06-SINOPSIS NUEVO TESTAMENTO – LOS HECHOS DE LOS APOSTOLES: UNA HISTORIA INACABADA -6/28

 

LOS HECHOS DE LOS APOSTOLES: UNA HISTORIA INACABADA

por Ray C. Stedman

Hechos es el libro que revela el poder de la iglesia. Por lo tanto, cuando una iglesia comienza a disminuir, a perder su poder y a volverse aburrida y monótona en su testimonio, necesita volver con desesperación al espíritu, a la expectación, al conocimiento y a la enseñanza del libro de los Hechos. En este libro, los principios de la vida transformada “no vivo yo, sino Cristo se ponen dramáticamente de manifiesto.

Si se eliminase el libro de Hechos del Nuevo Testamento, nunca entenderíamos el resto. Sería como un niño al que le faltasen los dientes de delante. Cuando concluimos el relato de los Evangelios, lo único con lo que nos encontramos es con un puñado de judíos en la ciudad de Jerusalén, el centro de la vida judía, hablando juntos acerca de un reino para Israel.

Al abrir el libro de Romanos, que viene después de los Hechos, descubrimos que un hombre, cuyo nombre no se menciona nunca en los evangelios, está escribiendo a un grupo de cristianos en Roma, de todos los lugares posibles, el centro de la cultura gentil, y les está hablando acerca de la necesidad de salir de los rincones de la tierra. Evidentemente, algo ha sucedido entre tanto. ¿Cómo se produjo este tremendo cambio? ¿Qué fue lo que pasó como para que el evangelio brotase con fuerza y saliese de los confines del judaísmo, en la ciudad de Jerusalén, y alcanzase en una sola generación los límites del mundo entonces conocido?

Este libro fue escrito por Lucas, el compañero amado de Pablo, el mismo hombre que escribió el Evangelio de Lucas, aunque lamentablemente, lleva el título equivocado. En casi todas las ediciones de las escrituras se le llama “los hechos de los Apóstoles, pero al leer el libro completo, los únicos cuyos hechos se relatan son los de Pedro y los de Pablo. Los demás pasan prácticamente desapercibidos, por lo que el título no es precisamente el más apropiado. En realidad debería titularse “Los Hechos del Espíritu Santo o tal vez “La Continuación de los Hechos del Señor Jesucristo. esta sugerencia la encontramos casualmente en la introducción del libro. Al escribir Lucas de nuevo al amigo al que le dirigió su primer libro, le dice:

“En el primer relato escribí, oh Teófilo, acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y enseñar… Es evidente, por lo tanto, que lo que escribió entonces Lucas fue el “Primer Volumen y Hechos es el “Segundo Volumen. Hechos es, en realidad, una continuación de lo que Jesús comenzó tanto a hacer como a enseñar. Lucas continua diciendo:

“…hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamiento por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido. A estos también se presentó vivo, después de haber padecido, con muchas pruebas convincentes. Durante cuarenta días se hacía visible a ellos y les hablaba acerca del reino de Dios. Y estando juntos, les mandó que no se fuesen de Jerusalén, sino que esperasen el cumplimiento de la promesa del Padre, de la cual me oísteis hablar; porque Juan, a la verdad bautizó en agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo después de no muchos días.”

De eso trata el libro de Hechos, que es el relato de la manera en que el Espíritu Santo, descendiendo sobre la iglesia, continuó lo que Jesús había empezado, es decir, continuó con la obra que se inició durante los días de su encarnación.

Por lo tanto, el relato del que ha quedado constancia en los evangelios no es otra cosa que el principio de la obra del Señor Jesucristo. Cuando llegamos al final de los evangelios, no hemos llegado al final, ni siquiera al principio del final, sino al final del comienzo. En el libro de Hechos, el Espíritu Santo comienza a cumplir el programa diseñado por Dios. Empieza a realizar su obra por medio del cuerpo encarnado de Jesucristo, que es la iglesia, el cuerpo mediante el cual el Señor tiene la intención de llegar hasta los confines de la tierra. Eso es algo que empezó hace más de 1900 años y, como verán ustedes, sigue realizándola en la actualidad. Hoy estamos viviendo en la era del Espíritu, que se inauguró en el día de Pentecostés, el primer acontecimiento importante del libro de los Hechos.

La iglesia ha venido padeciendo durante muchos siglos por causa de una idea equivocada. Una gran parte de la debilidad de la iglesia se debe al hecho de que, de algún modo, a lo largo de los años y por causa de las tradiciones de los hombres, se ha introducido un concepto erróneo en el cuerpo de Cristo. Los cristianos se han reunido y han recitado la Gran Comisión de Jesucristo de llevar el evangelio hasta los confines de la tierra, “por lo tanto, id y haced discípulos a todas las naciones. (Mat. 28:19) Y no hay duda alguna de que esa es la voluntad de Dios, pero es al mismo tiempo uno de los trucos favoritos del demonio, que coloca ante los cristianos la idea de llegar al fin del mundo y luego les sugiere que lo hagan a su manera, intentando cumplir la voluntad de Dios pero a la manera del hombre.

Eso es exactamente lo que ha estado haciendo la iglesia. Se ha reunido, ha recitado de memoria la Gran Comisión, y ha dicho: “ahora es preciso que movilicemos todos nuestro recursos humanos a fin de planear la estrategia para realizar esto. Con frecuencia se nos ofrece una imagen de Cristo esperando en el cielo, contemplando con ansiedad para ver lo que está sucediendo aquí abajo, con la esperanza de que alguien se ponga en movimiento y lleve a cabo su programa. La idea es que la iglesia debe, de algún modo, planear toda la estrategia y averiguar la mejor manera de alcanzar hasta los rincones más lejanos del mundo con el propósito de cumplir la expectativa de Dios.

Pero eso es debido a que solo hemos escuchado a una parte de la Gran Comisión. Hemos oído la primera palabra “¡Id! pero es que el Señor dijo además otras palabras que da la impresión que nosotros hemos olvidado por completo “he aquí “y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. (Mat. 28:20) No fue nunca la intención del Señor que toda la labor de planear la estrategia de alcanzar hasta los rincones de la tierra y de movilizar los recursos recayesen por entero sobre el cristiano. Cuando la iglesia intenta realizar esta tarea sobre esa base, el Señor se limita a cruzarse de brazos y nos deja que sigamos adelante, rompiéndonos la cabeza y esforzándonos nosotros solos. Nos contempla y ve cómo nos esforzamos por llevar a cabo la Gran Comisión con nuestras propias fuerzas, mientras él se mantiene a un lado y espera a que acabemos.

Cuando totalmente agotados, derrotados y desanimados, como lo estaremos inevitablemente en este proceso, volvemos a él y clamamos diciendo: “Oh, Señor, nunca conseguiremos hacer esta tarea. No podemos conseguirlo entonces es cuando él nos recuerda tranquilamente que este programa era algo que debía realizar el Espíritu Santo por medio de la iglesia, que él es perfectamente capaz de conseguirlo y que el libro de los Hechos es el testimonio completo sobre su habilidad y capacidad para cumplir el plan que tenía en mente. “Fiel es el que os llama, quien también lo logrará. (1ª Tes. 5:24) Siempre fue la intención de Dios no solamente presentarnos el programa, sino cumplirlo con sus propias fuerzas.

Al leer el libro, se encuentran los diferentes aspectos del ministerio del Espíritu Santo. Para empezar, es visible al dirigir las actividades de la iglesia. Es el Espíritu de Dios el que toma la iniciativa y promueve nuevos movimientos para llevar a cabo el programa de Dios. Por ejemplo, cuando Felipe estaba en Samaria predicando el evangelio, estaba teniendo lugar un avivamiento por toda la ciudad como resultado de su predicación y toda la ciudad se sintió conmovida, pero el Espíritu le dijo: “Levántate y ve a un hombre que está en el desierto. (Hechos 8:26) ¿Qué clase de estrategia es esa, dejar una campaña que afectaba a toda una ciudad, en la que se estaba moviendo con poder el Espíritu de Dios, donde las multitudes estaban yendo a Cristo, para ir al desierto con el fin de hablar con un hombre?

¿Pero quién era aquel hombre? Era el eunuco etíope, un hombre que era el tesorero de los etíopes. Recordarán ustedes la historia de cómo fue preparado por el Espíritu Santo. Al correr Felipe junto al carro, le oyó al etíope que leía del rollo de Isaías y le preguntó si entendía lo que leía, a lo que éste le contestó: “¿Pues cómo podré yo a menos que alguien me guíe? Cuando Felipe fue y se sentó a su lado, se encontró con que estaba leyendo exactamente el lugar indicado, Isaías 53. Comenzando en ese punto, Felipe le predicó acerca de Jesús y le ganó para Cristo.

Así es siempre el testimonio dirigido por el Espíritu, el hombre apropiado en el lugar indicado en el momento oportuno diciendo lo apropiado a la persona indicada. Esta es una de las primeras evidencias en este libro de la actividad directriz general del Espíritu Santo.

En el capítulo nueve, el Espíritu Santo llama a un hombre que iba camino a Damasco y envía a otro hombre a que ore por él, Ananias, que se quedó totalmente asombrado por lo que le había sido encomendado. “Señor dijo, “no sabes lo que estás pidiendo. Pero Dios le respondió “se a quién he llamado y es un instrumento que yo he escogido.

En el capítulo 13 dice que el Espíritu Santo le dijo a la iglesia en Antioquía: “Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado. (Hechos 13:2) Más adelante en el libro, Pablo dice: “procuraban entrar en Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo permitió. Por lo que comenzaron a predicar el evangelio en Asia, pero también el Espíritu se lo prohibió. (Hechos 16:6,7) Por todo este libro nos encontramos con que la estrategia ha sido planificada por adelantado por el Espíritu Santo. Cuando los cristianos se ponen a su disposición, él les va mostrando la estrategia a seguir paso a paso y no hay nadie que pueda planear esta clase de programa. Lo único que podemos hacer es estar dispuestos a seguir la dirección general del Espíritu de Dios que obra en la iglesia y esa es la estrategia divina.

Más adelante en Hechos encontramos el Espíritu Santo en otro de los aspectos del ministerio, haciendo algo que ningún hombre puede hacer: dando vida a los que creen. Dondequiera que es predicado el evangelio, dondequiera que se transmite la Palabra de Dios, siempre que las buenas nuevas de la obra del Señor Jesús se predique a los hombres, el Espíritu Santo estará ahí para comunicar vida.

¿Se han fijado ustedes alguna vez en quién es el que hace el llamamiento al altar en el libro de Hechos? Es casi de manera invariable aquellos a los que se les está predicando. Así sucedió en el día de Pentecostés. Al predicar el Espíritu de Dios por boca de Pedro a miles que habían sido llamados por el impresionante milagro de las lenguas después de descender sobre ellos el Espíritu Santo, Pedro solo logró llegar a la mitad de su mensaje. De hecho, no había tocado más que el segundo punto. ¿Qué fue lo que sucedió? Se sintieron convencidos en sus corazones y le interrumpieron preguntándole: “predicador ¿qué debemos hacer para ser salvos?

Es el Espíritu Santo que se comunica con ellos, impartiendo vida a los que creen. En este sentido, en el Evangelio de Juan encontramos un versículo que es de gran ayuda. Es algo que he leído en cantidad de ocasiones con el fin de recordarme a mi mismo que no se trata de una invitación para conseguir que las personas vengan a Cristo, sino que es la verdad, tal y como la proclama el Espíritu Santo. En el capítulo ocho de Juan, Cristo está explicando su mensaje a sus seguidores. El es la luz del mundo y se revela a los hombres. El versículo 30 dice: “Mientras él decía estas cosas, muchos creyeron en él al ser predicada la palabra.

No es solo que el Espíritu Santo comunica vida, como lo hizo en la casa de Cornelio (mientras el mensaje estaba siendo predicado el Espíritu Santo cayó sobre los que estaban allí reunidos), sino que está obrando conservando la pureza de la iglesia.

En la actualidad hay grupos de personas cuya única ocupación parece ser la de defender la fe, conservando, si pueden, la pureza de la iglesia. Muchas de estas personas van tan lejos que hasta ponen en aprietos hasta a los pastores que nada sospechan e intentan convencerles para que echen a aquellos que no están de acuerdo o que tienen ideas herejes en la iglesia. Su intención, perfectamente apropiada, es intentar conservar la pureza de la iglesia.

Pero en todo el libro de los Hechos descubrirán ustedes que el mismo Espíritu Santo se encarga de esta labor. Cuando la iglesia cumple con su misión y está disponible, dispuesta a ser instrumento en la actividad y en la vida del Espíritu Santo, él está obrando para conservar la pureza de la iglesia. Por ejemplo, hay un incidente asombroso que tiene lugar al principio del libro. La hipocresía de Ananias y de Safira se pone de manifiesto cuando intentan adjudicarse una santidad que de hecho no poseían. (Hechos 5:1-11) Quisieron causar la impresión de ser personas más dedicadas o entregadas de lo que eran en realidad, se esforzaron por ganarse la reputación de ser santos entre los cristianos solamente por la apariencia exterior. Pero el juicio del Espíritu Santo se manifestó de inmediato en la forma de su muerte física. Hoy en día no juzga de ese modo (al menos no hasta ese punto). Este es un ejemplo para mostrarnos lo que hace el Espíritu de Dios a nivel espiritual, pero al principio, juzga a nivel físico, a fin de que veamos de qué modo se aplica este principio. Pero ya sea espiritual o físicamente, el resultado es realmente el mismo. Que alguien comience a valerse de su postura religiosa, de sus oportunidades cristianas con el fin de promover su propia santidad a los ojos de los demás, pretender poseer una santidad que no posee en realidad y ¿qué sucede? El Espíritu de Dios le elimina de la manifestación de la vida de Cristo y de inmediato esa vida carece de poder, se vuelve débil y sin fruto, estando muerta en lo que se refiere al efecto que ejerce sobre los que le rodean, como lo estuvieron Ananias y Safira al caer muertos al suelo junto a los pies de Pedro.

Finalmente, lo que más enfatiza este libro y lo sorprendente acerca de estos cristianos, la cualidad que hacía que asombrasen continuamente a aquellos que les escuchaban predicar, es que el Espíritu de Dios está siempre obrando, haciendo valientes a los cristianos. ¿Se ha fijado usted en la osadía de estos cristianos? En una ocasión vemos a Pedro y a Juan ocultándose detrás de unas puertas cerradas, atemorizados de andar por las calles de Jerusalén debido a la enemistad de los judíos contra el Señor Jesús. Pero ahora, una vez que ha descendido sobre ellos el Espíritu de Dios, están por las calles y por los atrios del templo proclamando con valentía la verdad sobre Jesucristo. Al ser encerrados en la cárcel, el ángel les libera y vuelven de nuevo a los atrios del templo para orar y predicar una vez más.

Son nuevamente arrestados y la iglesia intercede por ellos en oración, pidiéndole a Dios que puedan salir a fin de predicar otra vez el evangelio en el mismo lugar. En otras palabras, están diciendo: “Señor, hazlo otra vez. La última vez nos metimos en graves problemas, pero a pesar de ello, vuelve a hacerlo Señor. Su arrojo era simplemente irresistible. Incluso aquellos que eran enemigos encarnizados del evangelio no podían resistirse a la osadía con que proclamaban la verdad.

Ese es el programa de Dios y es el Espíritu Santo el que toma el control de todo, dándoles las energías, guiándoles, dirigiéndoles, programando, llenándoles de poder y transmitiendo vida. El lo hace todo. No depende de nosotros hacer nada, a parte de estas disponibles, dispuestos a ser sus instrumentos, preparados a ir a donde él quiera enviarnos, a abrir nuestras bocas, listos para aprovechar cualquiera que sea la situación en la que nos coloque. Es tarea del Espíritu, que no deja nunca de cumplir, llevar a cabo el ministerio y eso es precisamente lo que le ha venido faltando a la iglesia, ¿no es cierto? Es lo que tanto encontramos aquí en el libro de Hechos.

En este libro se nos revela este programa, tanto desde el punto de vista geográfico como desde el cronológico. En el capítulo uno encontramos la dimensión geográfica (versículo 8):

“Pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo haya venido sobre vosotros, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra.”

Se puede dividir el libro sobre esta base y éste es un índice de materias divino. Los primeros siete capítulos están relacionados con el hecho de ser testigos de Cristo en Jerusalén. En el capítulo ocho nos encontramos con que se produce una interrupción y los discípulos son echados de Jerusalén, yendo a Judea y a Samaria. Comenzando por el capítulo 13 encontramos el llamamiento de Pablo y Bernabé para que saliesen al mundo gentil y ahí empieza la historia de la extensión del evangelio hasta lo último de la tierra. Ese es el programa de Dios, en lo que se refiere a la extensión geográfica del evangelio y es solo durante nuestra propia generación cuando vemos que esto empieza a cumplirse.

En el capítulo dos vemos cómo se cumple el mismo programa, desde el punto de vista cronológico (en cuanto al tiempo). En este caso, las personas se quedan asombradas por el derramamiento del Espíritu Santo, preguntando qué deben hacer para ser salvas, según nos dice Pedro (versículos 38-39):

“Arrepentios [es decir, cambiad de manera de pensar] y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de vuestros pecados y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa es para vosotros. Esto se dirigía a la misma generación a la que le estaba predicando “a vosotros y a vuestros hijos [a la próxima generación] y a todos aquellos que se encuentran aún distantes a lo largo de los siglos. Sea cual fuere el número de las generaciones que puedan vivir en esta era de la gracia, la promesa es para vosotros y para todos ellos, para que todo el que reciba al Señor Jesucristo, le sea dada la promesa del Espíritu Santo. “A todos los que se encuentran distantes, a todos los que el Señor nuestro Dios llame a sí mismo. Ese es el programa de Dios en la dimensión del tiempo.”

Comenzó, con la primera acción después de la ascensión de Cristo, al completarse de nuevo el número de los discípulos, es decir, al ser doce una vez más. Aquí, debo ponerme de parte de aquellos de mis colegas que sugieren que Matías fue escogido como uno de los discípulos conforme a la energía de la carne, y que fue una equivocación por parte de los hombres, que Dios escogió a Pablo en lugar de a Matías. Estoy convencido de que este relato deja muy claro que Matías fue escogido bajo la superintendencia del Espíritu Santo y que fue colocado en el debido lugar en el momento oportuno.

En este relato, Pedro se puso en pie y citó las Escrituras, diciendo que había sido anunciado que sería escogido uno para ocupar el lugar de Judas. “Y otro ocupe su cargo (Hechos 1:20) Su conclusión es:

“Por tanto, de estos hombres que han estado junto con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que fue tomado de nosotros y recibido arriba, es preciso que uno sea con nosotros testigo de su resurrección.” (Hechos 1;21-22)

Entonces, como saben ustedes, fueron escogidos dos hombres, José (llamado Barsabás) y Matías y mediante la práctica de un método perfectamente apropiado, uno que se usaba repetidamente en los tiempos del Antiguo Testamento para decidir la manera de pensar de Dios (el echar suertes) fue escogido Matías. Encontramos otra indicación de que esta decisión se efectuó bajo la dirección y supervisión del Espíritu Santo se encuentra en el capítulo dos, donde dice que en el día de Pentecostés, cuando fue derramado el Espíritu Santo, Pedro se puso en pie con los once. Pedro (uno) con los once (los doce juntos) eleva su voz y se dirige a la asamblea allí reunida. (Hechos 2:14) Y en el capítulo seis, mucho antes de que Pablo fuese llamado como apóstol de los gentiles, leemos (versículos 1,2):

“En aquellos días, como crecía el número de los discípulos, se suscitó una murmuración de parte de los helenistas [es decir, de los judíos griegos] contra los hebreos, de que sus viudas eran desatendidas en la distribución diaria. Así que, los doce convocaron a la multitud de los discípulos…”

¿Qué doce? Pues los once juntamente con Matías, que había sido escogido para ocupar el lugar de Judas, completando el número de los testigos. Es sobre estos doce, el número completo de los apóstoles, sobre los que se derramó el Espíritu Santo en el día de Pentecostés.

Recordarán ustedes que en el libro de Apocalipsis los nombres de los doce apóstoles formaron el fundamento de la ciudad que vio Juan descendiendo del cielo, los doce con Matías. (Apoc. 21:12, 13) Había doce apóstoles de Israel y era preciso que hubiese doce. Judas cayó, pero Dios escogió a Matías para ocupar su lugar como testigo ante Israel, pero es Pablo el que es un apóstol especial, llamado a ser apóstol entre los gentiles.

Esto no significa que los otros apóstoles no tengan un ministerio que realizar entre nosotros, claro que lo tienen, pero se había acordado entre ellos que Dios había decidido que Pedro iría a Israel, mientras que Pablo iría a los gentiles. Les fue dado el mismo mensaje a los dos, pero los doce habían sido especialmente escogidos para ser un testimonio completo y divino ante Israel, y cumplieron totalmente dicho ministerio. Una vez que fue restaurado el número completo de los apóstoles, tuvo lugar la gran señal del libro de Hechos, el derramamiento del Espíritu Santo. Todo lo demás se deriva de este importante acontecimiento. Lo interesante es ver cómo los cristianos, al leer acerca de este asombroso suceso, han centrado su atención en lo incidental, descuidando lo esencial. ¿Qué es lo incidental en este caso? El viento que sopla, el fuego que danzaba sobre las cabezas de los discípulos, y las muchas lenguas o idiomas que hablaban. Estos son datos incidentales de la historia. Son sencillamente los acontecimientos periféricos que sucedieron, las señales que mostraron que estaba sucediendo algo importante.

¿Qué era entonces lo esencial y lo importante? Era la formación de un nuevo pueblo, la iglesia. Se reunieron en los patios del templo ciento veinte personas, que no tenían relación entre sí, como podría suceder con personas que procediesen de diferentes lugares de la tierra en la actualidad. Estaban individualmente relacionadas con el Señor, pero no tenían lazos de consanguinidad. Cuando fue derramado sobre ellas el Espíritu Santo, les bautizó en un solo cuerpo, convirtiéndose en una unidad viviente y ya no estaban relacionadas solamente con el Señor, sino que estaban relacionadas unas con otras.

Se convirtieron en un organismo vivo, que fue a partir de ese momento y que sigue siendo, el cuerpo de Cristo, el medio por el cual habla al mundo, por medio del cual se le ha concedido una existencia de carne y sangre en nuestros días. Se convirtieron en un pueblo nuevo, gracias a un nuevo poder, el del Espíritu Santo, que habitaba en ellos uniéndoles unos a otros e introduciendo entre ellos un nuevo programa. Como ya hemos visto, el propósito era alcanzar a Jerusalén, a Judea, a Samaria y hasta los últimos rincones de la tierra, a lo largo del tiempo, de una generación a la próxima, hasta la venida de Jesucristo. Esos son los datos esenciales. ¿No resulta extraño de qué modo concentramos nuestra atención sobre cosas de poca importancia, al tiempo que descuidamos asuntos de una tremenda importancia que el Espíritu Santo desea impartirnos?

El resto del libro trata acerca del llamamiento de Pablo, el constructor sabio, aquel al que había seleccionado el Espíritu Santo para servir de ejemplo a los cristianos gentiles. Por eso fue por lo que Pablo tuvo que someterse a un período de intensa preparación por parte del Espíritu Santo, durante el cual se vio sometido a las más rigurosas pruebas que ha tenido que soportar ningún ser humano. Fue enviado a su ciudad natal para vivir en ella como un desconocido durante siete años, hasta que aprendió la gran lección que el Espíritu Santo intenta enseñar a cada cristiano y sin la cual ninguno de nosotros podemos ser efectivos para él. Según palabras de nuestro Señor mismo:

“A menos que el grano de trigo caiga en la tierra y muera, queda solo.” (Juan 12:24)

Al seguir la carrera del apóstol Pablo, descubrimos que al igual que nos ha sucedido a cada uno de nosotros, al principio de venir a Cristo, no lo entendió. Como hubiéramos razonado nosotros de haber estado en su lugar, estaba convencido de que estaba preparado para todo y que estaba especialmente capacitado para ser la clase de instrumento que podría ser utilizado por Dios con poder para ganar a Israel a Cristo. Sin duda se diría a sí mismo, como revela en la epístola a los Filipenses, que tenía la capacitación necesaria y la preparación adecuada. Era hebreo de nacimiento, había sido educado conforme a la ley y en el entendimiento de los hebreos, tenía la posición, era el alumno favorito del más importante de los profesores de Israel, llamado Gamaliel, y era fariseo por excelencia, por lo que entendía todo lo relacionado con la historia y los antecedentes hebreos.

Teniendo consciencia de sus propios antecedentes y capacitación brotó en su corazón ese latido que nos encontramos constantemente manifestándose y acerca del cual leemos de vez en cuando en los escritos de este poderoso hombre. Este anhelo ardiente de ser un instrumento para alcanzar a Israel para Cristo. En el capítulo noveno de Romanos dijo: “porque desearía yo mismo ser separado de Cristo por el bien de mis hermanos, los que son mis familiares según la carne. (Rom. 9:3) Pero Dios le había dicho a este hombre: “No quiero que alcances a Israel, sino que deseo que te conviertas en el apóstol de los gentiles, para llevar mi nombre ante los reyes y para predicar a los gentiles sobre las inescrutables riquezas de Cristo.

¿Recuerdan ustedes cómo salió al desierto, dónde Dios le enseñó? Luego le envió de regreso a su hogar en Tarso. Después de haber intentado predicar a Cristo en Damasco, según la energía de su propia carne y dándose cuenta de que estaba fracasando, fue sacado de la ciudad, como si hubiera sido un criminal, teniendo que descender en una cesta por la muralla de la ciudad. Con el corazón destrozado y derrotado, encontró el camino hasta Jerusalén y pensó que al menos los apóstoles le permitirían estar con ellos, pero también ellos le dejaron de lado. Fue solo cuando Bernabé intercedió por él cuando fue aceptado por los apóstoles.

Y luego, entrando en el templo, se encontró al Señor que le dijo: “Vuelve a tu hogar. Vete de la ciudad porque aquí no recibirán tu testimonio. No perteneces aquí y este no es el lugar al que te he llamado. (Hechos 22:17-21) En Tarso se enfrentó por fin con lo que Dios le había estado diciendo todo el tiempo, que a menos que estuviese dispuesto a morir (o renunciar) a su propia ambición de ser un apóstol en Israel, no podría ser nunca un siervo de Cristo y cuando recibió por fin su comisión y se la tomó en serio, dijo: “Señor, iré donde tú quieres que vaya. Dondequiera que desees mandarme. Estoy dispuesto a ir. Dios le envió a Bernabé, que le tomó de la mano y le llevó a Antioquía, a una iglesia gentil, y allí comenzó el apóstol Pablo su ministerio.

El libro acaba con Pablo en Roma, predicando en su misma casa alquilada, encadenado de día y de noche a un guardia romano, sin poder salir, sin poder seguir adelante con la evangelización por todos los rincones de la tierra, como deseaba ardientemente hacer en su corazón, viéndose limitado, encadenado y atado, a pesar de lo cual, como escribe a los Filipenses, siente en su corazón y tiene plena consciencia de que a pesar de estar encadenado, la palabra de Dios no lo está.

Una de las palabras más asombrosas en toda la escritura es la que aparece aquí, al escribir Pablo a sus amigos en Filipos diciéndoles: “quiero que sepáis que las cosas que han sucedido han redundado mas bien para el adelanto del evangelio. (Fil. 1:12) No han limitado nada, no han impedido que nada siga adelante. Estos obstáculos, y estas aparentes decepciones no han impedido nada, solo han servido para avanzar el evangelio. Y a continuación nos presenta dos maneras concretas de cómo estaba sucediendo esto. Una de ellas era en relación con lo mejorcito del ejército romano, que formaba la guardia especial del palacio del emperador, que estaban siendo traídos a Cristo uno por uno. La guardia del Pretorio estaba siendo alcanzada y, como es natural, ya sabemos cómo estaba sucediendo. Estaban siendo traídos por orden del emperador y siendo encadenados al apóstol Pablo durante seis horas. ¡Hablando de una audiencia cautiva! Dios estaba usando al emperador para traer a sus mejores muchachos y encadenarlos al apóstol durante seis horas de instrucción sobre el evangelio cristiano. No es, pues, de sorprender que Pablo escriba al final de su epístola: “todos los santos os saludan y mayormente los que pertenecen a la casa de César. (Fil. 4:22)

La segunda cosa es que debido a que Pablo había sido arrestado, todos los demás hermanos en la ciudad estaban ocupados predicando el evangelio, por lo que el evangelio se estaba extendiendo más en Roma debido a que él estaba en la cárcel de lo que lo hubiera sido de haber estado Pablo en libertad. El dijo: “me regocijo en ello. ¡Eso siempre me sugiere que una de las mejores maneras de evangelizar a una comunidad podría ser meter a todos los predicadores en la cárcel!

Pero hay una tercera ventaja de la que el apóstol no era consciente, algo que jamás soñó que pudiese suceder. Vemos ahora, al volver la vista atrás, que la cosa más importante que jamás hizo Pablo durante toda su vida no fue predicar el evangelio y plantar iglesias, como podría haber creído, sino que el mayor de sus logros fue las epístolas que no habría escrito nunca a las iglesias de no haberse encontrado en prisión. Gracias a estas epístolas, la iglesia ha recibido el ministerio, ha sido alimentada y fortalecida durante los 200 siglos de la vida de la iglesia.

Como saben ustedes, el libro de Hechos es un libro inacabado. No ha sido nunca completado, sino que termina de repente. Lucas ni siquiera escribe la palabra fin al final del mismo, sino que lo deja tal cual. No vuelve nunca a esa parte porque, como es natural, el Espíritu Santo quiso que quedase sin terminar y todavía se está escribiendo. El libro de Hechos es el relato de las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar. ¿Ha terminado ya? No, él sigue aún realizando su obra ¿verdad? El volumen número 20 se está escribiendo actualmente. Cuando este libro quede totalmente acabado y lo podamos leer en la gloria, ¿qué parte habrán representado ustedes en él?

Oración

Padre, te damos muchas gracias por este maravilloso libro que nos desafía, nos bendice, nos estimula y nos deleita, haciendo que nos pongamos nuevamente en tus manos y a que seamos dirigidos por tu gracia, olvidando todas las tradiciones de los hombres y haciendo que volvamos de nuevo al programa y a la estrategia de Dios. Cuánto te agradecemos, Señor, que todo él sigue siendo tan vibrantemente cierto como lo ha sido siempre, y que en estos tiempos del siglo veinte, podemos descubrir de nuevo por nosotros mismos todo lo que contiene este libro. Te damos gracias en el nombre de Cristo, amen.

~ por Arq. Adolfo Becerril S. en junio 19, 2008.

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