EL REINO DE LOS CIELOS, O DE DIOS – James Stuart Russell

 

EL REINO DE LOS CIELOS, O DE DIOS

No hay ninguna frase que ocurra más en el Nuevo Testamento que la que dice “Reino de los Cielos” o “Reino de Dios”. La encontramos por todos lados, en el principio, en medio, y al final del libro. Aparece primero en Mateo y por última vez en Apocalipsis. El Evangelio es llamado “el Evangelio del Reino”; los discípulos son “herederos del reino”; el gran objeto de la expectación es “la venida del reino”. Es de esta frase que Cristo deriva su título de “Rey”. El Reino de Dios es, entonces, el corazón del Nuevo Testamento.

Pero aunque la idea del Reino, permea todo el Nuevo Testamento, no es solamente una idea de ese Testamento. Encontramos rastros del Reino en todos los profetas desde Isaías hasta Malaquías; es el tema de algunos de los Salmos más ponderados de David; subraya los libros más antiguos de Israel; sus raíces van hasta el período más primitivo de la existencia judaica; es, en realidad, la razón de la existencia de ese pueblo; porque Israel fue constituido y su seguimiento como nación fue para incorporar el concepto del Reino de Dios.

Encontramos el propósito de Dios en formar un pueblo para sí, en la etapa más primitiva del pueblo judío. En la promesa original, hecha a su gran progenitor Abraham:

Gen.12:2,3: “Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. 3Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra.”

Esta promesa fue renovada en el pacto hecho por Dios con Abraham:

Gen.15:18: “En aquel día hizo Jehová un pacto con Abram, diciendo: A tu descendencia daré esta tierra, desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Eufrates;”

La relación entre Dios y la simiente de Abraham, por medio de un pacto, es renovada y desarrollada en la declaración que hizo subsecuentemente a Abraham:

Gen.17:7,8: “Y estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu descendencia después de ti en sus generaciones, por pacto perpetuo, para ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti. 8Y te daré a ti, y a tu descendencia después de ti, la tierra en que moras, toda la tierra de Canaán en heredad perpetua; y seré el Dios de ellos.”

Y el rito de la circuncisión fue impuesto sobre Abraham y su posteridad, por el cual cada varón de esa raza fue marcado y señalado como un súbdito del Dios de Abraham (Gen.17:9-14).

Más de cuatro siglos después de la adopción de los hijos de Abraham como un pueblo del pacto de Dios, los encontramos en un estado de esclavitud en Egipto, gimiendo bajo la crueldad a la cual fueron sujetados. Se nos dice que Dios escuchó sus gemidos y se acordó de su pacto que había hecho con Abraham, con Isaac y con Jacob. Levantó a un campeón en la persona de Moisés y lo instruyó para que dijera a los hijos de Israel:

Ex.6:6,7: “…. Yo soy JEHOVÁ; y yo os sacaré de debajo de las tareas pesadas de Egipto, y os libraré de su servidumbre, y os redimiré con brazo extendido, y con juicios grandes; 7y os tomaré por mi pueblo y seré vuestro Dios; y vosotros sabréis que yo soy Jehová vuestro Dios, que os sacó de debajo de las tareas pesadas de Egipto.”

Después de la liberación milagrosa de Israel de Egipto, la relación entre Jehová y los hijos de Israel fue pública y solemnemente ratificada en el Monte Sinaí. Leemos que:

Ex.19:3-6: “Y Moisés subió a Dios; y Jehová lo llamó desde el monte, diciendo: Así dirás a la casa de Jacob, y anunciarás a los hijos de Israel: 4Vosotros visteis lo que hice a los egipcios, y cómo os tomé sobre alas de águilas, y os he traído a mí. 5Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. 6Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel.”

Podemos considerar este punto de la historia como la inauguración formal del Reino teocrático. Una turba de esclavos liberados fue constituida en una nación; recibieron la ley divina para su gobierno y todo el cuadro de su política civil y eclesiástica fue organizado y construido por la autoridad divina. Cada paso del proceso por el cual un anciano sin hijos, se convirtió en una nación, revela el propósito divino y el plan divino. Nunca antes se había formado una nación; ninguna nación gozaba de esta relación con Dios; ninguna poseía tal historia tan milagrosa; ninguna fue exaltada a tal privilegio glorioso; ninguna había caído tan colosalmente.

No hay duda de que la nación de que Israel fue diseñada para ser el depósito y conservador del conocimiento en la tierra del Dios vivo y verdadero. Para este propósito la nación fue constituida y puesta en una relación única con el Altísimo, algo que ninguna otra nación había experimentado. Para asegurar este propósito el Señor mismo se hizo Rey de ellos, y ellos llegaron a ser sus vasallos; y si bien todas las instituciones y leyes impuestas a ellos, tenían referencia a Dios, esta referencia no era solamente a él como Creador de todas las cosas, sino como Soberano de la nación. Expresar y llevar a cabo esta idea de la posición de Dios como Rey sobre Israel, fue el objeto manifiesto del tabernáculo erigido en el desierto. Esta tienda fue arreglada con un esplendor real, como un palacio móvil. Fue divida en tres apartamentos, en el centro de estos estaba el trono real, sostenido por querubines de oro; y al pie del trono estaba un arca que contenía las tablas de la ley, la “magna carta” de la Iglesia y el estado. En el apartamento inicial una mesa con pan y vino, así como una mesa real e incienso costoso era quemado. El apartamento exterior puede ser considerado el apartamento culinario real y en él se tocaron instrumentos musicales, como la música que se tocaba ante las mesas festivas de los monarcas orientales.

Dios escogió a los levitas como sus cortesanos, oficiales de la corte y primer ministro de Estado. Para el sostén de estos oficiales, asignó uno de los diezmos que los Hebreos tuvieron que pagar como renta por el uso de la tierra. Finalmente, requirió a todos los varones hebreos de cierta edad, mantener su palacio cada año, en las tres fiestas anuales, con presentes, para rendir homenaje al Rey; y siendo que estos días de reafirmación fueron celebrados con festividades y con gozo, el segundo diezmo fue gastado para pagar las solemnidades de estas ocasiones. En breve, cada obligación religiosa fue convertida en un asunto político; y todas las reglas civiles, hasta las más insignificantes, fueron basadas sobre la relación entre el pueblo y Dios; y estaban tan entretejidas con las obligaciones religiosas que el Hebreo no pudo separar a su Dios de su Rey, y en cada mandamiento se le recordó de los dos. Consecuentemente la nación, mientras existía como tal, no debía perder el conocimiento, o dejar la adoración del verdadero Dios.

Así fue el gobierno instituido por Jehová entre los hijos de Israel -una verdadera teocracia; la única teocracia en realidad que haya existido sobre la tierra. Su carácter intenso y exclusivo merece nuestra atención. Fue el privilegio distinto de los hijos de Abraham y de ellos solamente:

Deut.7:6: “Porque tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra.”

Amós 3:2: “A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra; por tanto, os castigaré por todas vuestras maldades.”

Sal.157:20: “No ha hecho así con ninguna otra de las naciones…”

El Altísimo fue el Señor de toda la tierra, pero era Rey de Israel en el sentido más estricto; era su Señor por pacto, ellos su pueblo por pacto. Estaban bajo las obligaciones más sagradas y solemnes, de ser sus súbditos y adorarle a él únicamente, y ser fieles a su ley (Deut.26:16-18). Como recompensa de su obediencia, tuvieron la promesa de la grandeza nacional y la prosperidad sin límites. Israel debía ser exaltado “sobre todas las naciones que hizo, para loor y fama y gloria, y para que seas un pueblo santo a Jehová tu Dios, como él ha dicho” (Deut.28).

Es razonable suponer que este experimento en un gobierno teocrático debía haber tenido como objeto algo merecedor de su autor divino. Ese objeto fue moral, más que material; la gloria de Dios y el bien del hombre, más que el avance temporal de una tribu o nación. Era, sin duda, necesario conservar el conocimiento y la adoración del único verdadero Dios en la tierra; algo que, de otro modo, podría haber sido totalmente perdido. Además, a pesar de su espíritu intensivo y exclusivo de nacionalismo, el sistema teocrático llevaba en su centro el germen de una religión universal y fue una etapa grande e importante en la educación de la raza humana.

Es de provecho trazar el crecimiento y el desarrollo progresivo de la historia del pueblo judío, y observar como iba perdiendo su significado político, llegó a ser más y más moral y espiritual en su carácter.

El pueblo al cual este privilegio sin igual fue conferido, demostró no merecerlo. Su infidelidad neutralizó el favor de su Soberano. Su demanda de un Rey humano, para poder ser como las demás naciones de la tierra, fue virtualmente un rechazo de su Señor celestial (1 Sam.7:19,20). Sin embargo, su súplica fue escuchada; la posibilidad de tal rey fue provista por la constitución original de la teocracia. El rey humano fue considerado como un virrey del Rey divino, y se convirtió en un símbolo del Soberano invisible, a quien él también estaba sujeto.

Y en este punto de la historia notamos una nueva fase en el sistema teocrático. Si estamos convencidos de que David fue el autor del segundo Salmo, entonces fue en su vida cuando se hizo la proclamación de que contra un Rey, el ungido del Señor, El Hijo de Dios, conspirarían los reyes de la tierra, para levantarse contra él. Pero a este Rey, Dios le dio los paganos por su herencia y las partes más lejanas de la tierra para su posesión (Sal.2:7). Desde este periodo el carácter de mediador de la teocracia empieza a ser más claramente indicada: –hay una distinción hecha entre el Señor y su Ungido, entre el Padre y el Hijo. Ahora encontramos los títulos Mesías, Hijo de Dios, Hijo de David, Rey de Sión, dados a quien pertenece el Reino, y quien es destinado a triunfar y reinar. Los salmos que son identificados como mesiánicos, en especial el 72 y el 110, son suficientes para comprobar que en el tiempo de David hubo una declaración profética de un Rey venidero, cuyo mando iba a ser benéfico y glorioso; en quien todas las naciones fueron bendecidas; quien iba a unir en sí mismo los dos oficios de Sacerdote y Rey; quien es declarado ser el Señor de David; y es representado como uno sentado a la mano derecha de Dios hasta que sus enemigos fueran hechos estrado para sus pies (Sal.110:1).

De aquí en adelante por todas las profecías del Antiguo Testamento encontramos el carácter y la persona del Rey teocrático más y más plenamente delineada, aunque en las descripciones se combinan elementos aparentemente diversos e inconsistentes. A veces el Rey venidero y su Reino son representados con colores atractivos y brillantes, –Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces. Y bajo la conducta del jefe de la Casa de David, toda la maldad desaparecería y toda la bondad triunfaría. El lobo va a morar junto al cordero y el leopardo con el cabrito: “No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar”( Isa.11:1-9). Los nombres más excelsos de honor y dignidad son atribuidos al Príncipe venidero; él es “Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. 7Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre” (Isa.9:6,7).

Pero al lado de estos anuncios lúcidos hay escenas lóbregas de desconsuelo y angustia, de juicio e ira. Se habla del Rey venidero como “raíz tomada de tierra seca”; como “Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos;” “como cordero fue llevado al matadero”; “cortado de la tierra de los vivientes” (Isa.53). Se dice de él, que vendría a Jerusalén como “humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna” (Zac.9:9). Al Mesías se le quitará la vida “mas no por sí” (Dan.9:26). Y entre las últimas profecías se encuentran las más desconsoladas y sombrías. El Señor, El Mensajero del Pacto ha venido, el Rey que todos esperaban ha arribado; pero “¿quién podrá soportar el tiempo de su venida?” “Porque he aquí, viene el día ardiente como un horno, y todos los soberbios y todos los que hacen maldad serán estopa; aquel día que vendrá los abrasará, ha dicho Jehová de los ejércitos, y no les dejará ni raíz ni rama.” Porque este día es descrito como “el día de Jehová, grande y terrible” (Mal. 3:1,2; 4:1,5).

Lo que nos parece absurdo a nosotros, es explicado en el Nuevo Testamento. Había en realidad, dos aspectos del Rey y del Reino. El Rey de Gloria, fue a la vez, “varón de dolores” y el “año agradable del Señor” fue a la vez, “el día de venganza del Dios nuestro”(Isa.61:2).

La profecía antigua había presentado razones bastantes para la expectación del aquel Rey invisible que algún día sería revelado y viviría entre los hombres en la tierra; que vendría para el bien de la teocracia, para establecer su Reino en la nación y unir a su pueblo alrededor del trono. Los primeros capítulos de Lucas nos revelan los puntos de vista mantenidos por Israelitas piadosos en cuanto al Reino venidero del Mesías. Pensaban que tendrían una relación especial con Israel. “Será llamado grande” dijo el ángel de la anunciación, y “será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; 33y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin” (Luc.1:32,33). “Rabí” exclamó Natanael, cuando Dios vino personificando a un campesino de Galilea, “tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel” (Jn.1:44). Y no es de dudar de que su venida estaba cerca y fue esperada por varones santos como Simeón, a quien se le reveló que no vería la muerte sin ver antes al Ungido del Señor (Luc.2:25,26). En verdad existía la idea generalizada de que no solo en Judea, sino por todo el imperio romano, un gran monarca o príncipe iba a arribar a la tierra e inauguraría una nueva época. De esta expectación tenemos evidencia en los libros de Tacito y en el Pollio de Virgilio. Verdaderamente la esperanza de Israel había sido difundida, aunque en una forma vaga y desfigurada, por todos los países circunvecinos.

Y cuando llegó la plenitud del tiempo, el Rey teocrático apareció en medio de la nación del pacto, pero no en la forma que ellos esperaban o querían. No les cumplió sus esperanzas de poder político y preeminencia nacional. El Reino de Dios que él proclamaba era algo muy diferente del que habían soñado. Justicia y verdad, pureza y bondad, eran conceptos vacíos para los que ambicionaban los honores y placeres de este mundo. No obstante, aunque rechazado por el pueblo en general, el Rey teocrático no dejó de anunciar su presencia y sus protestas. Fue precedido por un heraldo, el predicho Elías, Juan el Bautista, de quien la gente pensaba que era un profeta de Dios. Este segundo Elías anunció que el Reino estaba cerca, y llamó a la nación a arrepentirse y prepararse para recibir a su Rey. Luego, sus propias obras maravillosas, sin iguales en la historia del pueblo escogido ni en número ni en esplendor, daban evidencia excelente de su misión divina. Y añadían no solo a la trascendente perfección de su doctrina, y a la pureza de su vida, también silencio y vergüenza a la enemistad de los impíos. Por el espacio de más de tres años esta reclamación al corazón y la conciencia de la nación fue incesantemente presentada con varios métodos, pero sin éxito. Hasta que los varones ilustres del estado judío y eclesiástico, hombres amargamente hostiles a sus pretensiones, lo rechazaron ante el gobernador romano, acusándolo de querer hacerse rey. Por su clamor persistente y maligno, procuraron su condenación. Fue llevado para ser crucificado, y pusieron en su cruz una inscripción: “Este es el Rey de los Judíos”.
Este evento trágico marca el rompimiento final entre la nación del pacto y el Rey teocrático. El pacto que había sido violado posteriormente, pero ahora fue repudiado públicamente y hecho pedazos. Se podría haber pensado que la teocracia ahora sería terminada y virtualmente así fue. Pero su disolución formal fue suspendida por un breve espacio, para que la doble consumación del Reino, incluyendo la salvación de los fieles y la destrucción de los incrédulos, pudiera ocurrir en el tiempo señalado. Este doble aspecto del Reino teocrático es visible en cada parte de su historia. Era, a la vez, un éxito y un fracaso, una victoria y una derrota; trajo salvación a algunos y pérdida a otros. El carácter doble había sido establecido en la profecía más antigua, como por ejemplo en el oráculo de Isaías el Mesías se queja “Por demás he trabajado, en vano y sin provecho he consumido mis fuerzas” (Isa.49:4) etc. La respuesta divina es: “el que me formó desde el vientre para ser su siervo, para hacer volver a él a Jacob y para congregarle a Israel porque estimado seré en los ojos de Jehová, y el Dios mío será mi fuerza dice: Poco es para mí que tú seas mi siervo para levantar las tribus de Jacob, y para que restaures el remanente de Israel; también te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra.”.

Para tomar otro ejemplo más, encontramos en el libro de Malaquías este doble aspecto del Reino venidero, porque mientras el día que vendría quemaría como un horno para consumir a los impíos como si fueran paja, “Mas a vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá salvación; y saldréis, y saltaréis como becerros de la manada.” Y a pesar del impugno del Rey, y la perdida del Reino por parte de la multitud de la gente, iba a haber todavía una consumación gloriosa de la teocracia, trayendo honor y felicidad a todo aquel que honraba la autoridad del Mesías y se evidenció su fidelidad y lealtad al Rey.

Y, ¿tenemos algún documento por el cual enfocar el periodo de esta consumación? ¿Cuál fue la fecha que fijaba la llegada del Reino? No fue la encarnación, porque la proclamación de Jesús era: “El Reino está cerca”. No fue la crucifixión, porque la petición del ladrón moribundo fue “Señor, acuérdate de mi cuando vengas en tu Reino”. No fue en la resurrección, porque después de que el Señor se había levantado, los discípulos estaban todavía esperando la restauración del Reino a Israel. Tampoco fue en la ascensión, ni en el día de Pentecostés, porque mucho después de que estos eventos sucedieron, se nos dice en la epístola a los Hebreos, que Cristo “…habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios, 13de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies”. La consumación del Reino entonces no es concurrente con la ascensión, ni tampoco con el día de Pentecostés. Es cierto que el Rey teocrático fue sentado en el trono, a la mano derecha de la Majestad en las alturas, pero todavía no habían tomado su gran poder. Sus enemigos todavía no estaban totalmente derrotados, el pleno desarrollo y la consumación de su Reino no había sido plantado, hasta que por un acto solemne y judicial, el Mesías reivindicaría las leyes de su Reino y pondría bajo sus pies a los súbitos rebeldes y apostatas.

Hay un tiempo constantemente indicado en Nuevo testamento como la consumación del Reino de Dios. Nuestro Señor declaró que había entre sus discípulos quienes vivirían para verlo venir en su Reino. Esta venida del Rey es por supuesto sinónimo con la venida del Reino, y restringe el acontecimiento del evento a aquella generación entonces actual. Es decir, la consumación del Reino estaba sincronizada con el juicio de Israel y la destrucción de Jerusalén, todos estos eventos siendo partes de una sola gran catástrofe. Fue en este periodo que el Hijo del Hombre iba a venir en la gloria de su Padre y sentarse en el trono de gloria; para dar recompensa a sus siervos y retribución a sus enemigos (Mat.25:31). Encontramos estos eventos uniformemente asociados juntos en el Nuevo Testamento, —la venida del Rey, la resurrección de los muertos, el juicio de los justos y de los malos, la consumación del Reino, el fin de las edades. Así San Pablo dice en:

2 Tim.4:5: “Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino”

La venida, el juicio, el Reino, todos estos coincidentes y contemporáneos, y no solo esto más estaban “cerca” porque el apóstol dice: mellonros krinein “who is about to judge”.

Es perfectamente claro entonces, según el Nuevo Testamento, que la culminación del Reino Teocrático tomó lugar en el periodo de destrucción de Jerusalén y el juicio de Israel. La teocracia cumplió su propósito; el experimento comprobó si la nación del pacto sería fiel a su Rey o no. Había defraudado; Israel expulsó su Rey; y solo quedaba que los castigos fueran gravados al pueblo violador. Vemos los resultados en la ruina del templo, la destrucción de la ciudad, la desgracia de la nación, y la abrogación de la querida ley de Moisés, acompañado con escenas de horror y sufrimiento sin paralelo en la historia del mundo. Esa gran catástrofe, entonces, cierra la conclusión del Reino Teocrático. Desde su iniciación había sido estrictamente de un carácter nacional -era un Reino divino sobre Israel nada más. Por necesidad terminó con la destrucción de la existencia nacional de Israel, cuando los símbolos externos y visibles de la presencia divina y la soberanía transitaron; cuando la casa de Dios, la ciudad de Dios, y el pueblo de Dios fueron borrados de la existencia por una sola catástrofe desoladora y final.

Esto nos ayuda comprender el lenguaje de San Pablo cuando, hablando de la venida de Cristo, representa aquel evento como marcando el fin, cuando “cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia” (1 Cor.15:24).

Esto ha desorientado muchos teólogos y comentaristas, quienes parecen considerarlo como un insulto a la divinidad del Hijo de Dios que él dejara sus funciones de mediador y su oficio de Rey, y bajarse (como lo consideren) a la posición de una persona privada, un simple ciudadano más que un rey. Pero la verdad es que han sobrepasado la naturaleza del Reino que el Hijo administró, el cual él entregó al final. Era un Reino mesiánico: un Reino sobre Israel; ese gobierno extraño y único, ejercido sobre una nación bajo un pacto de leyes; y gobernado por muchas edades por un intercesor, el Hijo de Dios. Esa correlación ahora está disuelta, porque la nación ha sido juzgada, el templo destruido y todos los símbolos de la soberanía divina quitados. Y ahora, ¿por qué continuar con un Reino teocrático? No hay nada que administrar. Ya no hay una nación del pacto, el pacto fue roto, e Israel dejó de existir como una nación reconocible. ¿Qué sería más propio y natural, cuando el Mediador dejara sus funciones intermediarias y entregara la insignia del gobierno en manos de quien se lo había recibido? Épocas antes, el Padre había investido al Hijo con las funciones virreinales de la teocracia. Se proclamaba: “Pero yo he puesto mi rey Sobre Sion, mi santo monte. 7Yo publicaré el decreto; Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú; Yo te engendré hoy” (Sal.2:6,7). Los propósitos por los cuales el Hijo había asumido la administración del gobierno teocrático fueron alcanzados. El pacto fue disuelto, su violación siendo castigada, los enemigos de Dios y de Cristo destruidos; los siervos verdaderos y fieles galardonados y la teocracia llegó a su fin. Era el momento apropiado para que el Mediador dimitiera su cargo a las manos del Padre, es decir entregar el Reino.

Pero, en todo esto no existe nada revocatorio a la dignidad del Hijo. Por el contrario, es mediador de un mejor pacto. La terminación del Reino teocrático fue la inauguración de un nuevo orden, en una escala más amplia, y de una naturaleza más duradera. Esta es la doctrina de la Epístola a los Hebreos:

Heb.1:8: “Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo;”

El sacerdocio del Hijo era para siempre y Cristo “es mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas” (Heb.8:6).

La teocracia, como hemos visto, fue limitada, exclusiva y nacional; pero llevaba dentro el germen de una religión universal. Lo que Israel perdió, el mundo ganó. Mientras la teocracia subsistía había una nación favorecida sobre las demás. Y los gentiles, es decir todo el resto del mundo menos los judíos, estaban fuera del Reino, manteniendo una posición de inferioridad, y como perros, permitiéndoseles comer solo de las migajas que caían de la mesa del Maestro. La primera venida de Cristo no dio fin a todo el estado de las cosas. Hasta el Evangelio de Gracia al principio fluía en un canal muy angosto. San Pablo reconoce que Jesucristo fue un ministro de la circuncisión (Rom.15:8) y nuestro Señor mismo declaró “No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mat.15:24).

Pero años después de que los apóstoles habían recibido su comisión, no comprendían que les mandaba a los gentiles; tampoco, al principio, consideraban a los paganos conversos como admisibles a la Iglesia, con excepción de los prosélitos judíos. Es verdad que después de la conversión de Cornelio el centurión, los apóstoles se convencieron de los límites engrandecidos del Evangelio, y San Pablo por todas partes proclamaba el rompimiento de las barreras que existían entre el judío y el gentil. Pero es fácil ver que mientras permanecía la nación teocrática y el templo con su sacerdocio, sacrificios, rituales y ley de Moisés, la distinción entre judío y gentil no podía ser demolido. Pero la barrera sí fue derrumbada efectivamente cuando ley, templo, ciudad y nación fueron allanados juntos y la teocracia visiblemente consumada.

Ese evento era, por hablar así, la declaración formal y pública de que Dios ya no es el Dios de los Judíos solamente, sino que ahora es el de todos los hombres. Ya no hay una nación favorecida y un pueblo particular, sino que la gracia de Dios “se ha manifestado para salvación a todos los hombres” (Tito 2:11).

Lo que era local y limitado se ha expandido en forma universal, y en Cristo se hecho todo en uno (Gal. 3:29). Esto es lo que San Pablo declara ser el sentido de la entrega del Reino por el Hijo de Dios a las manos del Padre. De aquí en adelante la relación exclusiva de una sola nación finaliza y Dios llega a ser Padre de gente de toda la raza humana.

1 Cor.15:28: “Pero luego que todas las cosas le estén sujetas, entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos.”

***

James Stuart Russell

 

~ por Arq. Adolfo Becerril S. en enero 24, 2009.

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