequeñas; la primera piedra es tan importante como cualquier otra. Todos los hábitos se forman por una sucesión de pequeñas acciones, y la primera pequeña acción tiene una poderosa consecuencia. El hacha en la fábula le rogó a los árboles que le permitieran solamente cortar un pequeño trozo de madera para hacer un asidero, y que nunca más les causaría daño. El hacha lo obtuvo, y entonces cortó pronto todos los árboles. El diablo solamente quiere conseguir la uña de un pequeño pecado consentido dentro de tu corazón, y pronto tú serás del todo propiedad de él. Es un sabio dicho del viejo William Bridge, “no hay nada pequeño entre nosotros y Dios, porque Dios es un Dios infinito.”

 

Hay dos maneras de bajar desde el tope del campanario de una iglesia. Una es arrojándose de un salto, y la otra bajando peldaño por peldaño; pero ambas te dirigirán hasta el fondo. Así también hay dos maneras de ir al infierno: una es caminando hacia este con los ojos abiertos –pocas personas hacen esto; y la otra es yendo allá al paso de pequeños pecados– y esa manera, me temo, es demasiado común. Tolera unos pocos pecados pequeños, y pronto querrás unos pocos más. Aun un pagano (Juvenal) pudo decir: “¿Quién estuvo jamás contento con solamente un pecado?” Y entonces tu curso será regularmente peor y peor cada año. Bien describió Jeremy Taylor el progreso del pecado en un hombre: “Primero este lo asusta, después se le hace placentero, después fácil, entonces deleitoso, entonces frecuente, entonces habitual, ¡entonces confirmado! –entonces el hombre es impenitente, entonces obstinado, entonces resuelve nunca arrepentirse, y entonces él está condenado.”

 

Joven, si tú no quieres llegar a esto, recibe la regla que yo te doy este día, –resuelve romper de inmediato con todo pecado consentido.

 

(2) Por otro lado, resuelve, con la ayuda de Dios, huir de todo aquello que puede probar ser una ocasión de pecado.

 

Es un excelente dicho del buen pastor Hall, “Aquel que quiera ser salvo de las obras del mal, debe evitar ampliamente las ocasiones del mismo.” No es suficiente que determinemos no cometer ningún pecado, debemos mantenernos cuidadosamente a distancia de todo aquello que puede llevarnos o inducirnos a pecar. Es a esta prueba a la que debemos someter la manera en que usamos el tiempo, los libros que leemos, las familias que visitamos, la compañía con la cual andamos. No debemos contentarnos a nosotros mismos diciendo, “No hay nada positivamente malo en esto;” tenemos que ir más lejos y preguntarnos, “¿Hay algo en esto que puede ser para mí ocasión de pecado?”

 

Esta, recuérdalo, es una gran razón de por qué la ociosidad tiene que ser en gran manera evitada. No es que el estar sin hacer nada es en sí mismo tan positivamente maligno; es la oportunidad que esto proporciona para los malos pensamientos y vanas imaginaciones; es la amplia puerta que se abre a Satanás para introducir las semillas de las cosas malas; es esto lo que debe ser principalmente temido. Si David no le hubiera dado ocasión al diablo al estar ocioso sobre el terrado de la casa en Jerusalén, probablemente nunca hubiera visto a Betsabé, ni asesinado a Urías (2 Sam 11:1-17).

 

Esta, también, es una gran razón de por qué los entretenimientos mundanos son tan censurables. Puede que sea difícil, en algunos casos, mostrar que estos entretenimientos son, en sí mismos, antiescriturales y malos; pero hay poca dificultad en mostrar que la tendencia de casi todos ellos es en gran manera perjudicial para el alma. Estos entretenimientos siembran la semilla de una mente carnal y sensual, batallan contra la vida de fe, promueven un deseo insaciable, malsano y anti-natural por lo excitante, ministran a los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida, opacan la vista al cielo y a la eternidad y le dan un falso color a las cosas del tiempo, indisponen el corazón para la oración privada y la lectura de las Escrituras, y perturban la comunión con Dios, haciéndola disminuir. El hombre que se enreda en ellos es como el que da ventaja a Satanás; él tiene una batalla que pelear y le da a su enemigo la ayuda del sol, el viento y la colina. Sería extraño si no se encontrara a sí mismo continuamente vencido.

 

Joven, esfuérzate, tanto como dependa de ti, en mantenerte libre de todo aquello que pueda probar ser perjudicial para tu alma. Nunca le sostengas una vela al diablo. La gente dirá que eres sobreescrupuloso, demasiado estricto, ¿dónde está el gran daño de tales y tales cosas? No les prestes atención. Es peligroso jugar con herramientas afiladas, pero es mucho más peligroso el que te tomes libertades con tu alma inmortal. Aquel que quiera estar a salvo no debe acercarse al borde del peligro. Debe mirar sobre su corazón como un almacén de pólvora, y ser cauto en no tratar ni una chispa de tentación más de la que pueda resistir.

 

¿Qué sentido tiene que ores, “No nos metas en tentación” a menos que tú mismo seas cuidadoso de no correr a ella; y “librarnos del mal” a menos que tú manifiestes el deseo de mantenerte apartado de sus caminos? Sigue el ejemplo de José, –él no solamente rechazó las insistentes solicitaciones a pecar por parte de la mujer de su amo, sino que mostró su prudencia en rechazar “estar con ella” (Gen 39:10). Pon tu corazón en el consejo de Salomón, no únicamente que “no entres por la vereda de los impíos, ni vayas por el camino de los malos”, sino “déjala, no pases por ella; apártate de ella, pasa” (Prov 4:14,15); no únicamente no estar borracho, sino ni siquiera “mires al vino cuando rojea” (Prov 23:31). El hombre que hacía voto de nazareo en Israel, no solamente se abstenía de vino, sino que se abstenía de las uvas en cualquiera de sus formas. “Aborreced lo malo” dice Pablo a los romanos (Rom 12:9); no meramente que no lo hicieran; “Huye también de las pasiones juveniles”, le escribe a Timoteo; aléjate de ellas tanto como te sea posible (2 Tim 2:22). ¡Oh, cuán necesarias son tales precauciones! Dina quiso ir fuera entre los malvados siquemitas, para ver sus caminos, y perdió su honra (Gen 34:1,2). Lot quiso poner sus tiendas cerca de la pecaminosa Sodoma, y lo perdió todo excepto su vida (Gen 13:12; 19:1-29).

 

Jóvenes, sean sabios a tiempo. No estén siempre probando cuan cerca pueden permitir venir al enemigo de las almas, y aun escapar de él; manténganlo a suficiente distancia. Traten, tanto como les sea posible, de mantenerse libres de tentaciones, y esto será una gran ayuda para mantenerse libres de pecado.

 

(3) Por otra parte, resuelve nunca olvidar el ojo de Dios.

 

¡El ojo de Dios! Piensa en esto. En todo lugar, en cada casa, en cada campo, en cada habitación, en cada compañía, solo o en una multitud, el ojo de Dios está siempre sobre tí. “Los ojos de Jehová están en todo lugar, mirando a los malos y a los buenos” (Prov 15:3), y ellos son ojos que leen tanto el corazón como las acciones.

 

Esfuércense, les suplico a todos ustedes, en apercibirse de este hecho. Acuérdense de que tienen que darle cuentas a un Dios que todo lo ve, un Dios que no se adormece ni duerme (Sal 121:4), –un Dios que entiende desde lejos los pensamientos de ustedes y para quien la noche resplandece como el día (Sal 139:2,12). Tú puedes abandonar el techo paterno, e irte lejos, a un país lejano, y pensar que allí no hay nadie que vigile tu conducta; pero el ojo y el oído de Dios están allí delante de tí. Tú puedes engañar a tus padres o a tus empleados, puedes decirles falsedades, y ser una cosa delante de ellos, y otra a sus espaldas, pero tú no puedes engañar a Dios. El te conoce de parte a parte. El sabe lo que tú estas pensando en este mismo instante. El ha puesto tus pecados más secretos a la luz de Su rostro, y un día ellos saldrán delante del mundo para tu vergüenza, a menos que prestes atención.

 

¡Cuán poco es esto realmente sentido! ¡Cuántas cosas se hacen continuamente, las cuales los hombres nunca harían si pensaran que son vistos! ¡Cuántos asuntos se tratan en las cámaras de la imaginación, las cuales nunca resistirían la luz del día! Sí, los hombres entretienen pensamientos en privado, y dicen palabras en privado, y cometen actos en privado, de los cuales ellos estarían avergonzados y ruborizados si fueran expuestos delante del mundo. El sonido de unos pasos acercándose ha detenido muchos actos de maldad. Un toque a la puerta ha causado que muchas malas obras fueran apresuradamente suspendidas, y con toda prisa dejadas a un lado. Pero ¡oh, qué miserable y necia tontería es todo esto! Hay con nosotros, a donde quiera que vamos, un Testigo que todo lo ve. Cierra la puerta, corre las cortinas, cierra los pestillos, apaga la luces; esto no importa, no hace ninguna diferencia; Dios está en todas partes; tú no puedes impedir que El entre o evitar que El te vea. “Todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de Aquel a quien tenemos que dar cuenta” (Heb 4:13). Bien entendió esto el joven José cuando la esposa de su amo lo tentó. No había nadie en la casa para verlos, –ningún ojo humano para testificar en contra de él;– pero José fue uno que vivió “como viendo al Invisible”: “¿cómo, pues, haría yo este grande mal,” dijo él, “y pecaría contra Dios?” (Gen 39:9).

 

Jóvenes, les pido a todos ustedes que lean el Salmo 139. Les aconsejo a todos ustedes que se lo aprendan de memoria. Haz de este Salmo la prueba de todos tus tratos en los negocios de este mundo: dite a tí mismo con frecuencia, “¿recuerdo yo que Dios me ve?”

 

Vive como a la vista de Dios. Esto es lo que hizo Abraham, –él caminó delante de Dios (Gen 17:1). Esto es lo que hizo Enoc, -él caminó con Dios (Gen 5:22). Esto es lo que el cielo mismo será, –la eterna presencia de Dios. No hagas nada que a tí no te gustaría que Dios vea. No digas nada que a tí no te gustaría que Dios oiga. No escribas nada que a tí no te gustaría que Dios lea. No vayas a ningún lugar en el que no te gustaría que Dios te encuentre. No leas ningún libro el cual no te gustaría que Dios te dijera, “Muéstramelo.” Nunca emplees tu tiempo de tal manera que no te gustaría que Dios te dijera, “¿Qué estas haciendo?”

 

(4) Sé diligente en todos los medios públicos de la gracia.

 

Sé regular en ir a la casa de Dios todas las veces que ésta esté abierta para la oración y la predicación, y esté en tu poder el asistir. Sé regular en guardar santo el día del Señor, y determina que de ahora en adelante el día del Señor le será dado siempre a su legítimo Dueño.

 

No quisiera dejar una falsa impresión en vuestras mentes. No vayan por ahí y digan que yo les dije que cumplir con la iglesia hace el todo de la religión. Yo no he dicho tal cosa. No tengo ningún deseo de verlos creciendo como formalistas y fariseos. Si tú piensas que el mero hecho de llevar tu cuerpo a cierta casa, a cierta hora, y en cierto día de la semana, te hará un Cristiano, y te preparará para encontrarte con Dios, te digo de plano que estás miserablemente engañado. Todos los servicios que no sean servicios de corazón son vanos e inútiles. Son verdaderos adoradores únicamente aquellos que “adoran al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren” (Juan 4:23).

 

Pero los medios de la gracia no deben ser despreciados por el hecho de que no son salvadores. El oro no es alimento, –tú no puedes comerlo,– pero tú no dirías por eso que es inútil y lo botarías. El bienestar eterno de tu alma ciertamente no depende de los medios de la gracia, pero no es menos cierto que sin ellos, por regla general, tu alma no tendrá bienestar. Dios podría llevarse al cielo en un carro de fuego a todos los que son salvos, como hizo con Elías, pero no lo hace. El podría enseñarles a todos ellos por medio de visiones, y sueños e intervenciones milagrosas, sin requerirles el leer o pensar por ellos mismos, pero no lo hace. ¿Y por qué no? Porque El es un Dios que obra a través de medios, y es Su ley y Su voluntad que en todos los tratos del hombre con El los medios sean usados. Nadie sino un tonto o fanático pensaría en construir una casa sin escaleras y andamios, y así mismo ningún hombre sabio despreciaría los medios.

 

Me detengo más en este punto, porque Satanás tratará arduamente de llenar tu mente con argumentos en contra de los medios de la gracia. El atraerá tu atención al número de personas que los usan y no son mejores por usarlos. “Mira allí”, susurrará a tus oídos, “¿no observas que aquellos que asisten a la iglesia no son mejores que aquellos que permanecen alejados?” Pero no permitas que esto te persuada. Nunca es bueno argumentar contra una cosa porque esta sea usada inadecuadamente. No se puede concluir que los medios de la gracia no hacen bien por el hecho de que muchos asisten a ellos y no reciben ningún bien de ellos. La medicina no debe ser despreciada porque muchos la toman y no recobran su salud. Ningún hombre pensaría en dejar de comer y beber porque otros escogen comer y beber inadecuadamente, y de esta manera enferman. El valor de los medios de la gracia, como otras cosas, depende, en gran medida, de la manera y el espíritu en que los usamos.

 

También me detengo en este punto por causa de la fuerte ansiedad que siento de que todo joven oiga regularmente la predicación del evangelio de Cristo. No puedo decirte cuan importante yo pienso que esto es. Por la bendición de Dios, el ministerio del evangelio puede ser el medio para la conversión de tu alma, –de guiarte a un conocimiento salvador de Cristo,– de hacerte un hijo de Dios de hecho y en verdad. Esto, de hecho, sería motivo para un agradecimiento eterno. Esto sería un evento sobre el cual los ángeles se regocijarían. Pero aun si este no fuera el caso, hay un poder restrictivo y una influencia en el ministerio del evangelio, bajo la cual yo deseo encarecidamente que todo joven sea traído. Hay miles a quienes esto mantiene alejados de la maldad, aunque todavía no los ha hecho volverse a Dios; –los ha hecho mucho mejores miembros de la sociedad, aunque todavía no los ha hecho verdaderos cristianos. Hay una cierta clase de poder misterioso en la fiel predicación del evangelio, que le habla imperceptiblemente a multitudes que lo escuchan sin haberlo recibido todavía en sus corazones. El oír el pecado ser condenado y la santidad aplaudida, el oír a Cristo ser exaltado y las obras del diablo ser denunciadas, –el oír el reino de los cielos y su bienaventuranza ser descritos, y el mundo y su vanidad ser expuestos; el oír esto semana tras semana, domingo tras domingo, rara vez no produce un buen efecto en el alma. Hace que sea todavía más difícil después de esto, el correr hacia cualquier exceso de desenfreno y disolución. Actúa como un chequeo saludable sobre el corazón de un hombre. Esta, yo pienso, es una manera en que es cumplida aquella promesa: “Así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mi vacía” (Is 55:11). Hay mucha verdad en aquel fuerte dicho de Whitefield, “el evangelio libra a muchos de la cárcel y la horca, si no los libra del infierno.”

 

Permítanme en este momento nombrar otro punto que está íntimamente conectado con este tema. Nunca permitas que nada te tiente a ser un violador del Día de Reposo. Llamo tu atención con énfasis en esto. Toma conciencia de dar todo el Día de Reposo a Dios. Un espíritu de desatender y menospreciar este santo día está creciendo entre nosotros con pasmosa rapidez, y no menos entre los jóvenes. Los viajes, las excursiones y recreaciones en el día domingo, se están haciendo cada año más comunes de lo que eran antes, y están haciendo un daño infinito a las almas.

 

Jóvenes, sean celosos en este punto. Sea que vivan en la ciudad o en el campo, tomen una línea decidida, resuelvan no profanar el día de reposo. No permitas que el plausible argumento de “una relajación necesaria para tu cuerpo,” –no permitas que el ejemplo de todos los que están alrededor de tí, –no permitas que la invitación de compañeros con quienes puedes ser influenciado, –no permitas que ninguna de estas cosas te muevan a apartarte de esta regla firme, que el día de Dios debe ser dado a Dios.

 

Una vez que dejes de tener cuidado por el día de reposo, terminarás dejando de tener cuidado por tu alma. Los pasos que dirigen a esta conclusión son fáciles y regulares. Comienza con no honrar el día de Dios, y muy pronto no honrarás la casa de Dios; cesa de honrar la casa de Dios, y muy pronto cesarás de honrar el libro de Dios; cesa de honrar el libro de Dios, y de aquí a poco no le darás a Dios ninguna honra en lo absoluto. Deja que un hombre ponga el fundamento de no Día de Reposo, y nunca me sorprenderé si termina con la piedra angular de no Dios. Es un dicho notable del juez Hale, “De todas las personas que fueron convictos de pena capital mientras estuvo en el tribunal, encontró que solamente unos pocos no confesaron, bajo investigación, que comenzaron su carrera de maldad con un descuido del Día de Reposo.”

 

Jóvenes, puede que ustedes estén en medio de compañeros que olvidan la honra del día del Señor; pero resuelvan, con la ayuda de Dios, que ustedes siempre recordarán guardarlo santo. Hónralo con la asistencia a algún lugar donde el evangelio es predicado. Colócate bajo un ministerio que sea fiel, y una vez establecido, nunca permitas que tu asiento en la iglesia esté vacío. Créeme, tú encontrarás una bendición especial siguiéndote: “Si retrajeres del día de reposo tu pie de hacer tu voluntad en mi día santo, y lo llamares santo, delicia, glorioso de Jehová; y lo venerares, no andando en tus propios caminos, ni buscando tu voluntad, entonces te deleitarás en Jehová; y yo te haré subir sobre las alturas de la tierra” (Is 58:13,14). Y una cosa es muy cierta, tus pensamientos en cuanto al Día de Reposo serán siempre una prueba y un criterio para evaluar si estás preparado para ir al cielo. Los días de reposo son un sabor anticipado y un pedazo del cielo. El hombre que los encuentra una carga y no un privilegio, puede estar seguro de que su corazón permanece en la necesidad de un poderoso cambio.

 

(5) Por otro lado, resuelve que donde quiera que estés, orarás.

 

La oración es el aliento de vida del alma de un hombre. Sin ésta, podemos tener un nombre de que vivimos, y ser contados como cristianos, pero estamos muertos a la vista de Dios. El sentimiento de que debemos clamar a Dios por misericordia y paz es una marca de gracia; y el hábito de derramar delante de El los deseos de nuestra alma es una evidencia de que tenemos el espíritu de adopción. Y la oración es la manera señalada para obtener el alivio de nuestras necesidades espirituales. Si no tenemos, es porque no pedimos (Stg 4:2).

 

La oración es la manera de procurar el derramamiento del Espíritu sobre nuestros corazones. Jesús ha prometido el Espíritu Santo, el Consolador. El está listo para venir con todos Sus preciosos dones, renovando, santificando, purificando, fortaleciendo, alegrando, alentando, iluminando, enseñando, dirigiendo, guiando a toda verdad. Pero El espera que le pidamos.

 

Y es aquí, digo esto con dolor, es aquí donde los hombres quedan tan miserablemente cortos. Hay pocos, de hecho, que oran; hay muchos que se arrodillan y dicen una fórmula quizás, pero pocos oran; pocos que invocan a Dios, pocos claman al Señor, pocos buscan como si quisieran encontrar, pocos llaman como si estuvieran hambrientos y sedientos, pocos que se esfuerzan, que luchan con el Señor fervientemente por una respuesta, pocos que no le dan a El un descanso, pocos que perseveran en oración, pocos que velan en oración, pocos que oran sin cesar y que no desmayan. Si: ¡Pocos oran! Esta es una de las cosas que se dan por sentado, pero rara vez practicadas; una cosa que es asunto de todo el mundo, pero que de hecho muy pocos llevan a cabo.

 

Jóvenes, créanme, si vuestra alma ha de ser salva, tienen que orar. Dios no tiene hijos mudos. Si tú vas a resistir el mundo, la carne, el diablo, tú tienes que orar; es en vano esperar fortaleza en la hora de la prueba, si esta no ha sido buscada. Puede que estés en medio de aquellos que nunca lo hacen, puede que tengas que dormir en la misma habitación con alguien que nunca pide nada a Dios, aun así, marca mis palabras, tú tienes que orar.

 

Puedo creer que encuentras grandes dificultades en cuanto a esto, dificultades en cuanto a oportunidades, ocasiones y lugares. No me atrevo a establecer demasiadas reglas positivas en tales puntos como estos, los dejo a tu propia conciencia. Tienes que ser guiado por las circunstancias. Nuestro Señor Jesucristo oró en una montaña; Isaac oró en el campo; Ezequías volvió su rostro a la pared mientras estaba acostado en su cama; Daniel oró a la orilla del río; Pedro, el apóstol, en el terrado de una casa. He oído de jóvenes orando en establos y en desvanes. Por lo que contiendo es por esto: tienes que saber qué significa “entra en tu aposento” (Mat 6:6). Tienen que haber tiempos establecidos, cuando tengas que hablar a Dios cara a cara. Tienes que tener tiempos determinados para orar cada día. Tú tienes que orar.

 

Sin esto, toda advertencia y consejo es inútil. Esta es aquella pieza de la armadura espiritual que Pablo menciona de último en su lista, en Efesios 6, pero en verdad es primera en valor e importancia. Esta es aquella vianda que tienes que comer diariamente, si es que has de viajar con seguridad a través del desierto de esta vida. Es solamente en el poder de ella que avanzarás hacia el monte de Dios. He oído decir que los amoladores de agujas de Sheffield algunas veces usan piezas magnéticas en sus bocas, las cuales capturan todo el polvillo que vuela alrededor de ellos, previniendo que este entre en sus pulmones, y así salvan sus vidas. La oración es la pieza que debes usar en tu boca continuamente, de otra manera nunca trabajarás sin ser perjudicado por la malsana atmósfera de este mundo pecaminoso. Tú tienes que orar.

 

Jóvenes, tengan por seguro que ningún tiempo es tan bien empleado como aquel que un hombre pasa sobre sus rodillas. Aparta tiempo para orar, cualquiera que sea tu ocupación. Piensa en David, rey de Israel: ¿qué dice él? “Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré y El oirá mi voz” (Salmo 55:17). Piensa en Daniel. El tenía todos los negocios de un reino en sus manos; sin embargo, él oraba tres veces al día (Dan 6:10). He aquí el secreto de su seguridad en la malvada Babilonia. Piensa en Salomón. El empezó su reinado con oración de ayuda y asistencia, y de ahí su maravillosa prosperidad (1 R 3:5-14). Piensa en Nehemías. El encontró tiempo para orar al Dios de los cielos, aun estando en la presencia de su amo Artajerjes (Neh 2:1-4). Piensa en el ejemplo que estos hombres piadosos te han dejado, y ve y haz tú lo mismo.

 

¡Oh que el Señor les dé todo el espíritu de gracia y de suplicación! “A lo menos desde ahora ¿no me llamarás a mí, Padre mío, guiador de mi juventud?” (Jer 3:4). Gustosamente consentiría que todas estas direcciones fuesen olvidadas, si solamente esta doctrina de la importancia de la oración pudiese quedar impresa en los corazones de ustedes.

 

 

V. CONCLUSION

Y ahora me apresuro a una conclusión. He dicho cosas que quizás a muchos no les gustarán, y no recibirán; pero apelo a vuestras conciencias, ¿no son estas cosas verdad?

 

Jóvenes, todos ustedes tienen conciencias. Corrompidos y arruinados por la caída como estamos, cada uno de nosotros tiene una conciencia. En una esquina de cada corazón, allí se sienta un testigo para Dios, un testigo que condena cuando hacemos lo malo, y aprueba cuando hacemos lo bueno. A ese testigo apelo en este día, ¿No son ciertas las cosas que he estado diciendo?

 

Ve entonces, joven, y resuelve este día acordarte de tu Creador en los días de tu juventud. Antes que el día de la gracia haya pasado, antes de que tu conciencia se haya endurecido por la edad, y cauterizado por haber sido repetidamente pisoteada; mientras tú tienes fuerza, y tiempo y oportunidades, ve y únete al Señor en un pacto eterno que no sea olvidado. El Espíritu no siempre contenderá. La voz de la conciencia se hará más débil y más apagada cada año que tú continúes resistiéndola. Los atenienses dijeron a Pablo, “Ya te oiremos acerca de esto otra vez” (Hch 17:32), pero ellos lo habían oído por última vez. Apresúrate, y no te retardes, no esperes ni vaciles más.

 

Piensa en el inefable consuelo que le darás a tus padres, parientes y amigos, si oyes mi consejo. Ellos han gastado tiempo, dinero y salud para criarte, y hacer de tí lo que tú eres. Ciertamente ellos merecen consideración de tu parte. ¿Quién puede estimar el gozo y la alegría que los jóvenes tienen el poder de ocasionar? ¿Quién puede decir la ansiedad y el dolor que los hijos como Esaú, y Ofni, y Finees, y Absalón pudieron causar? Cuan certeramente dice Salomón, “El hijo sabio alegra al padre, pero el hijo necio es tristeza de su madre” (Prov 10:1). ¡Oh, considera estas cosas y dale a Dios tu corazón! Que al final no se diga de tí como se dice de muchos, que tu “juventud fue un desatino, tu adultez una brega, y tu vejez una pesadumbre.”

 

Piensa en el instrumento de bien que tú puedes ser para el mundo. Casi todos los santos más eminentes de Dios buscaron al Señor temprano. Moisés, Samuel, David, todos ellos sirvieron a Dios desde su juventud. Dios parece deleitarse en poner especial honor sobre los siervos jóvenes; recuerda el honor que El puso sobre nuestro joven rey Eduardo VI. Y ¿qué no podríamos esperar nosotros con toda confianza, si los jóvenes de nuestros días consagraran la primavera de sus días a Dios? Ahora se busca personal para casi toda grande y buena causa, y no puede ser encontrado. Existen maquinarias de toda clase para esparcir la verdad, pero no hay manos para trabajar en ellas.

 

Es más fácil conseguir dinero que hombres para hacer el bien. Se necesitan ministros para nuevas iglesias; se necesitan misioneros para nuevos puestos; se necesitan maestros para nuevas escuelas; muchas buenas causas están detenidas únicamente por falta de personal. El suministro de hombres fieles y confiables, para suplir puestos como esos que he mencionado, está muy por debajo de la demanda.

 

Jóvenes de hoy, Dios está buscando de ustedes. Esta es peculiarmente una era de actividad. Nos estamos sacudiendo de algunos de nuestros egoísmos del pasado. Ya los hombres no duermen más el sueño de la apatía y la indiferencia hacia los demás, como hicieron sus antecesores. Ellos están comenzando a sentirse avergonzados de pensar como Caín: “Soy yo acaso guarda de mi hermano?” (Gen 4:9). Un amplio campo de utilidad está abierto ante ustedes, si tan sólo están deseosos de entrar en él. La mies es mucha, y los obreros pocos. Sean celosos de buenas obras.

 

Esto es, en cierta forma, ser como Dios: “Bueno eres tú, y bienhechor” (Sal 119:68). Esta es la manera de seguir los pasos de tu Señor y Salvador: “El anduvo haciendo bienes” (Hch 10:38).

 

Esto es vivir como David vivió; él “sirvió a su propia generación” (Hch 13:36).

 

Y ¿quién puede dudar que esta es la senda por la que la mayoría llegan a ser almas inmortales? ¿Quién no preferiría más bien partir de este mundo como Josías, llorado por todos (2 Cr 35:24), que partir como Joram, quien “murió sin que lo desearan más”? (2 Cr 21:20). ¿Qué es mejor, ser un ocioso, frívolo, un estorbo inútil de la tierra, vivir para tu cuerpo, para tu egoísmo, para tus deseos y orgullo, o gastar y ser gastado en la gloriosa causa de la utilidad a tus compañeros; ser como Wilberforce o Lord Shaftesbury, una bendición para tu país y para el mundo; ser como Howard, el amigo del prisionero y del cautivo; ser como Schwartz, el padre espiritual de cientos de almas inmortales en tierras paganas; ser como ese hombre de Dios, Robert M’Cheyne, una luz ardiente y brillante, una epístola de Cristo, conocida y leída por todos los hombres, el avivador de cada corazón cristiano que se cruza en tu camino? ¿Quién puede, por un momento, dudar?

 

Jóvenes, consideren vuestras responsabilidades. Piensen en el privilegio y el lujo de hacer el bien. Resuelvan en este día ser útiles. Den de una vez vuestros corazones a Cristo.

 

Piensen, por último, en la felicidad que vendrá sobre vuestras almas si ustedes sirven a Dios, felicidad en el camino mientras viajan a través de la vida, y felicidad al final, cuando el viaje haya terminado. Créanme, cualesquiera que sean las vanas nociones que puedan haber oído, créanme, hay una recompensa para el justo aun en este mundo. La piedad, de hecho, “tiene promesas de esta vida presente” así como también “de la venidera” (1 Tim 4:8). Hay una paz sólida en sentir que Dios es tú amigo. Hay una satisfacción real en saber que no obstante lo grande de tu indignidad, tú estás completo en Cristo, que tienes una porción perdurable, que has escogido aquella buena parte, la cual no te será quitada.

 

Bien que el necio de corazón será hastiado de sus propios caminos “pero el hombre de bien estará contento con el suyo” (Prov 14:14). La senda del hombre mundano va siendo más y más oscura cada año que él vive; la senda del cristiano es como una luz resplandeciente, que va siendo más y más brillante hasta el mismo fin (Prov 14:18). Su sol está sólo comenzando a levantarse cuando el sol del mundano se está poniendo para siempre; sus mejores cosas están todas comenzando a retoñar y florecer para siempre, cuando aquellas del mundano están todas deslizándose de sus manos y desvaneciéndose.

 

Jóvenes, estas cosas son ciertas. Soporten las palabras de exhortación. Sean persuadidos. Tomen vuestra cruz. Sigan a Cristo. Ríndanse ustedes mismos a Dios.

Visita nuestra otra pagina (En Ingles): http://www.puregospeltruth.com

~ por Arq. Adolfo Becerril S. en julio 27, 2009.

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