06-HISTORIA DEL ANTIGUO TESTAMENTO – La ocupación de Canaán – 6/52

La ocupación de Canaán

El día tan largamente esperado llegó al fin. Con la muerte de Moisés, Josué fue comisionado para conducir la nación de Israel a la conquista de Palestina. Habían transcurrido siglos desde que los patriarcas habían recibido la promesa de que sus descendientes heredarían la tierra de Canaán. Mientras tanto y en ese interregno, cada generación sucesiva del pueblo palestino había estado influenciado por varios otros pueblos procedentes del Creciente Fértil. Motivados por intereses económicos y militares, atravesaron Canaán de vez en cuando.

Memorias de Canaán

En el apogeo de los éxitos militares, la poderosa XII Dinastía (2000-1780 a. C.) extendió espasmódicamente el control egipcio a través de Palestina incluso hasta llegar tan al norte como el Eufrates. En las subsiguientes décadas, Egipto no solo declinó en su poderío, sino que fue ocupado por los poderosos hicsos, que gobernaron desde Avaris, en el Delta. Poco antes de 1550 a. C. el gobierno de los hicsos, como invasores e intrusos, había terminado en la tierra del Nilo.

El reino hitita tuvo sus principios en Asia Menor al comenzar el siglo XIX a. C. Referidos en el Antiguo Testamento como los “hijos de Het” los hititas se mencionan frecuentemente como ocupantes de Canaán. Allá por el 1600 su poder se había incrementado tanto en el Asia Menor que llegaron a extender sus dominios hasta Siria & incluso destruyeron Babilonia sobre el Eufrates por el 1550 a. C. Dentro de la siguiente centuria la expansión hitita fue detenida por dos reinos que entonces surgieron.

Por el tiempo en que los hicsos invadieron Egipto y Babilonia, se hallaba floreciendo bajo la I Dinastía, ejemplarmente representada por Hamurabi, el nuevo reino de Mitanni que emergió en las altas tierras de Media. Este pueblo indoario estaba compuesto de dos grupos: la clase común, conocida por los hurríanos, y la nobleza, o clase gobernante, llamada arianos. Procedente del territorio al este de Harán, esas gentes de Mitanni continua­mente extendieron su reino hacia el oeste de tal forma que en 1500 a. C. alcanzaron el mar Mediterráneo. El principal deporte del pueblo ario o ariano, era el de las carreras de caballos. Se han descubierto tratados escritos sobre la cría y el entrenamiento de los caballos, a principios del presente siglo en Boghazkóy donde habían estado preservados por los hititas que conquistaron al pueblo mitanni. Por el 1500 a. C., el poder mitanni detuvo el avance de los heteos por casi un siglo.

Los egipcios enviaron frecuentemente sus ejércitos a través de Canaán para desafiar el poder mitanni. Tutmosis III llevó a cabo diez y siete o diez y ocho campañas en la región de Siria y más allá todavía. Durante los pri­meros intentos hacia la conquista asiática, una confederación siria, apoyada por el rey de Cades (localizado en el río Orontes) resistió el avance egipcio. Muy verosímilmente la tierra de Siria una tierra de prósperas ciudades, fértiles llanuras rica en minerales y otros recursos naturales, y con vitales rutas de comercio, que unían los florecientes valles del Nilo y el Eufrates había permanecido bajo la hegemonía mitanni. Tras de la derrota de los sirios en Meguido, el poder de Egipto se extendió hasta Siria. Por un cierto tiempo los mitanni parecían apoyar a Cades como un Estado‑tapón, pero eventualmente, Tutmosis marchó con sus ejércitos a través del Eufrates y temporalmente acabó con el dominio mitanni en, Siria. Cuando murió Tutmosis, virtualmente toda Siria se hallaba bajo el gobierno de Egipto.

La fricción continuó entre el poder egipcio y el mitanni durante los reinos de Amenofis II (1450‑1425) y Tutmosis IV (1425‑1417), por lo que Siria vaciló en su fidelidad y acatamiento. Aunque Saussatar, rey de Mitanni, extendió su poder hacia el este llegando hasta Asur y más allá del río Tigris, su hijo Artatama parece que fue frenado a causa del poder hitita. Esta amenaza parece que fue la causa de que Artatama I hiciese un convenio de paz con Tutmosis IV. Bajo los términos de esta política, las princesas mitanias se casaron con los faraones durante tres reinados sucesivos. Por aquel tiempo, Damasco se hallaba bajo administración egipcia. Las cartas de Amarna (ca. 1400 a C.) reflejan las condiciones en Siria, indicando que las relaciones diplomáticas y fraternales existían entre las familias reales de Mitanni y Egipto.

El poder hitita pronto se incrementó y desafió este control mitanni­egipcio del Creciente Fértil. Bajo el reinado del rey Suppiluliune (1380­1346) los hititas cruzaron el Eufrates hasta Wasshugani, reduciendo Mitanni a la situación de un Estado‑tapón entre el reino hitlta y el creciente imperio asirio en el valle del Tigris. Este, por supuesto, eliminó a Mitanni como factor político en Palestina. Aunque el reino Mitanni estaba completamente absorbido por los asirios (1250 a. C.), los hurrianos, conocidos como horeos en el Antiguo Testamento, se hallaban en Canaán cuando entraron los israelitas. Posiblemente los heveos eran también de origen mitanni. Con la eliminación de la amenaza mitanni, los hititas dirigieron sus intenciones hacia el sur. Por casi un siglo, los hititas desde su capital en Boghazköy y los egipcios rivalizaron por el control de la vacilante frontera de Siria. Durante este período, Cades se convirtió en el centro de un reino amorreo revivido. Muy verosímilmente adoptaron una politica de acomodación manteniendo amistad con el más poderoso.

Cuando Ramsés II (1304‑1237) llegó al trono, los egipcios renovaron sus esfuerzos para eliminar los hititas de la Palestina del norte con objeto de recobrar sus posesiones asiáticas. Mutwatallis, el rey hitita, se atrincheró firmemente en la ciudad de Cedes y ayudado por ejércitos procedentes de ciudades de Siria, al igual que de Carquemis, Ugarit y otras ciudades de la zona. Ramsés extendió su frontera hasta Beirut a expensas de los fenicios y después marchó por el Orontes hacia Cedes, enfrentándose un enemigo que tenía comprometido a los egipcios en una situación de guerra desde hacía ya dos décadas. Esta batalla de Cedes en el año 1286 a. C. estuvo lejos de ser decisiva para los egipcios. Tras otras numerosas conquistas de ciudades en Canaáa y en Siria, Ramsés II y Hattusilis, el rey hitita, concluyeron un tratado en 1280 a. C., un prominente pacto de no agresión en la historia. Copias de este famoso acuerdo han sido halladas en Babilonia, Boghazköy y en Egipto. Aunque no se mencionan fronteras en el tratado, es muy posible que el estado amorreo formase una influencia neutralizadora entre los egipcios y los hititas.

En los días de Merneptah, unos invasores procedente del norte, cono­cidos como los arios, destruyeron el imperio hitita y debilitaron el amorreo, destruyendo Cedes y otras plazas fuertes. Aunque el imperio hitita se desin­tegró, este pueblo es frecuentemente mencionado en el Antiguo Testamento. Ramsés III rechazó a estos invasores procedentes del norte, en una gran batalla por tierra y mar y una vez su poder menguado, unificó la Palestina bajo control egipcio. Tras Ramsés III, declinó también el poder egipcio, permitiendo la infiltración de los arameos en el área de Siria, que llegó a ser una poderosa nación, aproximadamente dos siglos más tarde.

El pueblo de Canaán no estaba organizado en fuertes unidades políticas. Los factores geográficos, al igual que la presión de las naciones vecinas que la rodeaban, del Creciente Fértil, y que utilizaban a Canaán como un Estado‑tapón, cuenta mucho para el hecho de que los cananeos nunca formaron un imperio fuertemente unido. Numerosas ciudades‑estado, controlaban tanto territorio local como les era posible, con la ciudad bien fortificada para resistir un posible ataque del enemigo. Cuando los ejércitos marcharon sobre Canaán, estas ciudades con frecuencia impedían el ataque mediante el pago de un tributo. No obstante, cuando el pueblo llegó para ocupar la tierra, como Israel hizo mandada por Josué, tales ciudades for­maron ligas y se unieron oponiéndose al invasor. Esto se halla, por cierto, bien ilustrado en el libro de Josué.

La localización de Palestina en el Creciente Fértil y la configuración geográfica de la tierra en sí misma, con frecuencia afectó a su desarrollo político y cultural. Sobre las llanuras aluviales del Tigris y el Eufrates, lo mismo que en el valle del Nilo, numerosas diminutas ciudades‑reinos, y pequeños principados o distritos, estuvieron más de una vez unidos en una gran nación. Esto no se llevó a cabo fácilmente en Siria‑Palestina, ya que la topografía era opuesta a la fusión. Como resultado, Canaán, se hallaba en una posición debilitada, puesto que ninguna de sus ciudades‑reinos era igual en fuerza para las fuerzas invasoras que venían procedentes de los reinos más poderosos establecidos a lo largo del Nilo o del Eufrates. Al propio tiempo, Canaán era el precio codiciado de esas naciones más fuertes. Hallán­dose situada entre dos grandes centros de civilización, Canaán con sus fér­tiles valles estaba frecuentemente sujeta a la invasión de fuerzas más poderosas. Reyezuelos no lo bastante fuertes para hacer frente a una invasión enemiga, encontraban la solución al expediente, momentáneamente, al humillarse y pagar un tributo a grandes reinos como el de Egipto. Con frecuencia, sin embargo, cuando el invasor se retiraba, los “regalos” terminaban. Aunque aquellas ciudades‑reinos eran fácilmente conquistadas, resultaba difícil para los vencedores el retenerlas como posesiones permanentes.

La religión de Cancán era politeísta. El, era considerado como la principal entre las deidades cananeas. Parecido a un toro en una manada de vacas, el pueblo se refería a él como “el padre toro” y lo consideraban como su creador. Asera era la esposa de El. En los días de Elías, Jezabel patrocinó a cuatrocientos profetas de Asera (I Reyes 18:19). El rey Mana­sés colocó su imagen en el templo (II Reyes 21:7). Como jefe principal en­tre setenta dioses y diosas que eran considerados como vástagos de El y Asera, estaba Hadad, más comúnmente conocido como Baal, que significaba “señor”. Reinaba como rey de los dioses y controlaba el cielo y la tierra. Como dios de la lluvia y de la tormenta, era responsable de la vegeta­ción y la fertilidad. Anat, la diosa que amaba la guerra, era hermana, y al propio tiempo su esposa. En el siglo IX, Astarté, diosa de la estrella de la mañana, era adorada como su esposa. Mot, el dios de la muerte, era el jefe enemigo de Baal. Yom, el dios del mar, fue derrotado por Baal. Esos y muchos otros forman la introducción del Panteón cananeo.

Puesto que los dioses de los cananeos no tenían carácter moral, no es de sorprender que la moralidad del pueblo fuese extremadamente baja. La brutalidad y la inmoralidad en las historias y relatos respecto de tales dioses es con mucho, la peor de cualquier otra hallada en el Cercano Oriente. Puesto que todo ello se reflejaba en la sociedad cananea, los cananeos, en los días de Josué, practicaban el sacrificio de los niños, la prostitución sagrada, y el culto de la serpiente en, sus ritos y ceremonias con la religión. Naturalmente, su civilización degeneró bajo tan desmoralizadora influencia.

Las Escrituras atestiguan esta sórdida condición por numerosas pro­hibiciones dadas como aviso a los israelitas. Esta degradante influencia religiosa era ya aparente en los días de Abraham (Gén. 15:16; 19:5). Siglos más tarde, Moisés encargó solemnemente a su pueblo el destruir a los cananeos, y no solo a castigarles por su iniquidad, sino para prevenirles de la contaminación del pueblo elegido por Dios (Lev. 18:24‑28; 20‑23; Deut. 12:31; 20:17‑18).

La era de la conquista

La experiencia y el entrenamiento habían preparado a Josué para la misión desafiante de conquistar Cancán. En Refidín condujo el ejército israelita, derrotando a Amalec (Ex. 17:8‑16). Como espía, obtuvo el conocimiento de primera mano de las condiciones existentes en Palestina (Núm. 13‑14).

Bajo la tutela de Moisés, Josué fue entrenado para el mando y la dirección de la conquista y ocupación de la tierra prometida.

Como fue el caso en el relato de la peregrinación en el desierto, el registro de la actividad de Josué está incompleto. No se hace mención de la conquista de la zona de Siquem entre monte Ebal y monte Gerizim; pero fue allí donde Josué reunió a todo Israel para escuchar la lectura de la ley de Moisés (Jos. 8:30‑35). Muy posiblemente, muchas otras zonas locales fueron conquistadas y ocupadas, aunque no sean mencionadas en el libro de Josué. Durante la vida de Josué la tierra de Cancán fue poseída por los israelitas, pero de ningún modo todos sus habitantes fueron expulsados. Así, el libro de Josué tiene que ser considerado como solo un relato parcial de la empresa emprendida por Josué.

No se declara la duración del tiempo empleado para la conquista y división de Cancán. Asumiendo que Josué tenía la edad de Caleb, los acontecimientos registrados en el libro de Josué ocurrieron en un período de veinticinco a treinta años.

Entrada en Cancán

Al asumir Josué la jefatura de Israel, se aseguró por completo del total apoyo de las fuerzas armadas de Rubén, de los gaditas y de la tribu de Manasés, quienes se habían asentado al este del Jordán en la herencia que se les había atribuido antes de la muerte de Moisés. Parece completamente razonable el asumir que la petición de apoyo, en Jos. 1:16‑18, es la respuesta de la totalidad de la nación de Israel al dictado de las órdenes de Josué para la preparación del paso sobre el río Jordán. Dos espías fueron enton­ces despachados hacia Jericó para ver la tierra. Por Rahab, quien dio cobijo a aquellos espías, se supo que los habitantes de Canaán eran conscientes del Dios de Israel y que había intervenido de una forma sobrenatural en favor de Israel. Los dos hombres volvieron asegurando a Josué y a Israel que el Señor había preparado el camino para una victoriosa conquista (Jos. 2:1‑24).

Como una visible confirmación de la promesa de Dios, de que estaría con Josué como lo había estado con Moisés, y la seguridad adicional de la victoria en Palestina, Dios procuró un milagroso paso a través del Jordán. Esto constituyó una razonable base para que todos los israelitas ejerciesen su fe en Dios (Jos. 3:7‑13). Con los sacerdotes que portaban el Arca abriendo el camino y permaneciendo en medio del Jordán, los israelitas pasaron por un terreno seco. forma las aguas se detuvieron para realizar este paso y hacerlo.

De qué posible, no se establece en el relato. Ciertos hechos declarados estar, sin embargo, mostrando su significación positiva. El lugar del paso está iden­tificado como “cerca de Jericó” que sería aproximadamente de ocho kms. al norte del mar Muerto. Las aguas se cortaron o se detuvieron en Adam, que hoy está identificada con ed‑Damieh, localizada a 32 kms. del mar Muerto o aproximadamente a 24 kms. desde donde Israel cruzó realmente. El Jordán sigue un curso de 322 kms. en la distancia de 97 kms. entre el mar de Galilea y el mar Muerto, descendiendo 183 metros. En Adam, los arrecifes de piedra caliza salpican los bancos de corriente. Tan recientemente como en el pasado 1927, parte de un arrecife de 46 mts. cayó en el Jordán, bloqueando el agua durante veintidos horas. Tanto si Dios causó que esto ocurriera o no cuando Israel pasó el río, es algo que no está claramente determinado, pero puesto que el Señor empleó medios naturales vara hacer cumplir su voluntad en otras ocasiones (Ex. 14:21), existe la posibilidad de que un terremoto pudo haber sido la causa de la obstrucción en semejante ocasión.

También fue hecha la provisión para que Israel no olvidase lo sucedido. Se elevaron dos memoriales para este propósito. Bajo la supervisión de Josué, doce grandes piedras apiladas una sobre otra, marcan el lugar donde el sacerdocio con el arca de la alianza en el medio del Jordán, permaneció de pie mientras que el pueblo marchó cruzando el río (Jos. 4:9). En Gilgal, se erigió otro memorial en formó de amontonamiento de piedras ( Jos. 4:3, 8 y 20). Doce hombres, representando a las tribus de Israel, llevaron doce piedras a Gilgal para este memorial que recordaba a las futuras generaciones la provisión milagrosa que se había hecho para los israelitas en el cruce del río Jordán. De esta forma, las acciones de Dios deberían ser recordadas por el pueblo de Israel en los años venideros.

La conquista

Acampados en Gilgal, Israel estaba realmente preparado para vivir en Canaán como la nación elegida por Dios. Durante cuarenta años, mientras que la generación incrédula había muerto en el desierto, la circuncisión como un signo de la alianza (Gén. 17:1‑27) no había sido observada. Mediante este rito, las nuevas generaciones recordaban dolorosamente la alianza y la promesa de Dios hecha para llevarles hacia la tierra que “manaba leche y miel”. La entrada en aquella tierra fue también marcada por la observancia de la Pascua y el cese de la provisión del maná. El pueblo redimido se alimentaría de entonces en adelante de los frutos de aquella tierra.

El propio Josué estaba preparado para la conquista a través de una ex­periencia similar a la que tenía Moisés cuando Dios le llamó (Ex. 3). Mediante una teofanía, Dios impartió a Josué la conciencia de que la conquista de la tierra dependía entonces no solamente de su persona; sino que estaba divinamente comisionado y dotado de los poderes precisos. Incluso aunque estaba a cargo de Israel, Josué no era sino un servidor más y sujeto al mando del ejército del Señor (Jos. 5:13‑15).

La conquista de Jericó fue una sencilla victoria. Israel no atacó la ciudad de acuerdo con las normas usuales de estrategia militar, sino simplemente siguiendo las instrucciones del Señor. Una vez por día, durante seis días, los israelitas marcharon alrededor de la ciudad. Al séptimo día, cuando marcharon siete veces alrededor de las murallas de la ciudad, éstas cayeron y los israelitas pudieron entrar fácilmente y posesionarse de ella. Pero no se permitió a los israelitas el apropiarse del botín ni los despojos por sí mismos. Las cosas que no fueron destruidas ‑‑objetos metálicos‑ fueron colocadas en el tesoro del Señor. Excepto Rahab y la casa de sus padres, los habitantes de Jericó fueron exterminados.

La milagrosa conquista de Jericó fue una convincente demostración para los israelitas de que sus enemigos podían ser vencidos. Hai fue el próximo objetivo de conquista. Siguiendo el consejo de su reconocimiento previo, Josué envió un ejército de tres mil hombres, que sufrieron una grave derrota. Por medio de la oración y de una investigación de Josué y los ancianos, se reveló el hecho de que Acán había pecado en la conquista de Jericó apropiándose de un atractivo ornamento de origen mesopotámico, además de plata y oro. Por esta deliberada acción de desafío a las órdenes emanadas del Señor sobre el botín y los despojos de la victoria, Acán y su familia fueron apedreados en el valle de Acor.

Seguro del éxito, Josué renovó sus planes de conquistar Hai. Contrariamente al procedimiento anterior, los israelitas echaron mano al ganado y a otros objetos de propiedad movible. Las fuerzas enemigas fueron atraídas hacia campo abierto de tal forma, que los treinta mil hombres que había estacionados más allá de la ciudad por la noche, estuviesen en condiciones de atacar Ha¡ desde atrás y prenderle fuego. Los defensores fueron aniqui­lados, el rey fue ahorcado y el lugar reducido a cascotes.

Wright identifica et‑Tell, localizado a unos 2,5 kms. al sudeste de Betel, como la situación de Ha¡. Las excavaciones llevadas a cabo indican que et‑Tell floreció como una fortaleza cananeo en 3330‑2400 a. C. Subsi­guientemente fue destruida y quedó en ruinas hasta aproximadamente el año 1000 a. C. Betel, sin embargo, fue una floreciente ciudad durante este tiempo y, de acuerdo siempre con Albright, que excavó allí en 1934, fue destruida durante el siglo XIII. Puesto que nada se establece en el libro de Josué respecto a su destrucción, Wright sugiere tres posibles explicaciones:

(1) el relato de Hai es una invención posterior para justificar las ruinas; (2) el pueblo de Betel utilizó Ha¡ como puesto fronterizo militar; (3) la teoría de Albright de que el relato de la conquista de Betel fue más tarde transferida a Ha¡. Wright apoya la última teoría, asumiendo la última fecha del éxodo y la conquista.

Otros no están tan ciertos respecto a la identificación de et‑Tell y Hai. El Padre H. Vincent sugiere que los habitantes de Ha¡ tenían un sencillo puesto fronterizo militar allí, por cuya razón no queda nada hoy que sumi­nistre evidencia arqueológica de su existencia en la época de Josué. Unger plantea la posibilidad de que el actual lugar de Ha¡ pueda todavía ser iden­tificada en la vecindad de Bete1.

Aunque nada esté definitivamente establecido respecto a la conquista de Betel, esta ciudad, que figura tan prominentemente en tiempos del Antiguo Testamento desde los días de la entrada de Abraham en Canaán, se menciona en Jos. 8:9, 12, y 17. Una razonable inferencia es la de que los betelitas estuvieron implicados en la batalla de Hai. No se afirma nada respecto a su destrucción, pero el rey de Betel está citado como habiendo sido muerto (Jos. 12:16). Los espías enviados a Hai llevaron la impresión de que Hai no era muy grande (Jos. 7:3). Más tarde, cuando Israel hace su segundo ataque, el pueblo de Hai, al igual que los habitantes de Betel, abandonaron sus ciudades para perseguir al enemigo (Jos. 8:17). Es probable que Hai solamente fuese destruida en aquella ocasión y que Betel fuese ocupada sin destruirla. La conflagración del siglo XIII puede ser identificada con el relato dado en Jueces 1:22‑26, subsiguiente al tiempo de Josué.

Siguiendo esta gran, victoria, los israelitas erigieron un altar en el monte Ebal con objeto de presentar sus ofrendas al Señor, de acuerdo con lo ordenado por Moisés. Allí, Josué hizo una copia de la ley de Moisés. Con Israel dividido de forma tal que una mitad del pueblo permaneciese frente al monte Ebal y la otra mitad frente al monte Gerizim, de cara al arca, la ley de Moisés fue leída al pueblo (Jos. 8:30‑35). De esta forma, los israeli­tas fueron solemnemente puestos sobre el recuerdo de sus responsabilidades, conforme se hallaban al borde de ocupar la tierra prometida, a no ser que se apartasen del curso que Dios les había trazado.

Cuando la noticia de la conquista de Jericó y de Hai se esparció por toda Canaán, el pueblo, en varias localidades, organizó la resistencia a la ocupación de Israel (Jos. 9:1‑2). Los habitantes de Gabaón, una ciudad situada a 13 kms. al norte de Jerusalén, imaginaron astutamente un plan de engaño. Fingiendo ser de una lejana tierra por la evidencia de sus ropas rotas y sucias y sus alimentos descompuestos, llegaron al campamento israelita en Gilgal y expresaron su temor del Dios de Israel, ofreciéndoles ser sus sirvientes si Josué hacía un convenio con ellos. A causa de haber fallado en buscar la guía divina, los líderes de Israel cayeron en la trampa y se negoció un tratado de paz con los gabaonitas. Tras tres días, se descubrió que Gabaón y sus tres ciudades dependientes se hallaban en las proximidades. Aunque los israelitas murmuraron contra sus jefes, el tratado no se violó.

En su lugar, los gabaonitas fueron encargados de suministrar madera y agua para el campamento israelita.

Gabaón era una de las grandes ciudades de Palestina. Cuando capituló a Israel, el rey de Jerusalén, se alarmó grandemente. En respuesta a su llamada, otros reyes amorreos de Hebrón. Jarmut, Laquis y Egión formaron una coalición con él para atacar la ciudad de Gabaón. Habiendo hecho una alianza con Israel, la ciudad sitiada despachó inmediatamente mensaje­ros en demanda de socorro para aquel lugar. Mediante la marcha de toda una noche desde Gilgal. Josué apareció inesperadamente en Gabaón, donde derrotó y empujó al enemigo a través del paso de Bet‑horón (también cono­cido como el valle de Ajalón) hasta Azeca y Maceda.

La ayuda sobrenatural en esta batalla resultó una aplastante victoria para los israelitas. Además del elemento sorpresa y pánico en campo enemigo, las piedras del granizo hicieron enormes bajas entre los amorreos, más de las que hicieron los combatientes de Israel (Jos. 10:11). Además, a los israelitas se les permitió un largo día para que persiguieran al enemigo. La ambigüedad del lenguaje concerniente a este largo día de Josué, ha dado origen a variadas interpretaciones. ¿Era este un lenguaje poético? ¿Solicitó Josué una mayor duración de la luz del sol o para descanso del calor del día? Si se trata de un lenguaje poético, entonces sólo se trata de una llamada hecha por Josué para ayuda y fortaleza. Como resultado los israelitas estuvieron tan llenos de fortaleza y vigor que la tarea de un día fue llevada a cabo en medio día. Aceptado como una prolongación de la duración de la luz, esto fue un milagro en el cual el sol o la luna y la tierra, quedaron detenidos. Si el sol y la luna retuvieron sus cursos regulares, pudo haber sido un milagro de refracción o un espejismo dado sobrenaturalmente, extendiendo la luz del día de forma tal que el sol y la luna parecieron quedar fuera de sus cursos regulares. Esto proporcionó a Israel más tiempo para perseguir a sus enemigos. La llamada de Josué en favor de la ayuda divina pudo haber sido una solicitud de alivio para que disminuyera el calor del sol, ordenando que el sol permaneciese silencioso o sordo, es decir, que evitara el brillar tanto. En respuesta, Dios envió una tormenta de granizo que les proporcionó tanto el alivio del calor solar y la destrucción del enemigo. Los soldados, refrescados, hicieron un día de marcha en medio día de duración desde Gabaón hasta Maceda, una distancia de 48 kms. y les pareció un día completo cuando en realidad sólo había transcurrido medio día. Aunque el relato de Josué no nos proporcione detalles de cómo ocurrió aquello, resulta aparente que Dios intervino en nombre de Israel y la liga amorea fue totalmente derrotada.

En Maceda, los cinco reyes de la liga amorrea fueron atrapados en una cueva y subsecuentemente despachados por Josué. Con la conquista de Maceda y Libra, esta última situada en la entrada del valle de Ela, donde más tarde David venció a Goliat, los reyes de aquellas dos ciudades igualmente fueron muertas. Josué, entonces asaltó la bien fortificada ciudad de Laquis (la moderna Tell‑ed‑Duweir) y al segundo día de sitio, derrotó dicha plaza fuerte. Cuando el rey de Gezer intentó ayudar a Laquis, también pereció con sus fuerzas; sin embargo, no se afirma que se conquistase la ciudad de Gezer. El siguiente movimiento de Israel fue la victoria al tomar Eglón, que actualmente está identificada con la moderna Tell‑el‑Hesi. Desde allí, las tropas atacaron hacia el este en la tierra de las colinas, y bloquearon Hebrón, que no fue fácilmente defendida. Entonces, dirigiéndose hacia el sudoeste cayeron como una trompa y tomaron Debir, o Quiriat‑sefer. Aunque las fuertes ciudades‑estado de Gezer y Jerusalén no fueron conquistadas, quedaron aisladas por esta campaña, de tal forma que la totalidad del área meridional, desde Gabaón hasta Cales‑barrea y Gaza, quedaron bajo el control de Israel cuando Josué condujo sus guerreros endurecidos por la batalla de nuevo al campamento de Gilgal.

La conquista y ocupación del norte de Canaán está brevemente descrita. La oposición fue organizada y conducida por Jabín, rey de Hazor, que tenía bajo su mando una gran fuerza de carros de batalla. Una gran batalla tuvo lugar cerca de las aguas de Merom con el resultado de que la coalición cananeo fue totalmente derrotada por Josué. Los caballos y los carros de combate fueron destruídos.y la ciudad de Hazor quemada hasta reducirla a cenizas. No se hace mención a la destrucción de otras ciudades en Galilea.

Hazor, identificada como Tell‑el‑Quedah, está estratégicamente situada aproximadamente a 24 kms. al norte del mar de Galilea a unos ocho kms. al oeste del Jordán. En 1926‑1928, John Garstang dirigió una excavación arqueológica de este lugar. Más recientemente, excavaciones de mayor importancia de Hazor fueron llevadas a cabo y dirigidas por el Dr. Yigael Yadin, en 1955‑58. La acrópolis en sí misma, consistía en veinticinco acres que alcanzaban una altura de cuarenta mts. y que aparentemente fue fundada en el tercer milenio a. C. Un área más baja hacia el norte consistente en unas sesenta y siete hectareas estuvo ocupada durante el segundo milenio a. C. y tal vez tuviera una población tan importante como 40.000 habitantes. En los registros de Egipto y Babilonia, Hazor es frecuentemente men­cionada, indicando su importancia estratégica. La parte baja de la ciudad, aparentemente fue construida durante la segunda mitad del siglo XVIII de la era de los hicsos. Tras de que Josué destruyera este poderoso centro cananeo, el poder en Hazor tuvo que haber sido restablecido suficientemente para suprimir a Israel, hasta que fue nuevamente aplastada (Jue. 4:2) tras de lo cual Hazor fue incorporada por la tribu de Neftalí.

En forma resumida, Jos. 11:16‑12:24 relata para la conquista de Israel la totalidad de la tierra de Canaán. El territorio cubierto por las fuerzas de ocupación extendidas desde Cades‑barnea, o las extremidades del Neguev, que llegaba al norte hasta el valle del Líbano, bajo monte Hermón. Sobre el lado oriental del Jordán, se divide el área que previamente había sido conquistada bajo Moisés y que se extendía desde monte Hermón ea el norte, hasta el valle de Arnón, al este del mar Muerto.

Existe una lista de treinta y un reyes derrotados por Josué. Con tantas ciudades‑estados, cada una con su propio rey y tan pequeño territorio, fue posible para Josué y los israelitas el derrotar a aquellos gobernantes locales en pequeñas federaciones. Incluso aunque los reyes fueron derrotados, no todas las ciudades fueron realmente capturadas u ocupadas. Mediante su conquista, Josué sometió a los habitantes hasta el extremo de que durante el subsiguiente período de paz, los israelitas pudieron establecerse en la tierra prometida.

El reparto de Canaán

A pesar de que los reyes cabecillas habían sido derrotados y prevaleció un período de paz, quedaron muchas zonas no ocupadas en la tierra (13:1‑7). Josué fue divinamente comisionado para repartir el territorio conquistado a las nueve tribus y media. Rubén, Gad, y la mitad de Manasés habían recibido sus partes al este del Jordán, bajo Moisés y Eleazar (Jos. 13:8‑33; Núm. 32).

Durante el período de la conquista, el campamento de Israel estuvo si­tuado en Gilgal, un poco al nordeste de Jericó, cerca del Jordán. Bajo la supervisión de Josué y Eleazar, el reparto fue hecho a algunas de las tribus, mientras todavía estaban allí acampadas. Caleb, que había sido un hombre de fe poco común cuarenta y cinco años anterior a aquella época, cuando los doce espías fueron enviados a Canaán (Núm. 13‑14), entonces recibió una especial consideración, siendo recompensado con la ciudad de Hebrón en su herencia (14:6‑15). La tribu de Judá se apropió de la ciudad de Belén, además de la zona existente entre el mar Muerto y el mar Mediterráneo. Efraín y la mitad de Manasés recibieron la mayor parte de la zona al oeste del Jordán entre el mar de Galilea y el mar Muerto (Jos. 16:1­17:18).

Silo fue establecido como el centro religioso de Israel (Jos. 18:1). Fue allí donde las tribus restantes fueron invitadas a poseer sus territorios ya asignados. Mientras se le dio a Simeón la tierra al sur de Judá, las tribus de Benjamín y de Dan recibieron su parte inmediatamente al norte de Judá. Se les entregó su pertenencia a Manasés en el norte, comenzando con el valle de Meguido y monte Carmelo, Isacar, Zabulón, Aser y Neftalí.

Las ciudades para refugio fueron designadas por toda la tierra prometidá (20:1‑9). Al oeste del Jordán esas ciudades eran Cades en Neftalí, Siquem en Efraín, y Hebrón en Judá. A1 este del Jordán en cada una de las áreas tribales, estaban los siguientes: Beser en Rubén, Ramot de Galaad dentro de las fronteras de Gad, y Golán en Basán, en el área de Manasés. A esas ciudades, cualquiera podía huir buscando seguridad para caso de venganza de sangre por la muerte de un hombre.

La tribu de Leví no recibió reparto territorial, ya que era la responsable de los servicios religiosos en toda la nación. Las demás tribus tenían la obligación de proporcionar toda clase de facilidades a los levitas y, de esa forma, la tierra de pastoreo de cada una de las cuarenta y ocho ciudades estaba a disposición de los levitas para que pudiesen dar alimento a sus rebaños.

Con una recomendación por sus fieles servicios y una admonición a permanecer fieles a Dios, Josué despidió a las tribus transjordanas que habían servido con el resto de la nación, bajo su mando, en la conquista del territorio al oeste del Jordán. Tras su retorno a la Transjordania, erigieron un altar, una acción que alarmó a los israelitas que se habían comportado en Canaán debidamente. Finees, el hijo del sumo sacerdote, fue enviado a Silo para hacerse cargo de la situación. Su investigación le aseguró de que el altar levantado en, la tierra de Galaad, servía al propósito de mantener un debido culto a Dios.

La Biblia no establece cuanto tiempo vivió Josué tras sus campañas militares. Una inferencia basada en el libro de Josué, 14:6‑12, es que la conquista de Canaán fue llevada a cabo en un período de aproximadamente siete años. Josué pudo haber muerto poco después de esto o pudo haber vivido como veinte o treinta años como máximo. Antes de morir a la edad de 110 años, reunió a todo Israel en Siquem y severamente les amonestó a temer al Señor. Les recordó que Dios había advertido a Abraham de que no sirviera a ningún ídolo y había verificado el convenio de la alianza hecho con los patriarcas trayendo a Israel a la tierra prometida. Se hizo una alian­za pública mediante la cual los jefes aseguraron a Josué que ellos servirían al Señor. Después de la muerte de Josué, Israel cumplió esta promesa sólo hasta el paso de la generación más vieja.

Cuando gobernaban los Jueces

Los acontecimientos registrados en el libro de los Jueces están íntima­mente relacionados a los de los tiempos de Josué. Puesto que los cananeos no habían sido totalmente desalojados y la ocupación de Israel no era completa, similares condiciones continuaron en el período de los Jueces. En consecuencia, el estado de guerra continuó en zonas locales o en ciudades que fueron vueltas a ocupar en el curso del tiempo. Referencias tales como las citadas en Jueces 1:1; 2:6‑10, y 20:26‑28 parecen indicar que los acontecimientos en Josué y Jueces están íntimamente relacionados cronoló­gicamente o son incluso sincrónicos.

La cronología de este período es difícil de discernir. El hecho de que se hayan sugerido cuarenta o cincuenta métodos diferentes para medir la era de los Jueces, es indicativo del problema.

Indudablemente, este cálculo de años y tabulación es la que tiene Pablo en la memoria cuando divide el período de Josué hasta Samuel, incluyendo 40 años para la judicatura de Elí (Hechos 13:20). Incluso con la aceptación de la temprana fecha de la ocupación de Cancán bajo Josué (1400 a. C.), es imposible permitir una cronológica secuencia para esos años, puesto que David estaba plenamente establecido en el trono de Israel por el año 1000, a. C. En I Reyes 6:1, se calcula un período de 480 años, desde el tiempo del Éxodo al cuarto año del reinado de Salomón. Incluso permitiendo un mínimo de 20 años por cada uno para Elí, Samuel y Saúl, 40 años para David, 4 años para Salomón, 40 años para la peregrinación por el desierto y un mínimo de 10 años para Josué y los ancianos, un total de 154 años tendría que ser añadido a 410, haciendo una gran tabulación de 566 años. La obvia conclusión es que el período de los Jueces no corresponde a una secuencia cronológica.

Garstang tiene en cuenta para este período, considerando a Samgar, Tola, Jair, Ibzán, Elón y Abdón como jueces locales cuyos años son sincrónicos con aquellos de los períodos mencionados Omitiendo esto de la tabulación cronológica, el número total de años entre el Exodo y el cuarto año del reinado de Salomón, aproxima la cifra de 480 años. En Jueces 11:26, se dan 300 años como el tiempo transcurrido entre la derrota de los amonitas bajo Moisés y los días de Jefté. Restando los anos de Josué y los ancianos, y añadiendo 20 años para Sansón, el tiempo que corresponde a los Jueces desde Otoniel a Sansón se aproximaría a tres siglos (1360‑1060 a. C.).

La última fecha para la conquista bajo Josué (1250‑1225 a. C.) limita el período permitido a los Jueces, incluyendo los días de Elí, Samuel y Saúl, a dos siglos o menos. Con este cómputo en I Reyes 6:1, y Jueces 11:26, se tiene la consideración de ser unas últimas inserciones y no fiables históricamente. Aunque Garstang considera la referencia en I Reyes como una inserción, él lo fecha antes y lo acepta como fiable. Esta cronología más corta necesitaría una ulterior sincronización de períodos de opresión y permanencia en los días de los Jueces.

Obviamente, cualquier pauta cronológica propuesta para esta era de los jueces no es sino una solución sugerida. Los datos de la Escritura son suficientes para establecer una cronología absoluta. Parece completamente cierto que los autores de Josué y Jueces no intentan dar un relato que encaje en una completa cronología para el período en cuestión. La fe a las tradi­ciones de I Reyes 6:1 y Jueces 11:26 exige la cronología más larga.

Israel no tenía capital política en los días de los Jueces. Silo, que fue establecido como centro religioso en los días de Josué (Jos. 18:1), continuó como tal en los días de Elí (I Samuel 1:3). Puesto que Israel no tenía rey (Jueces 17:6; 18:1; 19:1; y 21:25) no existía plaza central donde un juez pudiera oficiar. Aquellos jueces intervenían en lugares de liderazgo según la situación local o nacional pudiese demandar. La influencia y el recono­cimiento de muchos de ellos, era indudablemente limitada a su comunidad local o tribu. Algunos de ellos eran caudillos militares que liberaron a los israelitas del enemigo opresor, mientras que otros fueron reconocidos como magistrados a quienes el pueblo se dirigía para decisiones políticas o de carácter legal. Sin tener un gobierno central, ni capitalidad, las tribus israelitas fueron gobernadas espasmódicamente sin inmediata sucesión, cuando uno de los jueces fallecía. Con algunos de los jueces restringidos a zonas locales, es también razonable asumir que varias judicaturas se superpusieran.

La anotación “en estos días no había rey en Israel; y cada lo que bien le parecía” (Jue. 21:25) describe claramente las c que prevalecían en la totalidad del período de los Jueces.

El versículo que sirve de apertura a Jueces, sugiere que este que este libro tiene relación con los acontecimientos que tuvieron lugar tras la muerte de Josué. El relato de Jueces 2:6‑10, puede apoyar la idea de que algunos de tale’ acontecimientos se refiere en parte a la conquista de ciertas ciudades bajo` el mando de Josué. La conquista de Hebrón en Jueces 1:10‑15, puede ponerse como paralelo al relato de Josué 15:14‑19. Otras declaraciones reflejan los cambios que ocurrieron en un largo período de tiempo. Jerusalén no fue conquistada en los días de Josué (15:63) y, de acuerdo con Jueces 1:8, la ciudad fue quemada por el pueblo de Judá, pero en el versículo está claramente establecido que los benjaminitas no desalojaron a los jebuseos de Jerusalén. La ciudad no fue realmente ocupada por los israelitas hasta los días de David. La victoria judaica tuvo que haber sido solo temporal.

Aunque Josué había derrotado las principales fuerzas de la oposición cuando conducía a Israel hacia Canaán y dividió la tierra a las diversas tribus, muchos locales permanecieron en manos de los cananeos y otros habi­tantes. En sumensaje final a los israelitas Josué advirtió al pueblo de no mezclarse o contraer matrimonio con los habitantes locales que se quedaron, sino que les amonestó a apartar a aquellas gentes idolátricas y ocupar sus tierras. Se hicieron ulteriores intentos para desalojar a tales gentes, pero según lo escrito se deduce que los israelitas sólo fueron parcialmente obe­dientes.

Mientras que se conquistaron algunas zonas, ciertas ciudades fuertemente fortificadas tales como Taanac y Meguido permanecieron en posesión de los cananeos. Cuando Israel fue lo suficientemente fuerte, Israel quiso for­zar a aquellas gentes al trabajo y a pagar tributos; pero fracasaron en su propósito de expulsarles fuera de la tierra. Consecuentemente, los amorreos, cananeos y otros, permanecieron en la tierra que había sido entregada por completo a Israel para su posesión y ocupación. Hubiera parecido completamente natural, que cuando Israel se hubiera debilitado, aquellas gentes in­cluso volviesen a tomar posesión de sus tierras, ciudades y poblados que Israel hubo una vez conquistado (ver Jueces 1:34).

La ocupación parcial de la tierra dejó a Israel en permanentes dificultades. Mediante la fraternización con los habitantes, los israelitas participaron en el culto a Baal, conforme apostataban del culto a Dios. Los pueblos particularmente mencionados que fueron culpables de que Israel se apartase de Dios, fueron los cananeos, los heteos, los amorreos, los ferezeos, los heveos y los jebuseos. Durante este período de apostaría, los matrimonios mixtos condujeron a mayores abandonos en el servicio y verdadero culto a Dios. En el curso de una generación el populacho de Israel llegó a ser tan idólatra que las bendiciones prometidas por Dios a través de Moisés y Josué, les fueron retiradas. A1 rendir culto a Baal los israelitas rompieron con el primer mandamiento del Decálogo.

El juicio les llegó en forma de opresión. Ni Egipto ni la Mesopotamia eran lo bastante fuertes como para dominar el Creciente Fértil durante esta era. La influencia egipcia en Palestina había disminuido durante el reinado de Tut‑ank‑Amón (1360 a. C.). Asiria surgía poderosa (1250 a. C.), pero ya no se interfería en las cuestiones de Canaán. Esto permitió a los pueblos de las inmediaciones, al igual que a las ciudades‑estados usurpar sobre las posesiones de Israel en Canaán. Los oponentes políticos de esta época son los mesopotámicos, moabitas, filisteos, cananeos, madianitas y amonitas. Estos invasores tomaron ventaja de los israelitas, arrebatándoles sus propiedades y cosechas. Cuando la situación llegó a hacerse insoportable, se desesperaron lo bastante como para volverse hacia Dios.

El arrepentimiento fue el siguiente paso de este ciclo. Conforme los israelitas perdían su independencia y se sometían a la opresión, reconocieron que estaban sufriendo las consecuencias de su desobediencia a Dios. Cuando se hicieron conscientes de su pecado, se volvieron hacia Dios en peni­tencia Su llamada no fue en vano.

La liberación llegó a través de campeones que Dios envió para desafiar a los opresores. Jefes militares que condujeron a los israelitas a atacar al enemigo, fueron como notables, Otoniel, Aod, Samgar, Débora y Barac, Gedeón, Jefté y Sansón. Especialmente dotados con una divina capacidad, aquellos jefes rechazaron a los enemigos e Israel de nuevo gozó de un periodo de paz y tranquilidad.

Estos ciclos religioso‑políticos se sucedieron frecuentemente en los días de los Jueces. El pecado, la tristeza, la súplica y fa salvación eran cosa del día. Cada generación, aparentemente, tenía bastante gente que era consciente de la posibilidad de asegurarse el favor de Dios y sus bendiciones, y la idolatría rechazada, restaurándose la adhesión a los preceptos de Dios que quedaban así instaurados.

Los jueces y las naciones opresoras

La opresión por un período de ocho años por una fuerza de invasión procedente de las altiplanicias de Mesopotamia, de comienzo al primer ciclo. Garstang sugiere que Cusham‑Risha‑taim era un rey heteo que se había anexionado el norte de la Mesopotamia, también conocido por Mitanni, y extendió su poder hasta la tierra de Israel. Otoniel, de la tribu de Judá,’¡ tomó la iniciativa en convertirse en campeón de la causa de Israel, conforme s el Espíritu del Señor cayó sobre él. Siguió a esto un período de calma de cuarenta años.

Moab fue la próxima nación que invadió a Israel. Apoyados por los amo­nitas y amalecitas, los moabitas ganaron una posición en territorio de Israel, y exigió tributos. Aod, de la tribu de Benjamín se levantó como liberador para terminar con los diez y ocho años de la dominación moabita. Habiendo pagado el tributo, Aod obtuvo una audiencia privada con Eglón, el rey de Moab. Utilizando la espada con la mano izquierda, Aod le atacó cuando estaba desprevenido, y mató al citado rey de Moab, escapando después antes que fuera descubierta su hazaña. Los moabitas quedaron desmoralizados, mientras que los israelitas se envalentonaron para apoyar a Aod en toda su ofensiva contra el enemigo. Aproximadamente unos 10.000 moabitas perdieron la vida en el encuentro, lo que proporcionó a Israel una notable victoria. Con la expulsión de Moab, Israel gozó de un período de tranquilidad de ocho años. Durante esta época, Ramsés II, que gobernaba Egipto (1290-­1224 a. C.) y Merneptah su hijo (1224‑1214) mantuvieron un equilibrio. de poder con los heteos controlando Palestina tan lejos como al sur de Siria. La sola mención de Israel en las inscripciones egipcias procede de la. baladronada de Merneptah de que Israel era considerada como un erial. En su totalidad las condiciones de paz prevalecieron por algún tiempo.

Solamente en un versículo se hace mención a la carrera de Samgar. No se indica nada respecto a la opresión, ni existen tampoco detalles respecto al origen de Samgar ni a su pasado. Una lógica inferencia parece ser que los filisteos penetraron dentro del territorio de Israel y que Samgar se levan­tó para ofrecerles resistencia, matando a 600 enemigos en un valeroso esfuerzo.

El hostigamiento por los cananeos, seguido por un período de veinte años, conforme la influencia egipcia declinaba en Palestina bajo Merneptah y otros gobernantes débiles, ocurrió cerca del siglo XIII. Mientras Jabín, rey de los cananeos, gobernaba en Hazor, situado al norte del mar de de Galilea, Sísara, el capitán del ejército de Jabín, persiguió a los israelitas desde Haroset‑goim, situada cerca del arroyo de Cisón a la entrada noroeste de la llanura de Esdraelón.

Durante la época de esta opresión cananea, Débora ganó el, reconocimiento como profetisa en la tierra de Efraín, cerca de Ramá y Betel. Habiendo enviado por Barac, no sólo le amonestó para que entrase en la batalla, sino que personalmente se unió a él en Cedes en Neftalí. Allí, Barac reunió una fuerza combatiente y se dirigió hacia el sur al monte de Tabor, situado al nordeste de la llanura triangular de Esdraelón. Sin embargo, puesto que Sísara tenía la ventaja de 900 carros de guerra en su fuerza combatiente, Barac tuvo miedo de asumir la responsabilidad de combatir a los cananeos con sus 10.000 infantes. Incluso aunque Débora le aseguró la victoria conforme los cananeos fueron, atraídos con engaño hacia el Cisón, Barac no quiso aventurarse fuera sin su valerosa acompañante.

Las fuerzas cananeas fueron sorprendentemente confundidas. Un cuidadoso examen del relato, parece indicar que cuando los carros de guerra del enemigo se hallaban. en le valle de Cisón, una repentina lluvia redujo la ventaja de los cananeos. Los carros guerreros tuvieron que ser abandonados al quedar atascados en el fango (5:4, 20, 21; 4:15). Con las fuerzas cananeas derrotadas y Sísara muerto, por Jael, los israelitas ganaron una paz que duró cuarenta años. La victoria fue celebrada en un canto que expresa la alabanza por la ayuda divina (Jueces 5).

La reversión de Israel a la idolatría fue seguida por incursiones procedentes del Desierto Sirio por nómadas hostiles montados en camellos, conocidos como madianitas, amalecitas e Hijos de Este, que llegaron a hacerse dueños de las cosechas y el ganado de los israelitas. Siete años de depredación fue un período excesivo, de tal forma, que los israelitas tuvieron que buscar refugio seguro en las cuevas y en lugares montañosos.

En un pueblo llamado Ofra, Gedeón se hallaba ocupado secretamente buscando grano para su padre, cuando el ángel del Señor le comisionó para liberar a su pueblo. Aunque Ofra no puede ser definitivamente iden­tificado, probablemente estaba situado cerca del valle de Jezreel en la Palestina central, donde la presión madianita era mayor. Lo primero que hizo Gedeón fue destruir el altar de Baal en el estado de su padre. Aunque las gentes de la población se alarmó ante el hecho, el padre de Gedeón, Joás, no era partidario de la idolatría. Por esta memorable acción Gedeón fue llamado Jerobaal que significa “Contienda Baal contra él” (Juec. 6:32).

Cuando las fuerzas del enemigo estaban acampadas en el valle de Jezreel, Gedeón reunió un ejército. Por el uso de un vellón dos veces expuesto, tuvo la seguridad de que Dios le había llamado ciertamente para liberar a Israel (Jueces 6:36‑40). Cuando Gedeón anunció a su ejército de 32.000 hombres reunidos de Manasés, Aser, Zabulón y Neftalí, que cualquiera que tuviese miedo podría volverse a casa vio a 22.000 hombres salir de las filas. Como resultado de una nueva comprobación perdió otros 9.700 hombres. Con una compañía de solo 300 hombres que preparó para la batalla, se dispuso a atacar a las hordas nómadas.

En las faldas del monte More, hacia la terminación oriental de la llanura de Meguido, permanecía acampada la gran hueste de los madianitas con sus camellos. Gedeón, dividiendo su banda de 300 hombres en tres compañías, hizo un ataque por sorpresa durante la noche. Al principio de la mitad de la guardia ‑tras las 10 de la noche‑ cuando el enemigo dormía profunda­mente, los hombres de Gedeón soplaron las trompetas, aplastaron sus cántaros y gritaron el grito de batalla diciendo “¡Por la espada del Señor y de Gedeón!” (Juec. 7:20). Los madianitas sumidos en la mayor confusión hu­yeron a través del Jordán. Por su fe en Dios, Gedeón puso así en fuga al enemigo y liberó a los israelitas de la opresión (ver Heb. 11:32).

En la persecución de los madianitas, la condición sin ley de los días de los Jueces se refleja de nuevo (Jueces 8). Tras pacificar a los celosos efrateos, que no habían compartido la gran victoria, Gedeón encaminó a los madianitas hacia la Tran.sjordania, tomando una apreciable cantidad de botín de objetos valiosos, objetos de oro, collares de camellos, joyas de toda clase, al igual que ornamentos de púrpura de los que vestían los reyes madianitas. Como resultado, el pueblo ofreció a Gedeón el reinado hereditario.,¡ El rechazo de Gedeón refleja su actitud de resistencia contra la tendencia”’, hacia la monarquía. Sin embargo, Gedeón hizo un efod de oro de los despo‑, jos tomados al enemigo. Tanto si aquello era un ídolo o un simple memorial de su victoria o una acción contraria al efod con que se adornaban los sumos sacerdotes (Ex. 27:6‑14) es algo que no está claro. En cualquier caso, el!’ objeto se convirtió en un símbolo para Gedeón y su familia, al igual que para los israelitas, allanando el camino hacia la idolatría. Aunque Gedeón había,,’ ganado la seguridad para Israel de los invasores, por cuarenta años, median‑. te su victoria militar, su influencia en religión fue negada. Poco después de su muerte, el pueblo se volvió abiertamente hacia el culto de Baal, olvidando que Dios les había garantizado la liberación.

Abimalec, un hijo de una concubina de Gedeón, se nombró a sí mismo como rey en Síquem por un período de tres años tras la muerte de Gedeón.

Ganó la adhesión de los siquemitas, matando traidoramente a todos los setenta hijos de Gedeón, excepto a Jotam. Este último, dirigiéndose a los hombres de Síquem, desde el monte Gerizim, por medio de una parábola, compara a Abimelec con una zarza que fue invitada a reinar sobre los árboles. Invocó la maldición de Dios sobre Siquem por su conducta con la familia de Gedeón.

La revuelta pronto estalló bajo Gaal, quien incitó a los siquemitas a rebelarse. En el transcurso de la lucha civil que siguió, Abimelec fue muerto finalmente por una piedra de molino que una mujer dejó caer sobre su cabeza cuando se aproximaba a una torre fortificada dentro de la ciudad.

Esto acabó con todos los intentos de establecer la monarquía en Israel en los días de los Jueces.

Se conoce poco respecto a Tola y a Jair. Puesto que no se conocen grandes hechos que les conciernan, sus responsabilidades fueron meramente ju­diciales. Tola, de la tribu de Isacar, paró en Samir, situada en algún lugar del país de las colinas de Efraín. Se le asigna un gobierno de 23 años.

Jair hizo su oficio de juez en el territorio de Galaad al este del Jordán durante 22 años. El hecho de que tuviese una familia de 30 hijos indica no sólo una ostentosa poligamia, sino también su rango y su posición de riqueza en la cultura de la época.

La apostasía de nuevo prevaleció en Israel, vuelto hacia el culto de Baal y otras deidades paganas. La opresión de esta época proviene de dos direcciones: los filisteos presionaban desde sudoeste y los amonitas invadieron desde oriente. La liberación en la Transjordania y su zona llegó bajo el caudillaje de Jefté.

A causa de ser hijo de una ramera, Jefté fue condenado al ostracismo desde su comunidad hogareña a temprana, edad. Llegó a ser un jefe de bandoleros o capitán de merodeadores en Tob, que probablemente estaba situada al nordeste de Galaad. Cuando los galaaditas buscaron un caudillo, fue llamado Jefté. Antes de aceptar este nombramiento, se hizo un solemne pacto mediante le cual los ancianos galaaditas le reconocieron como jefe y caudillo.

Cuando Jefté apeló a los amonitas, éstos respondieron con la fuerza. Antes de presentar batalla, hizo un voto que le obligaba a ser cumplido en el caso de que volviera victorioso. Vigorizado con el Espíritu del Señor, Jefté obtuvo una gran victoria de tal forma que los israelitas fueron liberados de los amonitas quienes les habían oprimido durante diez y ocho años. Cuando Efraín protestó de que no se les había llamado para tomar parte en la ba­talla contra los amonitas, Jefté supo responderle militarmente con su ejército.

¿Sacrificó Jefté realmente a su hija en cumplimiento del voto que había pronunciado? En aquel dilema, no habría agradado ciertamente a Dios que se le hiciera un sacrificio humano, que en ningún lugar de la Escritura tiene la divina aprobación. De hecho, este fue uno de los grandes pecados por los cuales los cananeos tenían que ser exterminados. Por otra parte, ¿cómo pudo agradar a Dios no cumpliendo con su voto? Aunque los votos en Israel eran voluntarios, una vez que una persona hacía un voto, se hallaba bajo la obligación de cumplirlo (Núm. 6:1‑21). La clara implica­ción en Jueces 11, es que Jefté cumplió el suyo (v. 39). Su manera de hacerlo está sujeta a varias interpretaciones.

Que los líderes israelitas no se conformaban a la religión pura en los días de los Jueces, resulta aparente en los registros bíblicos Jefté, que tenía un pasado a medias cananeo, pudo haber conformado la realización de su voto, prevaleciendo las costumbres paganas, sacrificando a su hija. Puesto que las montañas eran consideradas como símbolos de la fertilidad por los cananeos, su hija fue a las montañas a guardar luto por su virginidad con objeto de evitar cualquier posible cesación de la fertilidad de la tierra. Periódicamente, durante cada año, las doncellas israelitas empleaban cuatro días recordando el luto de la muchacha sacrificada.

Si la familiaridad de Jefté con la ley le volvió consciente del disgusto de Dios con los sacrificios humanos, él pudo haber dedicado a su hija al servicio del tabernáculo. Haciéndolo así, pudo haber cumplido con su voto y conformado su actuación a la ideal esencial de la completa consagración significada en la ofrenda del fuego. Puesto que su hija era su único vástago, Jefté perdió el derecho de sus esperanzas a la posteridad. En esta forma, pudo haber conjugado sus obligaciones del cumplimiento del voto pronunciado sin hacer ningún sacrificio humano, un voto que tal vez hubiese sido realizado apresuradamente bajo una determinada presión.

Aunque la manera en la cual Jefté cumplió su voto no está detallada en la narrativa bíblica, hizo frente al desafío de liberar a su pueblo de la opresión y está considerado como un héroe de la fe (Heb. 11:32).

Ibzán juzgó en Israel durante siete años. Se ignora si Belén, el lugar de su actividad y enterramiento, es la bien conocida ciudad de Judá o un pueblo en Zabulón. La mención de treinta hijos y treinta hijas indica su posición, riqueza e influencia.

Elón tiene asignados diez años como juez. En Ajalón, en la tierra de Zabulón, tuvo su hogar y su lugar de servicio a su pueblo.

Abdón, el siguiente juez de la lista, vivió en Efraín. Estando en una posición de proporcionar asnos para los setenta miembros de su familia, Abdón tuvo que haber sido un hombre de grandes riquezas e influenció en su país. Juzgó en Israel durante ocho años.

Israel fue oprimida simultáneamente por los amonitas y filisteos (Juec. 10:6). Mientras que Jefté derrotó a los primeros, Sansón es el héroe que resistió y desafió el poder de los últimos. Puesto que Sansón nunca alivió completamente a Israel de la dominación palestina, es difícil fechar el período de 40 años que se menciona en Jueces 13:1. Veinte años es el período que se calcula que Sansón ostentó su caudillaje (Juec. 15:20).

Sansón fue un gran héroe dotado de una fuerza sobrenatural recordado. en primer término por sus hazañas militares. Que fue un nazareno, fue anunciado a sus padres darlitas antes de su nacimiento. Manoa y su esposa fueron instruidos mediante la revelación divina de que su hijo comenzaría la liberación de Israel de la opresión filistea. A través de numerosos relatos, referencias, se conoce el hecho de que el Espíritu del Señor estaba sobri, él 13:25; 14:5, 19; 15:14). Sus actividades estuvieron limitadas a la llanura marítima y el país de las colinas de Judá, donde emprendió la lucha contra la ocupación filistea del territorio Israelita.

Numerosos relatos que sólo pueden ser una muestra de todo lo que Sansón hizo, están registrados en el libro de los Jueces. En su camino hacia Timnat, destrozó un león con sus propias manos. Cuando fue obligado a suministrar treinta ornamentos de fiesta a los filisteos, quienes deshonestamente obtuvieron la respuesta al acertijo que él puso en sus bodas en Timnat, mató a treinta de ellos en Ascalón. En otra ocasión, soltó a trescientas zo­rras con ramas ardientes para destrozar las cosechas de los filisteos. En respuesta a sus represalias, Sansón mató a muchos filisteos cerca de Etam. Cuando los hombres de Judá le entregaron atado de manos al enemigo, sus ataduras quedaron sueltas conforme el Espíritu del Señor llegó sobre él. Sin otras armas que sus manos, mató a mil hombres con la quijada de un asno. En Gaza arrancó las puertas durante la noche y se las llevó casi a 64 kms. al este a una colina cercana al Hebrón.

Las relaciones de Sansón con Daljla, cuyas simpatías estaban con los filisteos, le condujeron a su ruina. Por tres veces rechazó con éxito a los filisteos, cuando la mujer le traicionó; sin embargo, cuando reveló el secreto de su colosal fuerza y poder a ella y le cortaron los cabellos, Sansón perdió su fuerza. Los filisteos le sacaron los ojos y le forzaron a trabajar en un molino como un esclavo. Pero Dios restauró su fuerza para su hazaña final y pudo derrumbar los pilares del templo de Dagón, matando más filisteos de los que había muerto en sus anteriores encuentros.

A despecho de su debilidad, Sansón ganó renombre entre los héroes de la fe (Heb. 11:32). Dotado con tan grande fuerza, indudablemente pudo haber hecho mucho más, pero envuelto en el pecado, fracasó en su misión de liberar a Israel. De todos modos hizo lo bastante como para hacer desistir a los filisteos de que Israel no fuese desalojado de la tierra prometida.

Condiciones religiosas, políticas y sociales

Los últimos capítulos del libro de los Jueces y el libro de Rut, describen las condiciones que existían en los días de los heroicos jefes tales como Débora, Gedeón, y Sansón. Sin referencias mezcladas a las actividades de cualquiera de los jueces particulares nombrados en los capítulos precedentes, es difícil fechar estos acontecimientos específicamente. Los rabinos asocian la historia de Micaía y la emigración danita con la época de Otoniel; pero a causa de la falta de detalles históricos, es imposible hallarse ciertos de la fiabilidad de todo esto y de las tradiciones similares de los rabinos. Lo más que puede ser hecho es limitar tales acontecimientos a los días “cuando los Jueces gobernaban” y “no había rey en Israel” (Rut 1:1 y Jue. 21: 25).

Micaía y su casa de dioses son un ejemplo de la apostaría religiosa que prevaleció en los días de los Jueces. Cuando Micaía, un efrainita, devolvió 1160 siclos robados a su madre, ella dio 200 siclos a un joyero, el cual hizo una imagen grabada en la madera y recubierta de plata, al igual que otra ima­gen fundida de plata. Con aquellos símbolos idolátricos, Micaía estableció un santuario al que añadió un efod y terafiues e hizo sacerdotes a uno de sus hijos. Cuando un levita procedente de Belén se detuvo por azar en aquella capilla en monte Efraín, Micaía hizo un acuerdo con él, alquilándole como su sacerdote oficial con, la esperanza de que el Señor haría prosperar su empresa.

Cinco danitas enviados como grupo de reconocimiento para localizar más tierra para su tribu, se detuvieron en el santuario de Micaía para pedir consejo a este levita. Tras haberles asegurado el éxito de su misión, siguieron su camino y encontraron condiciones favorables para la conquista de más territorio en Lais, una ciudad situada en la vecindad del hontanar del río Jordán Como resultado, seiscientos danitas emigraron hacia el norte. En el camino, convencieron al levita de que era mejor para él servir como sacerdote para una tribu más bien que para un solo individuo. Cuando Micaía y sus vecinos objetaron la cuestión, los danitas, mucho más fuertes, se limitaron simplemente a tomar al levita y a los dioses de Micaía y llevárselos a Lais, desde entonces llamada Dan. Allí, Jonatán, que indudablemente era el levita, estableció un santuario para los danitas como un substituto para Silo. De no haber ninguna omisión en la genealogía (18:30) de este Jonatán, es muy verosímil que la emigración tuviese lugar en los primeros días del período de los Jueces.

El crimen sexual en Gabaa y los acontecimientos que siguieron, condujeron a Israel a la guerra civil. Un levita de las colinas de la tierra de Efraín y su concubina, al retorno de una visita a los padres de la mujer en Belén, se detuvieron en Gabaa por la noche. Había pasado por Jebús, esperando recibir mejor hospitalidad en Gabaa, que era una ciudad benr; jaminita. Durante la noche, los hombres de Gabaa exigieron y después:, obtuvieron a la concubina del levita. En la mañana ella fue encontrada muerta a la puerta de la casa. El tomó el cadáver y la llevó a su hogar;, cortándola en doce piezas que envió por todo el país. Todo Israel, desde Dan a Beerseba, fue tan horrorizado por semejante atrocidad, que se reunieron en Mizpa. Allí, ante una reunión de 400.000 hombres, el levita habló de lo que habían hecho con ellos los benjaminitas.

Cuando la tribu de Benjamín rehusó entregar los hombres de Gabaa, habían cometido aquel crimen, estalló la guerra civil. Los benjaminitas dispusieron una fuerza combativa de 26.000 hombres, incluyendo una división;: de honderos. El resto de Israel, entonces, se reunió en Betel, donde estaba situada el Arca del Señor, para recibir consejo para la batalla de Finees, el sumo sacerdote. Por dos veces las fuerzas israelitas fueron derrotadas en su ataque a Gabaa. La tercera vez, la conquistaron y quemaron la ciudad, matando a todos los benjaminitas excepto a 600 que huyeron y encontraron refugio en la roca de Rimón. La destrucción y devastación de Benjamín fue completa, hasta el extremo de que la totalidad de la tribu quedó arruinada. Tras cuatro meses, se efectuó una reconciliación con los 600 hombres que; quedaban. Se tomaron medidas para la restauración y el matrimonio de aquellos hombres, de forma tal que los benjaminitas pudiesen ser re instaurados en la nación de Israel.

La historia de Rut suministra una visión rápida de una era más pacíúl en los días en que los Jueces gobernaban. Esta narrativa cuenta con la emigración de una familia israelita ‑Elimelec, Noemí y sus dos hijos­ hacia Moab, cuando había hambre en Judá. Allí, tos dos hijos se casaron con dos mujeres moabitas, Rut y Orfa. Tras la muerte de su marido y ambos hijos, Noemí se volvió a Belén acompañada de Rut. En el curso del tiempo, Rut se casó con Booz y, subsiguientemente, figura en la línea genealógica davídica de la familia real de Israel.

Habla el Antiguo Testamento por Samuel J. Shultz

~ por Arq. Adolfo Becerril S. en julio 5, 2008.

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