03-EL SERMON DEL MONTE – Capitulo 3 – Introducción a las Bienaventuranzas – D.M. Lloyd Jones

CAPITULO III
Introducción a las Bienaventuranzas

Hemos terminado ya nuestro análisis general del Sermón por lo que podemos comenzar a examinar esta primera sección, las Bienaventuranzas, este es¬bozo del cristiano en sus rasgos y características esenciales.

No me preocupa, como he dicho, la dis¬cusión de si las Bienaventuranzas son siete, ocho o nueve. Lo que importa no es cuántas Bienaventu¬ranzas hay, sino que tengamos una idea bien clara de lo que se dice acerca del cristiano. Primero quie¬ro considerar esto en una forma general, una vez más, porque me parece que hay ciertos aspectos de esta verdad que sólo se pueden captar si lo tomamos como un todo. Al estudiar la Biblia, la norma de¬bería ser siempre que se comience con el todo an¬tes de dedicarse a las partes. Nada hay que lleve más fácilmente a la herejía y al error que comen¬zar con las partes en vez de que con el todo. El único hombre que está en condiciones de cumplir con los mandatos del Sermón del Monte es el que tiene una idea bien clara respecto a la índole esen¬cial del cristiano. Nuestro Señor dice que esta per¬sona es la única que es verdaderamente ‘bienaventu¬rada’, es decir, ‘feliz’. Alguien ha sugerido que se podría expresar así; es la clase de persona que ha de ser felicitado, es la clase de hombre que hay que envidiar, porque sólo él es verdaderamente feliz.
La felicidad es el gran problema del género hu¬mano. Todo el mundo anhela la felicidad y es trá¬gico ver en qué formas tratan de alcanzarla. La gran mayoría, por desgracia, lo hacen en una forma tal que no puede sino producir calamidades. Cualquier cosa que, eludiendo las dificultades, produce la felicidad de alguien sólo momentáneamente, no hace a fin de cuentas sino aumentar los problemas y la calamidad. En esto se manifiesta el engaño absolu¬to del pecado; ofrece siempre felicidad, y conduce siempre a la infelicidad y a la desdicha y calamidad final. El Sermón del Monte dice, sin embargo, que si se desea ser verdaderamente feliz, esta es la for¬ma. Esta y sólo esta es la clase de persona que es verdaderamente feliz, que es realmente bienaventu¬rada. Esta es la clase de persona que ha de ser fe¬licitada. Contemplémosla, pues, en general, por me¬dio de una revisión sinóptica de estas Bienaventu¬ranzas antes de examinarlas una por una. Se verá que con este Sermón adopto un procedimiento algo más pausado y lo hago así voluntariamente. Me he referido ya a los que desean con ansia saber qué va¬mos a decir acerca del ‘ir con él dos millas’, por ejem¬plo. No; debemos dedicar mucho tiempo al ‘pobre en espíritu’ y al ‘manso’ y otros términos como és¬tos antes de examinar esos interesantes problemas tan atractivos y emocionantes. Antes de considerar la conducta debemos primero interesarnos por la conducta.
Hay ciertas lecciones generales, creo, que se pueden sacar de las Bienaventuranzas. Primero, to¬dos los cristianos han de ser así. Lean las Biena¬venturanzas, y en ellas encontrarán una descripción de lo que ha de ser el cristiano. No es la simple des¬cripción de ayunos cristianos excepcionales. Nues¬tro Señor no dice que va a describir cómo van a ser algunos seres extraordinarios en este mundo. Des¬cribe a cada uno de los cristianos.
Me detengo aquí por un momento, y lo subrayo, porque creo que debemos todos estar de acuerdo en que la fatal tendencia que la Iglesia Católica intro¬dujo, y de hecho todos los grupos de la Iglesia que gustan en emplear el término ‘Católico’, es la de di¬vidir a los cristianos en dos grupos – los religiosos y los laicos, los cristianos excepcionales y los cristia¬nos ordinarios, el que hace de la vida cristiana su vocación y el que se dedica a los asuntos del mundo. Esta tendencia no es sólo por completo antibíblica; en última instancia destruye la verdadera piedad, y es de muchos modos la negación del evangelio de nuestro Señor Jesucristo. En la Biblia no se en¬cuentra semejante distinción. Se distingue entre oficios – apóstoles, profetas, maestros, pastores, evangelistas, y así sucesivamente. Pero estas Bien¬aventuranzas no describen oficios; son una descrip¬ción del carácter del cristiano. Y bajo el punto de vista del carácter, y de lo que debemos ser, no hay diferencia ninguna entre un cristiano y otro.
Voy a decirlo de otra manera. Es la Iglesia Católica la que canoniza a ciertas personas, no el Nuevo Testamento. Lean la introducción a casi cualquier Carta del Nuevo Testamento y verán que se dirige a todos los creyentes como en la Carta a la Iglesia de Corinto, ‘llamados a ser santos’. To¬dos son ‘canonizados’, si quieren utilizar este térmi¬no, no sólo algunos cristianos. La idea de que esta altura de la vida cristiana es sólo para unos pocos escogidos, y de que el resto hemos de vivir en las monótonas llanuras, es una negación completa del Sermón del Monte, y de las Bienaventuranzas en particular. Todos hemos de ser ejemplos de todo lo que se contiene en estas Bienaventuranzas. Por consiguiente descartemos de una vez por toda esta idea falsa. No es tan sólo una descripción de los Hudson Taylors o de los George Müllers o de los Whitefields o Wesleys de este mundo; es una des¬cripción de todos los cristianos. Todos nosotros he¬mos de conformarnos a sus pautas y elevarnos a la norma que establece.
El segundo principio lo expresaría así; Todos los cristianos deben manifestar todas estas característi¬cas. No sólo son para todos los cristianos, sino por ne¬cesidad, por tanto, todos los cristianos han de mani¬festarlas todas. En otras palabras no es que algunos han de manifestar una característica y otros manifes¬tar otra. No es adecuado decir que unos han de ser ‘pobres en espíritu,’ y otros han de ‘llorar,’ y algu¬nos han de ser ‘mansos.’ y otros han de ser ‘pacifi¬cadores,’ y así sucesivamente. No; todo cristiano ha de ser todas estas cosas, ha de manifestarlas to¬das, al mismo tiempo. Creo, sin embargo, que es cierto y justo decir que en algunos cristianos algu¬nas de estas cosas se verán más que otras; pero es¬to no es porque ha de ser así. Se debe sólo a las imperfecciones que hay en nosotros. Cuando los cristianos sean por fin perfectos, todos manifesta¬rán todas estas características plenamente; pero en este mundo siempre habrá variaciones. No lo estoy justificando; simplemente lo hago notar. Lo que quiero subrayar es que todos y cada uno de noso¬tros hemos de manifestarlas todas al mismo tiempo. En realidad, creo que podemos ir más allá y decir que esta detallada descripción es tal, que resulta ab¬solutamente obvio, en cuanto analizamos las Biena¬venturanzas, que cada una de ellas implica necesa¬riamente las otras. Por ejemplo, no se puede ser ‘pobre en espíritu’ sin ‘tener hambre y sed de justi¬cia;’ y no se puede tener tal hambre y sed sin ser ‘manso’ y ‘pacífico.’ Cada una de estas cosas en cierto sentido exige las otras. Es imposible mani¬festar verdaderamente una de estas bendiciones, y recibir la bienaventuranza que se pronuncia sobre ello, sin al mismo tiempo exhibir ineluctablemente las otras. Las Bienaventuranzas son un todo com¬pleto que no se puede dividir; de modo que, si bien una puede manifestarse de una manera más evidente en una persona que en otra, están todas pre¬sentes. Las proporciones relativas pueden variar, pero están todas presentes, y tienen que estar todas presentes al mismo tiempo.
Este principio es de una importancia vital. Pe¬ro el tercero es quizá todavía más importante. Nin¬guna de estas descripciones se refiere a lo que po¬demos llamar una tendencia natural. Cada una de ellas es por completo una disposición que sólo la gracia y la acción del Espíritu Santo en nosotros puede producir. Nunca podría poner esto suficien¬temente de relieve Nadie responde naturalmente a las descripciones que se dan de las Bienaventuran¬zas, y debemos tener sumo cuidado en distinguir bien claramente entre las cualidades espirituales que se describen en ese pasaje y las cualidades humanas que se asemejan a aquéllas. Dicho de otra manera, hay personas que parecen naturalmente ‘pobres de espíritu;’ esto no es lo que nuestro Señor describe. Hay personas que parecen ser naturalmente ‘man¬sas;’ cuando nos ocupemos de ese versículo espero poder demostrar que la mansedumbre de la que Cris¬to habla no es la que parece ser mansedumbre na¬tural en una persona no regenerada. No se trata de cualidades naturales; nadie es así de nacimiento y por naturaleza.
Se trata de algo muy sutil que resulta difícil para muchos. Dicen, ‘Conozco a una persona que no es cristiana, que nunca va a ninguna iglesia, que nunca lee la Biblia, que nunca ora, y que nos dice con toda franqueza que no le interesa nada de esto. Pero, la verdad es que me parece que es más cris¬tiana que muchas personas que sí van a la iglesia y que oran. Siempre se muestra educada y cortés, nunca habla con aspereza ni juzga a los demás, y siempre hace todo el bien que puede.’ Tales personas miran ciertas características de la persona de la que hablan y dicen, ‘No cabe duda de que las Bie¬naventuranzas saltan a la vista; esta persona debe ser cristiana aunque niegue la fe.’ Esta es la clase de confusión que a menudo se suscita por no tener ideas claras a ese respecto. En otras palabras, se¬rá responsabilidad nuestra mostrar que lo que tene¬mos en cada una de las Bienaventuranzas no es una descripción de un temperamento natural, sino más bien una disposición que la gracia produce.
Tomemos esa persona que por naturaleza pare¬ce ser tan buen cristiano. Si se trata en realidad de una condición o estado que armoniza con las Bie¬naventuranzas, me parece que es falso, porque es al¬go de temperamento natural. Ahora bien nadie de¬cide cuál va a ser su temperamento, aunque hasta cierto punto lo gobierne. Algunos de nosotros na¬cemos agresivos, otros pacíficos; algunos son des¬piertos y fogosos, otros tranquilos. Somos como so¬mos, y esas personas tan buenas que se suelen ex¬hibir como argumento en contra de la fe evangélica no son en modo alguno responsables por ser como son. La explicación de lo que son es biológica; na¬da tiene que ver con la vida espiritual ni con la re¬lación del hombre con Dios. Es algo puramente ani¬mal y físico. Así como las personas difieren en cuanto al aspecto físico, así también difieren en tem¬peramento; y si esto es lo que determina que una persona sea cristiana o no, afirmo que es completa¬mente falso.
Pero, a Dios gracias, esto no es así. Cualquie¬ra de nosotros, todos nosotros, sea como fuere que seamos por nacimiento y naturaleza, como cristia¬nos tenemos que ser así. Esta es la gloria funda¬mental del evangelio. Puede tomar al hombre más orgulloso por naturaleza y hacerlo pobre en espíri¬tu. Hay ejemplos maravillosos de esto. Diría que nunca hubo hombre más orgulloso por naturaleza que Juan Wesley; pero llegó a ser pobre en espíri¬tu. No; no tratamos de disposiciones naturales ni de algo físico y animal, ni de lo que parece ser ca¬rácter cristiano. Espero saber demostrarles esto cuando lleguemos al análisis de estas cosas, y creo que pronto verán la diferencia esencial que existe entre ellas. Se trata de características y disposicio¬nes que son el resultado de la gracia, el producto del Espíritu Santo, y por tanto posibles para todos. Abarcan todos los estados y disposiciones natura¬les. Estamos, y creo que todos estarán de acuerdo con ello, ante un principio vital y esencial, de modo que al analizar estas descripciones individuales, no sólo no debemos confundirlas con temperamentos naturales, sino que debemos tener al mismo tiempo sumo cuidado en no definirlas en términos así. Siem¬pre debemos distinguir en una forma espiritual, y basados en la enseñanza del Nuevo Testamento.
Veamos ahora el siguiente principio. Estas des¬cripciones, según creo, indican con claridad (quizá con más claridad que cualquier otra cosa en el ám¬bito de todo de la Escritura) la diferencia esencial y completa entre el cristiano y el no cristiano. Esto es lo que debería realmente preocuparnos; y esta es la razón por la que digo que es tan impor¬tante estudiar el Sermón del Monte. No se trata de una simple descripción de lo que el hombre hace; lo básico es la diferencia entre el cristiano y el no cris¬tiano. El Nuevo Testamento considera esto como al¬go absolutamente básico y fundamental; y, según veo las cosas en estos tiempos, la necesidad primor¬dial de la Iglesia es una comprensión clara de esta diferencia esencial. Se ha ido oscureciendo; el mun¬do ha entrado en la Iglesia y la Iglesia se ha vuelto mundana. La línea divisoria no se ve tan clara co¬mo antes. Hubo épocas en que la distinción era patente, y esas han sido siempre las eras más glorio¬sas en la historia de la Iglesia. Conocemos, sin em¬bargo, los argumentos que se han alegado. Se nos ha dicho que tenemos que hacer a la Iglesia atrac¬tiva para el no cristiano, y la idea consiste en ase¬mejarse lo más posible a él. Durante la primera guerra mundial hubo capellanes muy populares, que se mezclaban con los soldados, fumaban con ellos, y hacían muchas cosas que sus hombres hacían para animarlos. Algunos pensaban que, como consecuencia de ello, una vez que la guerra terminara, los excom¬batientes llenarían las iglesias. Pero no sucedió así, y nunca ha sido este el resultado. La gloria del evangelio es que cuando la Iglesia es completamen¬te distinta del mundo, nunca deja de atraerlo. En¬tonces hace que el mundo escuche su mensaje, si bien al comienzo quizá lo odie. Así llegan los avivamientos. Lo mismo debe ocurrir en el caso nues¬tro como individuos. No debería ser nuestra ambi¬ción parecemos lo más posible a los demás, aunque seamos cristianos, sino ser lo más distintos posible de todo el que no es cristiano. Nuestra ambición debería ser asemejarnos a Cristo, cuanto más me¬jor, y cuanto más nos asemejemos a El, tanto me¬nos parecidos seremos a los no cristianos.
Permítanme explicarles esto en detalle. El cris¬tiano y el no cristiano son absolutamente diferentes en lo que admiran. El cristiano admira al que es ‘pobre en espíritu,’ en tanto que los filósofos grie¬gos tenían en menos a tal persona, y todos los que siguen la filosofía griega, ya sea intelectualmente, ya en la práctica, siguen haciendo exactamente lo mismo. Lo que el mundo dice acerca del verdadero cristiano es que es un pusilánime, poco hombre. Es¬to es lo que dicen. El mundo cree en la confianza en sí mismo, en seguir los instintos, en dominar la vida el cristiano cree en ser ‘pobre en espíritu.’ pasemos los periódicos para ver la clase de persona que el mundo admira. Nunca encontraremos nada que se parezca menos a las Bienaventuranzas que lo que atrae al hombre natural y de mundo. Lo que despierta su admiración es la antítesis misma de lo que encontramos en este Sermón. Al hombre natu¬ral le gusta la ostentación, cuando esto es precisa¬mente lo que las Bienaventuranzas condenan.
Luego también, como es lógico, difieren en lo que buscan. ‘Bienaventurados los que tienen ham¬bre y sed.’ ¿De qué? ¿De dinero, riqueza, posición, social, publicidad? De ningún modo. ‘De justicia.’ Y justicia es ser justo delante de Dios. Tomemos a un hombre cualquiera que no se considere cristia¬no y que no se interese por el cristianismo. Averi¬güemos lo que busca y desea, y veremos que siem¬pre es diferente de esto.
Luego, desde luego, difieren por completo en lo que hacen. Esto es una consecuencia necesaria. Si admiran y buscan cosas diferentes, sin duda que ha¬cen cosas diferentes. La consecuencia es que la vi¬da que el cristiano viva debe ser esencialmente di¬ferente de la que vive el no cristiano. El no cris¬tiano es absolutamente consecuente consigo mismo. Dice que vive para este mundo. ‘Este,’ dice, ‘es el único mundo, ,y voy a sacarle todo el provecho que pueda.’ El cristiano, en cambio, comienza por decir que no vive para este mundo; considera a este mun¬do sólo como camino de paso para entrar en algo eterno y glorioso. Toda su perspectiva y ambición son diferentes. Siente, por lo tanto, que debe vivir de un modo diferente. Así como el hombre munda¬no es consecuente consigo mismo, así también el cristiano debería serlo. Si lo es, será muy diferen¬te del otro hombre; no puede sino ser así. Pedro lo dice muy bien en el capítulo segundo de su primera Carta cuando afirma que si creemos de verdad que hemos sido llamados ‘de las tinieblas a su luz admi¬rable’, debemos creer que esto nos ha sucedido a fin de que podamos alabarlo con nuestra vida. Y afir¬ma luego: ‘Os ruego como a extranjeros y peregri¬nos (los que están en este mundo), que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma, manteniendo buena vuestra manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que murmuran de voso¬tros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación, al considerar vuestras buenas obras’ (1 P. 2:11,12). No hace más que recurrir a su sentido de la lógica.
Otra diferencia esencial entre los hombres es¬triba en lo que creen que pueden hacer. El hombre mundano confía mucho en su propia capacidad y es¬tá listo a hacer cualquier cosa. El cristiano es un hombre, el único hombre en el mundo, que está ver¬daderamente consciente de sus limitaciones.
Espero ocuparme de estas cosas en detalle en capítulos posteriores, pero éstas son algunas de las diferencias esenciales, obvias, patentes que existen entre el cristiano y el no cristiano. Nada hay, des¬de luego, que nos exhorte más que el Sermón del Monte a ser lo que debemos ser, y a vivir como de¬bemos vivir; ser como Cristo, presentando un con¬traste total con respecto a todos los que no pertene¬cen a Cristo. Confío, sin embargo, en que aquel que haya sido culpable de tratar de ser como los hombres del mundo en algún aspecto ya no seguirá hacién¬dolo y comprenderá que implica una contradicción completa de nuestra fe.
Quizá pueda resumirlo todo del siguiente modo. La verdad es que el cristiano y el no cristiano per¬tenecen a dos reinos completamente diferentes. Ha¬brán notado que la primera y la última Bienaventu¬ranzas prometen la misma recompensa, ‘porque de ellos es el reino de los cielos.’ ¿Qué significa esto? Nuestro Señor comienza y concluye así porque es su manera de decir que lo primero que hay que te¬ner en cuenta respecto a nosotros es que per¬tenecemos a un reino diferente. No sólo somos di¬ferentes en esencia; vivimos en dos mundos absolu¬tamente diferentes. Estamos en este mundo; pero no somos de él. Estamos en medio de esa otra gen¬te, desde luego; pero somos ciudadanos de otro rei¬no. Esto es el elemento vital que se pone de relie¬ve en todas las fases de este pasaje.
¿Qué quiere decir este reino de los cielos? Hay algunos que dicen que no es lo mismo el ‘reino de los cielos’ y el ‘reino de Dios;’ pero a mí me resulta di¬fícil descubrir esa diferencia. ¿Por qué Mateo ha¬bla del reino de los cielos más que del reino de Dios? Sin duda que la respuesta es que escribió sobre todo para los judíos y a los judíos, y su objetivo princi¬pal, quizá, fue corregir el concepto judío del reino de Dios o del reino de los cielos. Tenían una idea ma¬terialista del reino; lo concebían en un sentido mi¬litar y político, y el objetivo principal de nuestro Señor en este caso es mostrar que su reino es primordialmente espiritual. En otras palabras les di¬ce, ‘No deben pensar en este reino como en algo te¬rrenal. Es un reino en los cielos, el cual sin duda afectará a la tierra de muchos modos, aunque es esencialmente espiritual. Pertenece a la esfera ce¬lestial y no a la terrenal y humana.’ ¿En qué con¬siste este reino, pues? Significa, en esencia, el go¬bierno de Cristo o la esfera o reino en el que El rei¬na. Se puede considerar de tres modos. Muchas veces mientras vivió en este mundo nuestro Señor dijo que el reino de los cielos era algo ya presente. Dondequiera que El se hallara presente y ejerciendo funciones de mando, allá estaba el reino de los cie¬los. Recordarán cómo en una ocasión, cuando lo acusaron de arrojar demonios en nombre de Belcebú, hizo ver lo necio que resultaba afirmar semejante co¬sa, y afirmó luego, ‘Si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino.’ (Mt. 12:28). Ahí está el reino de Dios. Su autoridad, su reinado eran ya una rea¬lidad. Luego está la expresión que dijo a los fari¬seos, ‘el reino de Dios está dentro de vosotros’, o ‘el reino de Dios está en medio de vosotros’. Fue co¬mo si les dijera, ‘se está manifestando en medio vuestro.’ No digáis “vedlo aquí” o “vedlo allá.” De¬jad de una vez esta idea materialista. Yo estoy aquí en medio de vosotros; estoy actuando; está aquí.’ Dondequiera que se manifieste el reinado de Cristo ahí está el reino de Dios. Y cuando envió a sus discípulos a predicar, les dijo que proclamaran a las ciudades que no los recibieran, ‘Decidles: Se ha acercado a vosotros el reino de Dios.’
Quiero decir esto; pero también quiere decir que el reino de Dios está presente en este momen¬to en todos los verdaderos creyentes. La Iglesia Católica ha solido identificar este reino con la Igle¬sia, pero esto no es así, porque la Iglesia contiene a una multitud mixta. El reino de Dios está sólo pre¬sente en la Iglesia en los corazones de los verdade¬ros creyentes, en los corazones de los que se han rendido a Cristo y en quienes y en medio de quienes reina. Recordarán cómo dice esto el apóstol Pablo en una forma que recuerda a la de Pedro. Al escri¬bir a los Colosenses da gracias al Padre ‘el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasla¬dado al reino de su amado Hijo’ (Col. 1:13). El ‘rei¬no de su amado Hijo, es el ‘reino de Dios,’ es el ‘rei¬no de los cielos,’ es este reino nuevo al que hemos en¬trado. O, como dice en la carta a los Filipenses, ‘nuestra ciudadanía está en los cielos.’ Estamos aquí en la tierra, obedecemos a poderes terrenales, vivimos así. Desde luego; pero ‘nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador’ (Fil. 3:20). Los que reconocemos a Cris¬to como Señor, aquellos en cuyas vidas El reina y gobierna en este momento, estamos en el reino de los cielos y el reino de los cielos está en nosotros. Hemos sido trasladados al ‘reino de su amado Hijo;’ nos hemos convertido en un ‘real sacerdocio.’
La tercera y última manera de considerar el rei¬no es ésta. En un sentido todavía ha de venir. Ha venido; viene; vendrá. Estaba presente cuando Cris¬to ejercía autoridad: está en nosotros en este mo¬mento; y sin embargo todavía ha de venir. Vendrá cuando este gobierno y reino de Cristo quede esta¬blecido en el mundo entero incluso en un sentido fí¬sico y material.
Llegará el día en que los reinos de este mundo se convertirán en ios reinos de nuestro Señor, y de su Cristo.’ Entonces habrá llegado, en una forma completa y total, y todo estará bajo su dominio y po¬der. El mal y Satanás desaparecerán; habrá ‘cielos nuevos y nueva tierra, en los cuales mora la justi¬cia’ (2 P. 3:13), y entonces el reino de los cielos ha¬brá llegado en esa forma material. Lo espiritual y lo material vendrán a ser una misma cosa en un sen¬tido, y todo quedará sujeto a su poder, de modo que ‘en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre’ (Fil. 2:10,11).
Esta es, pues, la descripción general que se da del cristiano en las Bienaventuranzas. ¿Ven cuan esencialmente diferente es del no cristiano? Las preguntas vitales que nos planteamos son, pues, és¬tas. ¿Pertenecemos a este reino? ¿Nos gobierna Cristo? ¿Es El nuestro Rey y Señor? ¿Manifestamos tales cualidades en la vida diaria? ¿Anhelamos que sea así? ¿Comprendemos que debemos ser así? ¿Somos realmente bienaventurados? ¿Somos felices? ¿Hemos sido llenados? ¿Tenemos paz? Pregunto, al contemplar esta descripción general, ¿cómo vemos que somos? Sólo el que es así es verdaderamente feliz, verdaderamente bienaventurado. Es un proble¬ma simple. Mi reacción inmediata a estas Biena¬venturanzas indica exactamente lo que soy. Si me parece que son difíciles y duras, si me parece que son demasiado rigurosas y que describen un tipo de vida que me desagrada, temo que esto signifique simplemente que no soy cristiano. Si no deseo ser así, debo estar ‘muerto en transgresiones y pecados,’ no he recibido nunca la vida nueva. Pero si siento que soy indigno y con todo deseo ser así, bien, por muy indigno que sea, si este es mi deseo y ambición, debe haber una vida nueva en mí, debo ser hijo de Dios, debo ser ciudadano del reino de los cielos y del amado Hijo de Dios.
Que cada uno se examine.

 

~ por Arq. Adolfo Becerril S. en septiembre 6, 2008.

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