05-EL SERMON DEL MONTE – Capitulo 5 – Bienaventurados los que Lloran – D.M. Lloyd Jones

CAPITULO V
Bienaventurados los que Lloran

Pasamos ahora a estudiar la segunda Bienaven¬turanza -‘Bienaventurados (o felices) los que llo¬ran, porque ellos recibirán consolación.’ Esta, al igual que la primera, llama de inmediato la atención, y presenta al cristiano como del todo diferente del que no lo es y del que es del mundo.

 En realidad el mundo consideraría y considera una afirmación como ésta como ridícula en grado sumo -¡Felices son los que lloran! Si hay una cosa que el mundo trata de evitar es el dolor; todo él está organizado basado en la idea de que hay que evitar el dolor. La filosofía del mundo es, olvídense de los problemas, vuélvanles la espalda, hagan lo posible para evitar¬los. Las cosas ya son de por sí lo bastante malas para que uno vaya en busca de problemas, dice el mundo; por tanto, traten de ser lo más felices que puedan. La organización de toda la vida, la ma¬nía por los placeres y el dinero, la energía y entu¬siasmo que se gastan en entretener a la gente, todo ello no es más que expresión del objetivo del mundo, de huir de la idea del dolor y de este espíritu del do¬lor. Pero el evangelio dice, ‘Bienaventurados los que lloran.’ ¡En realidad son los únicos felices! Si exa¬minamos el pasaje paralelo en Lucas 6 veremos que se expresa en una forma más llamativa, ‘Bienaven¬turados los que ahora lloráis, porque reiréis.’ Pro¬mete bendición y felicidad a los que lloran. Estas afirmaciones preliminares referentes al cristiano son, pues, de una importancia básica muy obvia.
No cabe duda de que estamos una vez más fren¬te a algo que tiene un significado enteramente es¬piritual. Nuestro Señor no dijo que los que lloran en un sentido natural son felices, como en el caso de las lágrimas que produce el dolor por la muerte de alguien. No, – es un llorar espiritual. Al igual que la pobreza de espíritu no era algo material, económi¬co, sino esencialmente espiritual, también en este caso estamos frente a algo completamente espiritual que no tiene ninguna relación con nuestra vida na¬tural en este mundo. Todas estas Bienaventuranzas se refieren a una condición espiritual y a una acti¬tud espiritual. Se alaba a los que lloran en espíritu; ellos, dice nuestro Señor, son los felices.
Esto, como hemos visto, nunca se encuentra en el mundo, antes bien está en marcado contraste con lo que se ve en el mundo. Y una vez más tengo que decir que es algo no tan evidente en la Iglesia de hoy como lo fue en otro tiempo y como lo es en el Nuevo Testamento. En un sentido, como dije an¬tes, esta es la principal razón por la que estudiamos el Sermón del Monte. Nos preocupa el estado y la vida de la Iglesia en los tiempos actuales. No vaci¬lo en volver a afirmar que el fracaso de la Iglesia en influir más, en la vida de los hombres de hoy, se debe sobre todo a que su propia vida no es como de¬be ser. Para mí nada hay más trágico o miope o falto de visión que el suponer, como muchos hacen, que la Iglesia está en orden y que lo único que tiene que hacer es evangelizar al mundo. Los avivamientos demuestran con claridad que los que no son de la Iglesia siempre se sienten atraídos cuando la Igle¬sia misma comienza a actuar de verdad como Igle¬sia cristiana, y cuando los cristianos se aproximan a la descripción que las Bienaventuranzas ofrecen. Debemos, pues, comenzar por nosotros mismos, y averiguar por qué, por desgracia, esta descripción del cristiano como alguien que ‘llora’ nos hace sen¬tir que por alguna razón no se ve tanto en la Iglesia de hoy como en la de otro tiempo.
La explicación es bastante obvia. Es en parte una reacción contra la clase de puritanismo falso (digo puritanismo falso, no puritanismo) que, sea¬mos francos, abundó tanto a fines del siglo pasado y a comienzos de este. Solía manifestarse como presunta piedad. No era natural; no nacía de den¬tro; pero la gente asumía un aspecto piadoso. Ca¬si daba la impresión de que ser religioso equivalía a ser desdichado; volvía la espalda a muchas cosas que son perfectamente naturales y legítimas. Con ello se daba una impresión muy poco atractiva del cristiano, y, según creo, ha dado pie a una reacción violenta contraria, reacción tan violenta que se ha llegado al otro extremo.
Pero también creo que otra explicación se halla en la idea que se ha ido haciendo tan común de que si como cristianos queremos atraer a los que no lo son, debemos tratar voluntariamente de asumir un aspecto jovial y vivo. Muchos, pues, tratan de ma¬nifestar una especie de gozo y felicidad que no na¬cen de adentro, sino que son artificiales. Es proba¬ble que esta sea la explicación principal de por qué no se ve en la Iglesia de hoy esta característica de dolor. Esta superficialidad, esta facundia o joviali¬dad resultan casi incomprensibles. Lo que gobierna y dirige toda nuestra apariencia y conducta es este esfuerzo por aparentar ser algo, por ofrecer una cierta imagen, en vez de manifestar una vida que nazca de adentro.
A veces pienso, sin embargo, que la explicación definitiva de todo esto es algo todavía más hondo y grave. No puedo evitar creer que la explicación final del estado de la Iglesia de hoy se halla en un sentido defectuoso de pecado y en una doctrina defectuosa del pecado. Junto con esto, desde luego, se halla el no entender la verdadera naturaleza del go¬zo cristiano. Estamos, pues, ante una deficiencia doble. No hay convencimiento verdadero y profun¬do de pecado como lo había en otro tiempo; y por otra parte hay una idea superficial del gozo y feli¬cidad que en nada se parece a lo que encontramos en el Nuevo Testamento. Así pues, la doctrina de¬fectuosa de pecado y la idea superficial de gozo, jun¬tas, producen necesariamente un tipo superficial de persona y una clase muy inadecuada de vida cristia¬na.
Estamos frente a algo sumamente importante, sobre todo en materia de evangelismo. No sorpren¬de que la Iglesia fracase en su misión si este con¬cepto de pecado y de gozo es tan defectuoso e ina¬decuado. Y, por consiguiente, sucede que mucho evangelismo, organizado ya a gran escala, ya en to¬no menor (a pesar de todas las cifras y resultados que se publican), no afecta obviamente la vida de la Iglesia en un sentido profundo. En realidad, las es¬tadísticas mismas demuestran el fracaso en este sen¬tido. Por ello es un tema muy básico que vale la pe¬na que consideremos. Por esto es tan importante que lo enfoquemos desde el punto de vista de este Sermón del Monte, que comienza con negaciones. Te¬nemos que ser pobres en espíritu antes de que poda¬mos ser llenados con el Espíritu Santo. Lo negati¬vo antes de lo positivo. Y una vez más estamos frente a otro ejemplo de precisamente lo mismo – el convencimiento debe necesariamente preceder a la conversión, un sentido verdadero del pecado debe preceder al gozo genuino de salvación. Ahí tenemos la esencia misma del evangelio. Tantas personas pa¬san la vida tratando de encontrar este gozo cristia¬no. Dicen que lo darían todo por encontrarlo o por ser como alguien que lo posee. Bien, sugiero que en noventa y nueve casos de cada cien, ésta es la expli¬cación. No han acertado a ver que deben llegar a la convicción de pecado antes de poder experimen¬tar el gozo. No les gusta la doctrina del pecado. Sienten profundo desagrado por ella y no quieren que se predique. Quieren el gozo sin el convenci¬miento de pecado. Pero esto es imposible; nunca se puede conseguir. Los que van a convertirse y de¬sean ser verdaderamente felices y bienaventurados son los que primero lloran. La convicción de pecado es requisito esencial para la verdadera conversión.
Es muy importante, pues, que sepamos qué quie¬re decir nuestro Señor cuando afirma, ‘Bienaventu¬rados los que lloran.’ Encontraremos la respuesta en la enseñanza del Nuevo Testamento en general con respecto a este tema. Comencemos, por ejemplo, con nuestro Señor mismo. Como cristianos, hemos sido hechos, nos dice la Biblia, a imagen y semejan¬za del Señor mismo. El cristiano es alguien que es como el Señor Jesucristo. Jesucristo es el ‘primo¬génito entre muchos hermanos;’ él es el modelo de cómo ustedes y yo debemos ser. Muy bien; miré¬moslo. ¿Qué descubrimos?
Una cosa que observamos es que no se mencio¬na en ninguna parte que riera. Se nos dice que se airó, que sufrió hambre y sed; pero no hay mención ninguna de que riera. Sé que un argumento de es¬ta clase, llamado ‘ex silentio,’ puede ser peligroso, pero no podemos dejar de prestar atención a este hecho. Recordamos la profecía de Isaías, en la que se nos dice que sería ‘varón de dolores, experimen¬tado en quebranto’, y que le iba a quedar el rostro tan desfigurado que nadie lo desearía. Esta es la profecía referente a El, y al leer estos relatos de los Evangelios respecto a El vemos que la profecía se cumplió a la letra. En Juan 8:57 hay una indicación de que nuestro Señor parecía más viejo de lo que era. Recuerdan que había dicho, ‘Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó'; los oyentes lo miraron y le dijeron, ‘Aun no tienes cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?’ Se lo dijeron a alguien que apenas tenía treinta años, y estoy de acuerdo con los intérpretes que di¬cen, basados en ese pasaje, que nuestro Señor pare¬cía mucho mayor de lo que era. Nada se dice, pues, de risas en su vida. Pero, sí se nos dice que lloró en el sepulcro de Lázaro (Jn. 11:35). Y no porque su amigo había muerto, porque había ido precisamente a resucitarlo. Sabía que Lázaro iba a volver a la vida en unos momentos. No, es algo muy diferente, algo que vamos a considerar juntos. Se nos dice también que lloró sobre Jerusalén al contemplar la ciudad poco antes de morir (vea Le. 19:41-44). Es¬te es el cuadro que se descubre cuando se contempla a nuestro Señor en los Evangelios, y debemos ser como El. Comparemos esto, no sólo con el mundo, sino también con esa presunta viveza y jovialidad que tantos cristianos parecen creer que es el retrato adecuado del cristiano. Creo que verán de inmedia¬to el contraste sorprendente y chocarte. No hay na¬da de esto en nuestro Señor.
Veamos también la enseñanza del apóstol Pablo como aparece, por ejemplo, en Romanos 7. Hemos de ser como este apóstol, y como los otros apóstoles y santos de todos los siglos, si hemos de ser verda¬deramente cristianos. Recordemos que el cristiano es un hombre que sabe qué es exclamar, ‘¡ Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?’ Esto nos dice algo de qué significa llorar. He ahí un hombre que se sentía tan abrumado de dolor que prorrumpe en esa exclamación. Todos los cristianos han de ser así. El cristiano conoce esa experiencia de sentirse completamente sin remedio, y dice acer¬ca de sí mismo, como Pablo, ‘En mí, esto es, en mi carne, no mora el bien.’ Conoce la experiencia de poder decir, ‘no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.’ Está plenamente conscien¬te de este conflicto entre la ley de la mente y la ley de los miembros, y todo este luchar y procurar. Pe¬ro oigamos otra vez a Pablo en Romanos 8. Hay quienes opinan que lo que se describe en Romanos 7 no fue sino una fase de la vida de Pablo, y que sa¬lió de ella, pasó la página, y pasó al capítulo 8 de Romanos donde ya no supo qué era llorar. Pero en el versículo 23 de ese capítulo se lee lo siguiente, ‘No sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros tam¬bién gemimos dentro de nosotros mismos, esperan¬do la adopción, la redención de nuestro cuerpo.’ O, también, lo que dice en 2 Corintios 5, ‘Los que es¬tamos en este tabernáculo gemimos con angustia': se describe a sí mismo como ‘deseando ser revesti¬dos de aquella nuestra habitación celestial.’ Dice todo esto en una forma todavía más explícita en las Cartas Pastorales, donde escribe a Timoteo y a Ti¬to cómo deben enseñar a los demás. Dice que el ‘anciano’ ha de ser ‘sobrio, prudente, decoroso.’ De hecho incluso ‘los jóvenes’ han de ser ‘prudentes.’ Nada se dice de aquella jovialidad y viveza. Inclu¬so los jóvenes cristianos no deberían aparentar tal gozo maravilloso de modo que siempre luzcan en el rostro una sonrisa radiante que demuestre al mun¬do lo felices que son.
He escogido esos pasajes al azar. Los podría complementar con citas de otros escritores del Nue¬vo Testamento.. ¿Qué significa todo esto? Me pa¬rece que la mejor manera de expresarlo es así. ‘Llo¬rar’ es algo que sigue por necesidad de ser ‘pobres en espíritu.’ Es completamente inevitable. Cuando me hallo frente a Dios y a su santidad, y contemplo la vida que he de vivir, me veo a mí mismo, mi incapacidad y desesperanza totales Descubro lo que soy espiritualmente y esto me hace llorar. Pero no basta esto. El que se ve tal como es, después de ha¬berse examinado a sí mismo y a su vida, debe tam¬bién necesariamente llorar por sus pecados, por lo que hace. Ahora bien, los expertos en la vida es¬piritual siempre han recomendado el auto examen. Todos lo recomiendan y practican. Dicen que es bue¬no dedicar unos momentos al final del día a medi¬tar acerca de sí mismo, pasar breve revista a la vi¬da, y preguntar, ‘¿Qué he hecho, qué he dicho, qué he pensado, cómo me he comportado con los otros?’ Si se hace esto todas las noches, se descubrirá que uno ha hecho cosas que no debiera haber hecho, que uno ha fomentado pensamientos, ideas y sentimien¬tos indignos. Y, al caer en la cuenta de esto, el cristiano se siente lleno de un sentido de pesar y do¬lor, por haber sido capaz de pensar y hacer semejan¬tes cosas, y esto lo hace llorar. Pero, no se contenta con lo que ha hecho, sino que medita en sus accio¬nes, estado y condición de pecado, y al hacerlo de¬be experimentar lo que dice Romanos 7. Debe llegar a estar consciente de los principios malos que hay dentro de él. Debe preguntarse, ‘¿Qué hay en mí que hace que me conduzca como lo hago? ¿Por qué me irrito tanto? ¿Por qué tengo tan mal carácter? ¿Por qué no puedo dominarme? ¿Por qué ten¬go esos pensamientos hostiles, de celos y envi¬dia? ¿Qué hay dentro de mí?’ Y descubre esa lucha en sus miembros, y le desagrada y llora por ello. Es completamente inevitable. Estas no son imaginaciones; es la realidad, lo que la experiencia enseña. Es una prueba a fondo. Si no quiero acep¬tar esta enseñanza, quiere decir que no lloro y que por tanto no soy uno de los que, dice nuestro Señor, son bienaventurados. Si considero que esto no es más que morbosidad, algo que nadie debería hacer, entonces digo bien a las claras que no soy espiritual, que no soy como el apóstol Pablo y todos los santos, y que contradigo la enseñanza del Señor Jesucristo mismo. Pero si lamento estas cosas en mí mismo, lloro de verdad.
Pero el cristiano no se detiene ni siquiera en esto. El verdadero cristiano es el que llora también por los pecados de otros. No se detiene en sí mis¬mo. Ve lo mismo en otros. Le preocupa el estado de la sociedad, y el estado del mundo, y al leer los periódicos no se detiene en lo que ve ni simplemente expresa desagrado por ello. Llora por ello, porque los hombres viven de esta manera. Llora por los pecados de los demás. En realidad, va todavía más allá para llorar por el estado del mundo entero cuan¬do ve la confusión moral, infelicidad y sufrimiento del género humano, y cuando ve tantas guerras y ru¬mores de guerra. Ve que todo el mundo vive en una condición insana e infeliz. Sabe que todo esto se de¬be al pecado; y llora por ello.
Por esto lloró nuestro Señor, por esto fue ‘va¬rón de dolores, experimentado en quebranto;’ por es¬to lloró en la sepultura de Lázaro. Vio esa cosa tan horrible, fea y necia llamada pecado, que había he¬cho acto de presencia en la vida e introducido la muerte en la vida, que había trastornado la vida y la había vuelto infeliz. Lloró por esto; gimió en espíritu. Y al ver la ciudad de Jerusalén que lo re¬chazaba y con ello se atraía la destrucción, también lloró. Lloró por todo esto, y el que lo sigue, todo aquel que ha recibido su naturaleza, también llora. En otras palabras, debe llorar por la naturaleza del pecado, porque ha entrado en el mundo y ha condu¬cido a tan terribles resultados. En realidad llora porque entiende algo de lo que significa el pecado para Dios, y el aborrecimiento y odio tan totales que Dios siente por él, esta cosa terrible que clavaría, por así decirlo, en el corazón de Dios, si pudiera, es¬ta rebelión y arrogancia del hombre, el resultado de escuchar a Satanás. Lo entristece y llora por ello. Aquí tenemos, pues, la enseñanza del Nuevo Testamento respecto a este punto. Esto significa llorar en el sentido espiritual en el Nuevo Testamen¬to. Quizá la mejor manera de expresarlo es así. Es la antítesis misma del espíritu, mente y perspec¬tiva del mundo, el cual, como dijo nuestro Señor, ‘ríe ahora.’ Miremos al mundo, incluso en tiempo de guerra. Todavía trata de no considerar la situa¬ción verdadera, de no hacer caso de ella para ser fe¬liz. ‘Comamos, bebamos y regocijémonos,’ es su consigna. Ríe y dice, ‘No pienses en estas cosas.’ Llorar es exactamente lo contrario. La actitud del hombre cristiano es esencialmente diferente.
No nos vamos a detener aquí, sin embargo, por¬que de lo contrario nuestra descripción del cristiano sería incompleta. Nuestro Señor en estas Bienaven¬turanzas hace una afirmación completa y debe to¬marse como tal. ‘Bienaventurados los que lloran,’ dice, ‘porque ellos recibirán consolación.’ El que llo¬ra es verdaderamente feliz, dice Cristo; esta es la paradoja. ¿En qué sentido es feliz? Bien, llega a ser feliz en un sentido personal. El que verdadera¬mente llora por su estado y condición de pecado es el que se va a arrepentir; en realidad, ya se está arrepintiendo. Y el que se arrepiente de verdad co¬mo resultado de la acción del Espíritu Santo en él, va a ser sin duda conducido hasta el Señor Jesucris¬to. Una vez vista su condición irremediable y peca¬minosa, busca un Salvador, y lo encuentra en Cristo. Nadie puede verdaderamente conocerlo como Salva¬dor y Redentor personal a no ser que antes sepa qué es llorar. Sólo el que exclama, ‘¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?’ puede luego añadir, ‘Gracias doy a Dios, por Jesucristo nuestro Señor.’ Esto es algo que sigue como el día sigue a la noche. Si lloramos de verdad, nos regocijaremos, seremos hechos felices, recibiremos consolación. Porque cuando uno se ve a sí mismo en esa condición de desesperanza absoluta, el Espí¬ritu Santo le revela al Señor Jesucristo como su sa¬tisfacción perfecta. Por medio del Espíritu ve que Cristo ha muerto por sus pecados y se ha constitui¬do en abogado suyo en la presencia de Dios. Ve en él la solución perfecta que Dios le ofrece y de inme¬diato se siente consolado. Esto es lo sorprendente en la vida cristiana. El pesar más hondo conduce al gozo, y sin pesar no hay gozo.
Esto es así no sólo en la conversión; es algo que sigue siendo verdad en el caso del cristiano. Se ve culpable de pecado, y al principio esto lo abate y lo hace llorar. Pero esto a su vez lo hace volver a Cris¬to; y en cuanto vuelve a Cristo, la paz y felicidad vuelven también y se siente consolado. Estamos frente a algo que se cumple de inmediato. El que llora de verdad es consolado y feliz; y así pasa la vida cristiana, lágrimas y gozo, pesar y felicidad, y la una conduce de inmediato a la otra.
Pero no se ofrece al cristiano sólo este consue¬lo inmediato. Hay otro consuelo, que podríamos lla¬mar ‘la esperanza bendita,’ que Pablo menciona en Romanos 8 y a la que ya hemos aludido. Dice que en la actualidad incluso los que ‘tenemos las primi¬cias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la reden¬ción de nuestro cuerpo.’ ‘Porque en esperanza fui¬mos salvos,’ prosigue, y confiados en que ‘las aflic¬ciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestar¬se.’ En otras palabras, cuando el cristiano contem¬pla al mundo, o incluso cuando se contempla a sí mismo, se siente infeliz. Se queja en espíritu; conoce algo de la carga del pecado que se ve en el mundo y que los apóstoles y el Señor mismo experi¬mentaron. Pero se consuela de inmediato. Sabe que la gloria ya llega; sabe que llegará el día en que Cristo regresará, y el pecado quedará excluido de la tierra. Habrá ‘nuevos cielos y nueva tierra’ donde la justicia morará. ¡Oh bendita esperanza! ‘Biena¬venturados los que lloran, porque ellos recibirán con¬solación.’
Pero ¿qué esperanza tiene el que no cree en es¬tas cosas? ¿Qué esperanza tiene el no cristiano? Mi¬remos el mundo; leamos los periódicos. ¿Con qué pueden contar? Hace cincuenta años contaban con el hecho de que el hombre mejoraba rápidamente. Ahora ya no se puede contar con esto. No se puede contar con la educación; no se puede contar con las Naciones Unidas lo mismo que no se pudo contar con la Liga de Naciones. Todo se ha intentado y todo ha fracasado ¿Qué esperanza le queda al mundo? Ninguna. El mundo de hoy no ofrece consuelo. Pe¬ro para el cristiano que llora por el pecado y por el estado del mundo, hay este consuelo – el consuelo de la bendita esperanza, la gloria que llegará. De modo que incluso aquí, aunque se lamenta, es tam¬bién feliz debido a la esperanza que posee. Hay esa esperanza final en la eternidad. En ese estado eter¬no seremos completamente bienaventurados, nada perturbará la vida, nada nos apartará de ella, nada la echará a perder. Ya no existirán el pesar y las lamentaciones; las lágrimas desaparecerán; y vivire¬mos sumergidos en el esplendor eterno, y experimen¬taremos gozo y felicidad puros e inmarcesibles. ‘Bien¬aventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.’ Cuan cierto es esto. Si no conocemos esto, no somos cristianos. Si somos cristianos, lo conocemos, conocemos este gozo de los pecados per¬donados y del estar conscientes de ello; el gozo de la reconciliación; el gozo de saber que Dios nos acep¬ta de nuevo cuando nos hemos apartado de El; el gozo y contemplación de la gloria que nos espera; el gozo que procede de la expectación del estado eterno.
Tratemos, pues de definir al que llora. ¿Qué clase de hombre es? Es un hombre apesadumbrado, pero no malhumorado. Es un hombre triste, pero no infeliz. Es un hombre grave, pero no formal. Es un hombre sobrio, pero no hosco. Es un hombre se¬rio, pero nunca frío ni alejado. Su gravedad va acompañada de cordialidad y atractivo. Este hombre, en otras palabras, siempre está serio; pero no de aparentar esa seriedad. El cristiano verdadero no es nunca un hombre que ha de aparentar tristeza o jovialidad. No, nunca; es un hombre que mira a la vida con seriedad; la ve bajo el punto de vista espi¬ritual, y ve en ella el pecado y sus efectos. Es un hombre serio y sobrio. Su punto de vista es siem¬pre serio, pero debido a estas ideas que tiene y a su comprensión de la verdad, posee también un gozo inenarrable. Es, pues, como el apóstol Pablo, quien ‘gemía dentro de sí mismo,’ y con todo era feliz de¬bido a su experiencia de Cristo y de la gloria veni¬dera. El cristiano no es superficial en modo alguno, si¬no que es fundamentalmente serio y feliz. El gozo del cristiano es un gozo santo, la felicidad del cristiano es una felicidad seria. ¡Nunca es un semblante super¬ficial de felicidad y gozo! No, nunca; es un gozo so¬lemne, un gozo santo, una felicidad seria; de modo que, si bien es serio y sobrio, nunca es frío ni aleja¬do. En realidad, es como nuestro Señor mismo, quien gemía, lloraba, y sin embargo ‘por el gozo puesto de¬lante de él’ soportó la cruz y se sobrepuso a la ver¬güenza.
Ese es el hombre que llora; ese es el cristiano. Ese es el tipo de cristiano que se vio en la Iglesia del pasado, cuando la doctrina del pecado se predicaba y subrayaba, y no se apremiaba a los hombres para que decidieran algo de inmediato. Una doctri¬na profunda acerca del pecado, del gozo, producen como consecuencia ese hombre bienaventurado y fe¬liz que llora y al mismo tiempo es consolado. La for¬ma de experimentar esto, obviamente, es leer las Es¬crituras, estudiarlas y meditarlas, orar a Dios para que su Espíritu nos revele el pecado que hay en no¬sotros, y luego que nos revele al Señor Jesucristo en toda su plenitud. ‘Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.’

~ por Arq. Adolfo Becerril S. en octubre 28, 2008.

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