04-EL SERMON DEL MONTE – Capitulo 4 – Bienaventurados los Pobres en Espíritu – D.M. Lloyd Jones

CAPITULO IV
Bienaventurados los Pobres en Espíritu

Entramos ahora en el estudio de la primera de las Bienaventuranzas, ‘Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.’ Co¬mo indiqué en el estudio precedente, no sorprende que sea ésta la primera, porque obviamente es, como veremos, la clave de todo lo que sigue. En es¬tas Bienaventuranzas hay, sin lugar a dudas, un orden bien definido.

Nuestro Señor no las pro¬nunció en el orden en que están al azar o por casualidad; hay en ellas lo que podríamos llamar una secuencia espiritual lógica. Esta primera Bie¬naventuranza debe necesariamente ser la primera simplemente porque sin ella no hay acceso al rei¬no de los cielos, o al reino de Dios. No hay nadie en el reino de Dios que no sea pobre en espíritu. Es la característica fundamental del cristiano y del ciu¬dadano del reino de los cielos, y todas las otras ca¬racterísticas son en un sentido la consecuencia de esta. Al explicarla veremos que significa un vacío en tanto que las otras son una manifestación de ple¬nitud. No podemos ser llenados hasta que no este¬mos vacíos. No se puede llenar con vino nuevo una vasija que todavía conserva algo de vino viejo, has¬ta que el vino viejo haya sido derramado. Esta, pues, es una de esas afirmaciones que nos recuer¬dan que tiene que haber un vacío antes de que algo se pueda llenar. Siempre hay estos dos aspectos en el evangelio; hay un derribar y un levantar. Re¬cuerden las palabras del anciano Simeón respecto a nuestro Señor y Salvador cuando lo sostuvo en bra¬zos. Dijo, ‘Este está puesto para caída y levantamiento de muchos.’ La caída está antes que el le¬vantamiento. Es parte esencial del evangelio que antes de la conversión debe haber la convicción; el evangelio de Cristo condena antes de liberar. Esto es algo muy fundamental. Si prefieren que lo diga en una forma más teológica y doctrinal, diría que no hay afirmación más perfecta de la doctrina de la justificación por fe que esta Bienaventuranza: ‘Bienaventurados son los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.’ Bien pues, este es el fundamento de todo lo demás.
Pero no sólo esto. Es obviamente una prueba muy a fondo para cada uno de nosotros, no sólo al enfrentarnos con nosotros mismos, sino sobre todo cuando nos enfrentamos con el mensaje completo del Sermón del Monte. El caso es que condena de inmediato cualquier idea del Sermón del Monte que lo vea como algo que ustedes y yo podemos hacer por nosotros mismos, algo que ustedes y yo pode¬mos llevar a cabo. Niega esto desde el primer ins¬tante. Al comienzo mismo encontramos una conde¬nación tan obvia de todos esos puntos de vista que vimos antes, que lo consideran como una ley nueva o como algo que introduce un reino entre los hom¬bres. Ahora ya no se oyen tanto estas ideas, pero siguen existiendo y fueron muy populares a comien¬zos de siglo. Se hablaba entonces de ‘introducir el reino,’ y siempre se utilizaba como texto el Sermón del Monte. Consideraban que el Sermón era algo que podía ponerse en práctica. Hay que predicarlo y luego los hombres pasan de inmediato a ponerlo en práctica. Pero esta idea no sólo es peligrosa si¬no que es una negación absoluta del Sermón mismo, el cual comienza con esta proposición fundamental de ser ‘pobres en espíritu’. El Sermón del Monte, en otras palabras, viene a decirnos, ‘Hay una mon¬taña que tienen que escalar, a cuya cima tienen que ascender; y lo primero que tienen que tener en cuenta al contemplar esa montaña que se les dice que escalen, es que no pueden conseguirlo, que son completamente incapaces de ello por sí mismos, y que cualquier intento de conseguirlo con sus propias fuerzas es prueba positiva de que no lo entendieron.’ Desde el primer momento condena el punto de vis¬ta que lo considera como un programa de acción que el hombre ha de poner en práctica de inmediato.
Antes de pasar a hablar del mismo desde lo que podríamos llamar una perspectiva espiritual, hay un punto que hay que considerar respecto a la tra¬ducción de este versículo. Hay quienes dicen que deberíamos leerlo en la siguiente forma: ‘Biena¬venturados en espíritu son los pobres.’ Alegan en sostén de tal versión el pasaje paralelo de Lucas 6:20, donde se lee ‘Bienaventurados vosotros los po¬bres’ sin mención ninguna de ‘pobres en espíritu’. Lo consideran por ello como un encomio de la po¬breza. Pero esta idea es completamente errónea. La Biblia nunca enseña que la pobreza sea algo bue¬no. El pobre no está más cerca del reino de los cie¬los que el rico, si se piensa en ambos en el terreno natural. No hay mérito ni ventaja ninguna en ser pobre. La pobreza no garantiza la espiritualidad. Sin duda, pues, que el pasaje no puede significar eso. Y si se considera todo el pasaje de Lucas 6, me parece que está bien claro que nuestro Señor también ahí habló de ‘pobres’ en el sentido de ‘no estar poseídos por el espíritu mundano,’ pobres en el sentido, si quieren, de no confiar en las riquezas. Esto es lo que se condena, el confiar en las riquezas como tales. Y obviamente hay muchos pobres que confían tanto en las riquezas como los ricos. Dicen, ‘Si tuviera esto y aquello,’ y envidian a los que lo tienen. Si sienten así, pues, no son bienaventura¬dos. Por esto no puede ser la pobreza como tal.
He querido subrayar este punto porque a la mayoría de los comentaristas católicos y sus imita¬dores en la Iglesia Anglicana les gusta interpretar este versículo en este sentido. Lo consideran como la autoridad bíblica en la que se basa la pobreza vo¬luntaria Su santo patrón es Francisco de Asís; a él y a quienes son como él, los consideran como a los únicos que se conforman a esta Bienaventuranza. Dicen que se refiere a los que han abrazado volun¬tariamente la pobreza. El ya difunto Obispo Gore en su libro acerca del Sermón del Monte enseña es¬to con toda Caridad. Es la interpretación ‘católi¬ca’ típica de esta afirmación concreta. Pero es ob¬vio, por las razones expuestas, que violenta a las Escrituras.
A lo que nuestro Señor se refiere es al espíri¬tu; es la pobreza de espíritu. En otras palabras, es en última instancia la actitud del hombre para con¬sigo mismo. Esto es lo que importa, no el que sea rico o pobre. En esto tenemos una ilustración per¬fecta de uno de esos principios generales que deja¬mos establecidos antes, cuando dijimos que estas Bienaventuranzas indican con una claridad única la diferencia total y esencial entre el hombre natural y el cristiano Vimos que hay una división bien clara entre estos dos reinos -el reino de Dios y el reino de este mundo, el hombre cristiano y el hom¬bre natural- una distinción y división completas y absolutas. Pues bien, no hay quizá afirmación que subraye y ponga de relieve esa diferencia mejor que este ‘Bienaventurados los pobres en espíritu’ Per¬mítanme mostrarles el contraste. Se trata de algo que no solamente el mundo no admira; lo desprecia. No es posible encontrar una antítesis mayor al espí¬ritu y visión mundanos que la que hallamos en este versículo. ¡Cuánto insiste el mundo en la creencia en la dependencia de uno mismo, en la confianza en uno mismo! Su literatura no dice otra cosa. Si se quiere prosperar en este mundo, afirma, hay que creer en uno mismo. Esta idea domina por comple¬to la vida de los hombres de nuestro tiempo. En realidad diría incluso que domina la vida toda a excepción del mensaje cristiano. ¿Cuál es, por ejem¬plo, la esencia del arte de vender según las ideas modernas? Es dar la impresión de confianza y se¬guridad. Si se quiere impresionar al cliente esta es la forma de conseguirlo. La misma idea prevalece y se pone en práctica en los demás campos de actividad. Si se quiere tener éxito en una profesión, lo importante es dar la impresión de ser una persona de éxito, de modo que se dé a entender que uno es una persona de más éxito que lo que en realidad se es, y la gente diga, ‘Este es el tipo de persona al que hay que acudir.’ Este es el principio que rige la vida actual – creer en sí mismo, darse cuenta de la fuer¬za innata que hay en uno y hacer que todo el mun¬do lo vea. Confianza en sí mismo, seguridad, de¬pender de sí mismo. Como consecuencia de esto los hombres creen que si viven según esta convicción pueden introducir el reino; en esto se basa la asun¬ción fatal de que sólo con leyes aprobadas por la Cá¬mara de Diputados se puede producir una sociedad perfecta. Por todas partes vemos esta trágica con¬fianza en el poder de la educación y de la ciencia como tales para salvar al hombre, para transformar¬lo y convertirlo en ser humano honesto.
Ahora bien, en este versículo se nos presenta algo que está en contraste total y absoluto con es¬to, y es lamentable ver cómo la gente considera es¬ta clase de afirmación. Hace ya siglos alguien cri¬ticó el famoso himno de Carlos Wesley, ‘Jesús, Lover of my soul.’ ‘¿A quién se le ocurriría, si quie¬re conseguir un trabajo o puesto, ir a ver al empre¬sario para decirle, “Soy malvado y lleno de pecado”? ¡Es ridículo!’ Y por desgracia dijo esto en nombre de lo que consideraba como cristianismo. Creo que ven qué malentendido tan completo de es¬ta primera Bienaventuranza revelan estas palabras. Como les explicaré a continuación, no se trata de hombres que reconocen lo que son unos frente a otros, sino de hombres que se presentan ante Dios. Y si alguien siente en la presencia de Dios algo que no sea una absoluta pobreza de espíritu, en último término quiere decir que nunca ha estado uno fren¬te a El. Este es el significado de esta Bienaventu¬ranza.
Pero ni siquiera en la Iglesia de hoy tiene muy buen nombre esta Bienaventuranza. Esto tenía pre¬sente cuando lamenté antes el contraste sorprenden¬te y obvio entre la Iglesia de hoy y la de épocas pa¬sadas, sobre todo en la época puritana. Nada hay tan no cristiano en la Iglesia de hoy como este ha¬blar necio acerca de la ‘personalidad.’ ¿Se han da¬do cuenta de esto – de esta tendencia a hablar acer¬ca de la ‘personalidad’ por parte de los oradores y a emplear expresiones como ‘Qué personalidad tan estupenda tiene este hombre’? A propósito, es lamen¬table ver la forma en que los que así hablan tienen de definir la personalidad. Suele ser algo puramen¬te carnal, una cuestión de apariencia física.
Pero, y esto es todavía más grave, esta actitud se suele basar en una confusión entre confianza en sí mismo, seguridad en sí mismo por una parte, y la verdadera personalidad por otra. De hecho, a veces he notado una cierta tendencia de incluso no valorar lo que la Biblia considera como la virtud mayor, a saber, la humildad. He oído a miembros de una co¬misión hablar de cierto candidato y decir, ‘Sí, muy bien; pero como que le falta personalidad,’ cuando mi opinión de ese candidato era que era humilde. Existe la tendencia a valorar cierta agresividad y seguridad en sí mismo, y a justificar que uno se sir¬va de su personalidad para tratar de imponerla. La propaganda que se emplea cada vez más en la obra cristiana pone bien claramente de manifiesto esta tendencia. Cuando uno lee relatos de las activida¬des de los mayores obreros cristianos de otros tiem¬pos, evangelistas u otros, uno se da cuenta de lo dis¬cretos que eran. Pero hoy día, estamos viendo algo que es la antítesis más completa de esto. Se em¬plean con profusión anuncios y fotografías.
¿Qué quiere decir esto? ‘No nos predicamos a nosotros mismos,’ dice Pablo, ‘sino a Jesucristo co¬mo a Señor.’ Cuando fue a Corinto, nos dice, fue ‘con debilidad, y mucho temor y temblor.’ No su¬bió al pulpito con confianza y seguridad en sí mis¬mo para dar la impresión de una gran personalidad. Antes bien, la gente decía de él, Su ‘presencia cor¬poral (es) débil, y la palabra menospreciable.’ Cuán¬to nos apartamos de la verdad y pautas de las Es¬crituras. ¡Qué pena! Cómo permite la Iglesia que el mundo y sus métodos influyan y rijan sus ideas y vida. Ser ‘pobres en espíritu’ ya no es bien vis¬to ni siquiera en la Iglesia como lo fue en otro tiem¬po y como siempre debería serlo. Los cristianos de¬ben reflexionar en estos problemas. No aceptemos las cosas por su apariencia; evitemos sobre todo que la psicología del mundo se apodere de nosotros; y cai¬gamos en la cuenta desde el primer momento de que estamos hablando de un reino completamente distin¬to de todo lo que pertenece a este mundo corrupto.
Tratemos ahora de este tema en una forma más positiva. ¿Qué significa ser pobre en espíritu? Per¬mítanme una vez más decirles lo que no es. Ser ‘po¬bres en espíritu’ no quiere decir que deberíamos ser desconfiados o nerviosos, ni tampoco significa que deberíamos ser tímidos, débiles o flojos. Hay ciertas personas, es cierto, que, en reacción contra esta seguridad en sí mismos que el mundo y la Iglesia des¬criben como ‘personalidad’, creen que significa pre¬cisamente eso. Todos hemos conocido personas que son naturalmente discretas y quienes, lejos de im¬poner su presencia, siempre se quedan en segundo término. Son así de nacimiento y quizá sean tam¬bién naturalmente débiles, tímidos y sin valor. An¬tes pusimos de relieve el hecho de que ninguna de estas cosas que se indican en las Bienaventuranzas son cualidades naturales. Ser ‘pobres en espíritu,’ por tanto, no significa que uno nazca así. Descarte¬mos de una vez por toda esa idea.
Recuerdo que una vez tuve que ir a predicar a cierta ciudad Al llegar el sábado por la noche, un hombre estaba esperándome en la estación, de inme¬diato me pidió la valija, o más bien me la arrebató por la fuerza. Luego me empezó a hablar así. ‘Soy diácono de la iglesia en la que va Ud. a predicar ma¬ñana,’ dijo, y luego añadió, ‘Sabe, yo no soy nadie, soy realmente alguien sin importancia. No cuento para nada; no soy un gran hombre en la Iglesia; no soy más que uno de esos que le lleva la valija al mi¬nistro.’ Estaba ansioso por hacerme saber cuan humilde era, cuan ‘pobre en espíritu.’ Pero por la mis¬ma ansiedad en hacérmelo saber negaba lo mismo que trataba de dejar bien sentado. Urías Heep – el hombre que, por así decirlo, se gloría en su pobreza en espíritu y con ello prueba que no es humilde. Es afectar algo que no siente. Este es el peligro que corren muchos, aunque no tantos hoy día como an¬tes. Hubo un tiempo en que era la maldición de la Iglesia y afectaba la misma apariencia e incluso el andar de los hombres. Hizo mucho daño a la causa de Cristo, y los hombres de hoy han reaccionado vio¬lentamente contra ello, y en algunos casos han lle¬gado al otro extremo. Estoy muy lejos de defender la vestimenta eclesiástica; pero si tuviera que defender esto o la indumentaria del que en una forma de¬liberada se esfuerza por no dar la impresión de que es ministro sin duda defendería la vestimenta ecle¬siástica. Hace unos días oí a alguien que descri¬bía a un ministro de la Iglesia y parecía estar muy sorprendido ante el hecho de que no lo parecía. ‘No parece predicador,’ decía. ‘Parece un prós¬pero hombre de negocios.’ No me interesa la apa¬riencia personal de los hombres, pero sugiero que el hombre de Dios no debería parecer un ‘próspero hombre de negocios,’ y desde luego que no debería tratar de dar esta impresión. Esto no demuestra sino que se preocupa demasiado por sí mismo y por la impresión que causa. No, no; no debemos preocu¬parnos por esto; debemos preocuparnos por el espí¬ritu. El hombre que es verdaderamente ‘pobre en espíritu’ no necesita preocuparse mucho por su apa¬riencia personal y por la impresión que causa; siem¬pre causará la impresión adecuada.
Además, ser ‘pobres en espíritu’ no es supri¬mir la personalidad. También esto es muy impor¬tante. Hay quienes estarían de acuerdo con todo lo que hemos dicho pero que interpretarían el ser ‘po¬bres en espíritu’ de esta forma; recomiendan al hombre la necesidad de sofocar la personalidad pro¬pia. Estamos frente a un tema importante que se podría ilustrar con un ejemplo. Lo que estamos con¬siderando se ve en la historia de Lorenzo de Arabia. Recordarán que con el afán de destruirse a sí mis¬mo y de sofocar su propia personalidad llegó incluso a cambiarse el nombre por el de ‘Aviador Shaw’ – es decir un simple miembro de la Real Fuerza Aérea Británica. Recuerdan quizá que murió trágicamen¬te en un accidente de bicicleta, y que fue exaltado como ejemplo magnífico de humildad y auto abnegación. Ahora bien, ser pobre en espíritu no quiere decir que haya que cambiar el nombre y atormentarse a sí mismo ni tomar una personalidad diferen¬te en la vida. Esto es completamente antibíblico y anticristiano. Esta conducta suele impresionar al mundo, porque lo consideran maravillosamente hu¬milde. Se darán cuenta de que se presenta siempre la tentación sutil de pensar que el único que es ver¬daderamente ‘pobre en espíritu’ es el que hace un gran sacrificio, o, como hacen los monjes, se aísla de la vida y sus dificultades y responsabilidades. Pe¬ro esto no es lo que indica la Biblia. No hay que aislarse de la vida para ser ‘pobre en espíritu'; no hay que cambiar de nombre. No; es algo en el te¬rreno del espíritu.
Podemos ir más allá todavía y decir que ser ‘po¬bres en espíritu’ ni siquiera es ser humilde en el sentido en que se habla de la humildad de los gran¬des sabios. Hablando en general, el pensador verda¬deramente grande es humilde. Es el ‘saber poco’ lo más ‘peligroso.’ Ser ‘pobres en espíritu’ no sig¬nifica eso, porque esa humildad la produce el estar consciente de la inmensidad de lo que queda por a-prender y no es por necesidad una humildad genuina de espíritu en el sentido bíblico.
Si éstos son los aspectos negativos del ser ‘po¬bres en espíritu’, ¿cuál es el positivo? Creo que la mejor manera de contestar esta pregunta es con la Biblia en la mano. Es lo que dijo Isaías (57:15): ‘Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los que¬brantados.’ Esta es la cualidad espiritual, y de ella se encuentran innumerables ilustraciones en el An¬tiguo Testamento. Fue el espíritu de un hombre como Gedeón, por ejemplo, quien, cuando el Señor le envió un ángel para decirle lo que iba a hacer, dijo, ‘¿Con qué salvaré yo a Israel? He aquí que mi familia es pobre en Manases, y yo el menor en la casa de mi padre.’ No estamos frente a un hombre servil, sino ante un hombre que realmente creía lo que decía y que se estremecía ante el solo pensa¬miento de grandeza y honor, y pensaba que era in¬creíble. Fue el espíritu de Moisés, quien se sintió del todo indigno de la misión que se le encomendó y estuvo consciente de su incapacidad e insuficien¬cia. Se encuentra en David, cuando dijo, ‘Señor, ¿quién soy para que vengas a mí?’ Se ve en Isaías exactamente en la misma forma. Al tener una vi¬sión, dijo, Soy ‘hombre de labios inmundos.’ Esto es ser ‘pobre en espíritu,’ y se encuentra en todo el Antiguo Testamento.
Pero veamos lo que hallamos a este respecto en el Nuevo Testamento. Se ve perfectamente, por ejemplo, en un hombre como el apóstol Pedro quien era por naturaleza agresivo, decidido, seguro de sí mismo – un hombre moderno típico, lleno de confian¬za en sí mismo. Pero veámoslo cuando ve de ver¬dad al Señor. Dice, ‘Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador.’ Veámoslo luego cuando rin¬de tributo al apóstol Pablo, en 2 Pedro 3:15,16. Pe¬ro démosnos cuenta de que nunca deja de ser deci¬dido; no se vuelve desconfiado e inseguro. No, no cambia en este sentido. La personalidad básica per¬manece; y con todo es ‘pobre en espíritu’ al mismo tiempo. O veamos esta cualidad en el apóstol Pa¬blo. También éste era un hombre de grandes cuali¬dades, y desde luego, como hombre natural, cons¬ciente de las mismas. Pero al leer sus Cartas en¬contramos que la lucha que tuvo que mantener has¬ta el fin de sus días fue la lucha contra el orgullo. Por esto usó constantemente la palabra ‘gloriarse.’ Cualquiera que tenga cualidades suele estar cons¬ciente de ellas; sabe que puede hacer ciertas cosas, y Pablo así era. Nos ha hablado en ese gran capítu¬lo tercero de la Carta a los Filipenses de su confian¬za en la carne. Si se trata de competir, parece de¬cirnos, no teme a nadie; y luego enumera las cosas de las que puede gloriarse. Pero una vez que hubo visto al Señor resucitado en el camino de Damasco todo esto se convirtió en ‘pérdida,’ y este hombre, poseedor de tan grandes cualidades, se presentó en Corinto, como ya les he mencionado, ‘con debilidad, y mucho temor y temblor.’ Así se mantuvo siem¬pre, y al proseguir en la evangelización, pregunta, ‘Y para estas cosas, ¿quien es suficiente?’ Si al¬guien hubiera podido sentirse ‘suficiente’ era Pablo. Sin embargo se sentía insuficiente porque era ‘po¬bre en espíritu.’
No cabe duda, sin embargo, que lo vemos sobre todo en la vida de nuestro Señor mismo. Se hizo hombre, asumió ‘semejanza de carne de pecado.’ Si bien era igual a Dios no se aferró a las prerrogati¬vas de su divinidad. Aun siendo Dios, quiso vivir como hombre mientras estuviera en la tierra. Y es¬te fue el resultado. Dijo, ‘No puede el Hijo hacer nada por sí mismo.’ es el Dios-Hombre el que habla. No puede hacer nada por sí mismo. Dijo también, ‘Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras’ (Juan 14:10). ‘Nada puede hacer, dependo por completo de él.’ Eso es todo. Y si lo contemplamos en oración, vemos las horas que pasó orando, y también su pobreza de espíritu y depen¬dencia de Dios.
Esto, pues, quiere decir ser ‘pobre en espíritu.’ Significa una ausencia total de orgullo, de seguridad en sí mismo. Significa conciencia de que no es na¬da en la presencia de Dios. Nada, pues, podemos hacer ni producir por nosotros mismos. Es esta conciencia abrumadora de nuestra “nada” más completa cuando nos ponemos delante de Dios. Esto es ser ‘pobres en espíritu.’ Quiero formularlo de la manera más vigorosa posible, y para ello voy a ser¬virme de términos bíblicos. Significa que si somos verdaderos cristianos no debemos basarnos en nues¬tro nacimiento natural. No debemos confiar en que pertenecemos a ciertas familias; no nos gloriaremos que somos de tal o cual nación. No edificaremos sobre nuestro temperamento natural. No depende¬remos de la posición natural que alcanzamos en la vida, ni en poderes que nos hayan sido otorgados. No confiaremos en el dinero ni en la riqueza que podamos tener. No nos gloriaremos en la instruc¬ción recibida, ni en la universidad a la que hemos asistido. No, todo esto Pablo vino a considerarlo co¬mo ‘basura,’ y obstáculo para su obra porque ten¬día a dominarlo. No confiaremos en ningún don como el de la ‘personalidad,’ o inteligencia o habili¬dad general o especial. No confiaremos en nuestra propia conducta buena y moralidad. No confiare¬mos en lo más mínimo en la vida que hemos llevado o llevamos. No; consideraremos todo esto como Pa¬blo lo consideró. Esto es ‘pobreza en espíritu.’ Tie¬ne que haber una liberación total de todo esto. Lo repito, es sentir que no somos nada, que no tenemos nada, y que elevamos los ojos a Dios en sumisión absoluta a El y en dependencia completa de El, en su gracia y misericordia. Es, digo, experimentar en cierto modo lo que Isaías sintió cuando, ante la visión, dijo, ‘¡Ay de mí!… soy hombre inmundo de labios’ – esto es ‘pobreza en espíritu.’ Si nos halla¬mos compitiendo con otros en este mundo decimos, ‘Les puedo.’ Bien, está muy bien en ese ámbito, si quieren. Pero cuando uno tiene una cierta idea de Dios, necesariamente se siente como ‘muerto.’ como le ocurrió al apóstol Juan en la isla de Patmos, y es¬to debemos sentir en la presencia de Dios. Todo lo natural que hay en nosotros sale a relucir, porque no sólo se manifiestan la pequeñez y debilidad, si¬no también la suciedad y pecaminosidad.
Hagámonos, pues, estas preguntas. ¿Soy así, pobre en espíritu? ¿Qué pienso acerca de mí cuando me veo en presencia de Dios? En mi vida, ¿qué di¬go, por qué pido, cómo pienso de mí mismo? Qué mezquino es este gloriarse por cosas accidentales de las que no soy responsable, este gloriarse por cosas artificiales que no contarán para nada en el gran día cuando me presentaré delante de Dios. ¡Este pobre yo! Lo dice muy bien el himno, ‘Haz que este po¬bre yo disminuya,’ y ‘Oh Jesús, crece tú en mí.’
¿Cómo se llega, pues, a ser ‘pobre en espíritu’? La respuesta es que uno no comienza a contemplar¬se a sí mismo ni a tratar de hacer cosas por sí mis¬mo. Este fue el error del monasticismo. Esos po¬bres hombres, en su deseo de hacerlo todo por sí mismos, decían, ‘Debo salir del mundo, debo sacri¬ficar la carne y someterme a penalidades, debo mu¬tilar el cuerpo.’ No, de ninguna manera, cuanto más uno lo hace tanto más consciente de sí mismo se lle¬ga a ser y tanto menos ‘pobre en espíritu.’ La ma¬nera de llegar a ser pobre en espíritu es poner los ojos en Dios. Lean la Biblia, lean su Ley, traten de ver qué espera de nosotros, veámonos frente a El. Es también poner los ojos en el Señor Jesucristo y verlo como lo vemos en los Evangelios. Cuanto más lo hacemos así tanto mejor entendemos la reacción de los apóstoles cuando, al ver algo que acababa de hacer, dijeron, ‘Señor, aumenta nuestra fe.’ Sentían que su fe no era nada. Sentían que era pobre y dé¬bil. ‘Señor, aumenta nuestra fe. Creíamos tener un poco porque arrojamos demonios y predicamos tu palabra, pero ahora sentimos que nada tenemos; au¬menta nuestra fe’ Mirémoslo; y cuanto más lo ha¬gamos, tanto menos esperanza tendremos en nosotros mismos, y tanto más ‘pobres en espíritu’ llega¬remos a ser. Mirémoslo, sin cesar. Miremos a los santos, a los que han estado más llenos del Espíritu. Pero sobre todo, volvamos los ojos a El, y entonces nada tendremos que hacer con nosotros mismos. To¬do será hecho. No podemos poner de verdad los ojos en El sin sentir una pobreza y vacío absolutos. En¬tonces le diremos: “Del mal queriéndome librar, me puedes sólo tú salvar,” “Buscando vida y perdón, Bendito Cristo, heme aquí.” Vacíos, sin esperanza, desnudos, viles. Pero El basta para todo.

~ por Arq. Adolfo Becerril S. en octubre 25, 2008.

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