EL ORDEN DE DIOS – ¿Quién debe dirigir a la congregación? – B. Antey

«¿Quién debe dirigir a la congregación?»

Alguien podría preguntar: «Si debemos acudir juntos para reuniones como las sugeridas en el capítulo anterior, ¿quién dirigiría esas reuniones?»

Reunirse como cristianos siguiendo el orden de Dios dado en las Escrituras demandará fe.

Esto no debería sorprendernos a los cristianos, porque cada paso tomado en nuestro camino debería ser de fe. En todo caso, si realmente hemos creído que el Señor está en medio tal como Él lo ha prometido, dejaremos que Él guíe y dirija por el Espíritu.

Cuando Cristo ascendió al cielo, Él envió al Espíritu Santo al mundo para que habite en la iglesia (Jn. 7:39; Hch. 2:1-33). Los principales propósitos del Espíritu son: Exaltar a Cristo; unir a los miembros del cuerpo de Cristo sobre la tierra a la Cabeza en el cielo mediante Su presencia morando en ellos, y guiar a la iglesia en todas las cosas, tanto si se trata de la adoración (Fil. 3:3), de la oración (Ef. 6:18; Jud. 20; Hch. 4:31), del ministerio (Jn. 14:26; 16:13-15; 1 Co. 12:11), o del evangelismo (Hch. 8:29; 13:1-4; 16:6-7).

¡Desde el momento en que el Espíritu de Dios fue enviado al mundo, buscamos en vano en el Nuevo Testamento para encontrar ningún gobierno de la iglesia excepto la conducción soberana del Espíritu Santo! Él es quien debe dirigir las reuniones de la iglesia.

Todos los grupos eclesiales afirmarán que reconocen la presencia del Espíritu, pero la prueba de si realmente creemos en el poder y en la presencia del Espíritu se verá en si le permitimos que Él dirija en las reuniones de la iglesia.

Lo que la Escritura nos pide es que haya fe en la presencia del Espíritu, una fe que se demuestre al reconocer Su derecho de emplear a quien Él quiera para hablar en las reuniones. Si fue por el poder del Espíritu que Dios hizo el mundo y todo lo que hay en él (Job 26:13; 33:4; Gn. 1:2), ¡entonces es cosa cierta que Él puede guiar a unos pocos cristianos reunidos para el culto y el ministerio! Con alguien tan grande y tan competente como esta divina Persona presente en medio de los santos reunidos, no nos es necesario designar a una persona que haga Su trabajo, por muy dotada que sea tal persona. C. H. Mackintosh dijo: «Si Cristo está en medio de nosotros (Mt. 18:20), ¿por qué razón deberíamos establecer un presidente humano? ¿Por qué no darle a Él el puesto que le corresponde por derecho y dejar que el Espíritu de Dios conduzca y guíe en el culto y en el ministerio? No hay necesidad de autoridad humana.»

A pesar de todo, las denominaciones han establecido un hombre (como «Pastor» o «Ministro») para dirigir el culto. En cambio, en la Biblia no encontramos que Dios establezca un pastor o un ministro para dirigir el culto y el ministerio en la iglesia.

En palabras de W. T. P. Wolston: «En la Cristiandad hay el concepto de que un pastor es un hombre que dirige una congregación. Esta idea está en las cabezas de la gente, pero no en la Escritura.» Si no es el orden de Dios, entonces es evidente que debe tratarse de un invento humano. La designación en la asamblea de un hombre que «administre» la Cena del Señor es en verdad un error monstruoso, porque en la Escritura ni siquiera se insinúa algo así como un hombre (ni siquiera un apóstol) designado para tal cosa. La Escritura
dice simplemente: «… estando reunidos los discípulos para partir el pan …» (Hch. 20:7).

Esta disposición humana está tan extendida en la Cristiandad que se puede observar desde San Pedro en Roma hasta la más pequeña capilla evangélica. En lugar de creyentes reunidos para el culto y el ministerio sólo en el Nombre del Señor, esperando en la conducción del Espíritu para que les guíe, apenas si se puede encontrar una reunión de oración sin alguien (un líder de oración) designado para presidirla. ¡Qué es esto, sino el hombre usurpando el puesto del Espíritu Santo, el triste fruto de la incredulidad en Su presencia personal en medio de los santos! La designación de un hombre, por dotado que sea, para dirigir y presidir las reuniones de la asamblea, es una negación práctica de la presencia y del poder del Espíritu Santo. En realidad es incredulidad en la competencia del Espíritu Santo para dirigir las reuniones.

¡Qué triste que una interferencia humana de tal calibre haya echado a un lado la sencillez del orden divino! Quiera el Señor librar a Su pueblo de tal sistema de cosas, tan contrario a Su mente.

~ por Arq. Adolfo Becerril S. en julio 5, 2008.

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