06-BET_EL – LA PROMESA DE JACOB – Hugo Bouter

LA PROMESA DE JACOB
Génesis 28

Si estuviere Dios conmigo
Los últimos versículos de este capítulo nos muestran una segunda reacción del patriarca hacia la revelación de Dios en Betel. Jacob no mostró ningún tipo de apreciación de la gracia plena con que Dios se le reveló desde el cielo. En seguida quiso hacer algo en señal de pago, bajo la condición de que Dios le guardara: «Allí hizo voto Jacob, diciendo: Si va Dios conmigo y me guarda en este viaje en que estoy, si me da pan para comer y vestido para vestir y si vuelvo en paz a casa de mi padre, Jehová será mi Dios. Y esta piedra que he puesto por señal será casa de Dios; y de todo lo que me des, el diezmo apartaré para ti» -vv. 20-22.


Parece ser que el privilegio de la revelación de Dios no fue comprendido por Jacob. La gracia de Dios le pareció demasiado elevada para él, y no gustándole permanecer sobre esa base, prefirió irse de la presencia de Dios. La casa de Dios no era para él sino un terrible lugar que le incomodaba -v.17.
Lástima que diera esta respuesta a la gracia de Dios. Dios no se la reprochó de ningún modo. Su gracia gratuita sólo podía darle una promesa de bendición, bajo cuatro formas. ¿Por qué, entonces, no sintió nada Jacob al respecto? ¿Fue porque reflexionó sobre sí mismo y tuvo que reconocer que no era digno de las exigencias de la santa presencia de Dios? ¿O era porque su conciencia le hablaba cada vez más claro?
La bondad de Dios debió hacer que se arrepintiera -Rom. 2:4. La gracia de Dios debió haberle llamado al juicio. Él debería haber confesado sus malas acciones y confiar en la gracia infinita de Dios, pero no hizo nada en absoluto. Jacob prefirió tomar la iniciativa solo e hizo un pacto con Dios, llegando a una promesa. Abandonó las bases de la gracia a las que Dios le había conducido y se inclinó por otras más legalistas, escogiendo los principios de las obras de la ley como base de su relación con Dios.
Tres ejemplos de legalismo
No pensemos que Jacob fue el único que actuó de esta manera. La suya fue una reacción muy típica. La historia se repite con frecuencia, y quizás lo veremos claro explicando otros tres ejemplos sacados de las Escrituras:
1. El pueblo de Israel en el Monte Sinaí, donde siguieron el ejemplo de su antepasado Jacob. Mientras no llegaron al monte, su historia fue caracterizada por la gracia, pese aun a los pecados que cometieron. Cuando murmuraron, no acarrearon juicio sobre ellos, como en el caso en el libro de los Números, sino que sirvió sólo para que las fuentes de la bondad de Dios brotaran para ellos. En este monte también, Dios se los encontró presentándoles Sus promesas de bendición. Les habló de la privilegiada relación que iban a tener con Él, ya que iban a ser un reino de sacerdotes y una nación santa. Sin embargo, se confiaron tanto en sus propias fuerzas, que contestaron: «Haremos todo lo que Jehová ha dicho» -Éx. 19:8. Este entusiasmo los desvió de la atención a la bondad de Dios, hacia sus propios valores.
2. El hijo pródigo que quiso convertirse en siervo. Cuando llegó al país alejado, decidió volver con su padre y decirle: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros» -Lucas 15:18-19. Quiso convertirse en un esclavo a fin de pagar de algún modo sus grandes deudas. Por suerte, su padre no aceptó que hiciera tal cosa. Evitó que tales palabras salieran de su boca e ignoró todo pensamiento de esclavitud.
El mismo espíritu de servidumbre puede observarse en el hijo mayor. Éste reprendió a su padre y le dijo: «Tantos años hace que te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás» -Lucas 15:29. La palabra que usó por servir significa «servir como esclavo». Nunca entendió los privilegios de la gracia, como podían serlo la presencia de su padre y la satisfacción de ser hijo suyo.
3. Los cristianos en Galacia que desearon caminar bajo la ley. Al principio, aceptaron el evangelio de la gracia de Dios, pero luego se volvieron al yugo judío de esclavitud, y aunque recibieron la posición de hijos se comportaron como esclavos. ¡Qué deterioro más grave! Para citar a Pablo: «De Cristo os desligasteis… de la gracia habéis caído» -Gál. 5:4. En efecto, fue una profunda caída, desde las alturas de la libertad cristiana hasta los abismos de una servidumbre bajo elementos mundanos.
¡Cuán terrible es este lugar!
Jacob experimentó el mismo suceso. Según su opinión, la casa de Dios no era un lugar agradable, pues la puerta del cielo sólo podía aterrorizarle -v.17. Se inclinó por los principios de la ley antes que disfrutar de los privilegios y deberes de la gracia, aplazando así su comunión práctica con Dios para el futuro. Serviría a Jehová en Su casa sólo después de que Él le hubiera guardado y bendecido en todos sus caminos -vv.20-22.
¿No razonamos nosotros de la misma manera? ¿No es verdad que ponemos nuestras condiciones delante de Dios con intención de servirle, igual que lo hizo aquí Jacob? Pero éste no es el lenguaje de la gracia. Si pensamos así es porque conocemos muy poco al Dios de Betel, quien quiere ofrecernos Sus bendiciones de balde, ya que la gracia es sin condiciones, y ser conscientes de ella no puede hacernos más que felices. Los principios de la gracia son que sirvamos a Dios como hijos Suyos amados, porque suspiramos estar en Su presencia y deseamos satisfacerle en todo.
Entonces, no hay razón para temer Su presencia, porque nos hemos acercado a Él por la sangre de Cristo. Para estar seguros, no es algo natural estar en la luz de la presencia de Dios, ya que como pecadores éramos totalmente indignos de permanecer ante Él. Pero como santos e hijos, Dios nos ha aceptado en el amado -Efe. 1:4-6. De esta manera, le hemos conocido como nuestro Dios y Padre de gracia que se ha revelado a nosotros para otorgarnos un lugar cerca de Él.
El Dios de Betel no es un Dios de exigencias. Él se ha revelado en Cristo, la Cabeza de una generación nueva, y nos mira con gracia. Para la carne, no obstante, es algo terrible estar en la presencia de Dios. Los designios carnales son enemistad contra Dios y no pueden satisfacerle -Rom. 8:7,8. La carne hace lo que le parece y nos aparta de Él. En esta etapa de la vida de Jacob, parece que no se había dado cuenta de ello. Siguió su camino confiando en sus propias capacidades. Sólo cuando llegó a Peniel se dio cuenta de que no debía esperar nada bueno de la carne, y sí de depender exclusivamente de la gracia de Dios.
En Juan 6:63 leemos que la carne no aprovecha nada. El Espíritu es el que nos da vida y el que nos capacita para servir a Dios. Entonces, debemos aprender a juzgar la carne y a identificarnos por la fe con el Cristo resucitado de entre los muertos. Ésta es la lección en Peniel, y la condición necesaria para disfrutar de las bendiciones de Betel. Por consiguiente, conoceremos cómo somos en realidad y también al Dios de toda gracia. Ya no confiaremos en nuestra propia fortaleza, antes bien, daremos gracias a Dios por todo lo que ha realizado a través de Cristo Jesús, nuestro Señor. Tampoco temeremos la presencia de Dios, sino que nos aceptará como hijos felices delante de Él.

~ por Arq. Adolfo Becerril S. en septiembre 1, 2008.

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