14-ESTUDIO BIBLICO PERSONAL – Las Escrituras y Cristo – 14/30

 

Las Escrituras y Cristo

El orden que seguimos en esta serie es el de la experiencia. No es hasta que el hombre está completamente disgustado consigo mismo que empieza a aspirar hacia Dios. La criatura caída, engañada por Satán, está satisfecha de ella misma, hasta que sus ojos cegados por el pecado son abiertos para darse una mirada a sí mismo.

El Espíritu Santo obra primero en nosotros un sentimiento de nuestra ignorancia, vanidad, pobreza y corrupción, antes de llevarnos a percibir y reconocer que en Dios solamente podemos encontrar verdadera sabiduría, felicidad real, bondad perfecta y justicia inmaculada. Hemos de ser hechos conscientes de nuestras imperfecciones antes de poder apreciar rectamente las divinas perfecciones. Cuando contemplamos las perfecciones de Dios, el hombre se convence más aún de la infinita distancia que le separa del Altísimo. Al conocer algo de las exigencias que Dios le presenta, y ante su completa imposibilidad de cumplimentarlas, está preparado a escuchar y dar la bienvenida a las buenas nuevas de que Otro ha cumplido plenamente estas exigencias para todos los que creen en El.

“Escudriñad las Escrituras», dijo el Señor Jesús, y luego añadió: porque… ellas son las que dan testimonio de Mí” (Juan 5:39). Testifican de El cómo el único Salvador para los pecadores perdidos, cómo el único Mediador entre Dios y el hombre, cómo el único que puede acercarse al Padre. Ellas testifican las maravillosas perfecciones de su persona, las glorias variadas de los oficios que cumple, la suficiencia de su obra consumada. Aparte de la Escritura, no le podemos conocer. En ellas solamente es que nos es revelado. Cuando el Santo Espíritu muestra al hombre algunas de las cosas de Cristo, haciéndolo con ello conocido al alma, no usa otra cosa que lo que está escrito. Aunque es verdad que Cristo es la clave de la Escritura, es igualmente verdad que sólo en la Escritura tenemos un descubrimiento del “misterio de Cristo” (Efesios 3:4).

Ahora bien, la medida de lo que nos beneficiamos de la lectura y estudio de las Escrituras puede ser determinado por la extensión en que Cristo ha pasado a ser más real y más precioso en nuestros corazones. El “crecer en la gracia” se define como «y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo» (2.a Pedro 3: 18): La segunda parte del versículo no es algo añadido a la primera, sino una explicación de la misma. El “conocer” a Cristo (Filipenses 3:10) era el anhelo y objetivo supremo del apóstol Pablo, deseo y objetivo al cual subordinaba todos sus otros intereses. Pero, notémoslo bien: el “conocimiento” del cual se habla en estos versículos no es intelectual, sino espiritual, no es teórico sino experimental, no es general, sino personal. Es un conocimiento sobrenatural, que es impartido en el corazón regenerado por la operación del Santo Espíritu, según El mismo interpreta y nos aplica las Escrituras concernientes al mismo.

Ahora bien, el conocimiento de Cristo que el Espíritu bendito imparte al creyente por medio de las Escrituras, le beneficia de diferentes maneras, según los marcos, circunstancias y necesidades variables. Con respecto al pan que Dios dio a los hijos de Israel durante su peregrinaje en el desierto, se dice que “algunos recogían más, otros menos” (Éxodo 16:17). Lo mismo es verdad de nuestra captación de El, de quien el maná era un tipo. Hay algo en la maravillosa persona de Cristo que es exactamente apropiado a cada condición, cada circunstancia, cada necesidad, tanto en el tiempo como en la eternidad. Hay una inagotable plenitud en Cristo (Juan 1: 16) que está disponible para que saquemos de ella, y el principio que regula la extensión en la cual pasamos a ser «fuertes en la gracia que es en Cristo Jesús» (2ª Timoteo 2: l), es “según tu fe te sea hecho” (Mateo 9:29).

1. Un individuo se beneficia de las Escrituras cuando éstas le revelan su necesidad de Cristo. El hombre en su estado natural se considera autosuficiente. Es verdad, tiene una vaga percepción de que hay algo que no está del todo bien entre él y Dios, sin embargo no tiene dificultades para convencerse de que puede hacer lo necesario para propiciarle. Esto está a la base de toda religión humana, empezada por Caín, en cuyo «camino» (Judas 11) todavía andan las multitudes. Dile a un devoto «religioso formalista» que “los que viven según la carne no pueden agradar a Dios”, y al punto su urbanidad y cortesía hipócritas son sustituidas por la indignación. Así era cuando Cristo estaba en la tierra. El pueblo más religioso de todos, los judíos, no tenían sentido de que estaban “perdidos” y en desesperada necesidad de un Salvador Todopoderoso.

“Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos” (Matea 9:12). Es la misión particular del Espíritu Santo, por medio de su aplicación de las Escrituras, el redargüir a los pecadores de pecado y convencerles de su desesperada condición, llevarles a ver que su estado es tal que “desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en ellos cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga” (Isaías 1:6). Cuando el Espíritu nos convence de pecado -nuestra ingratitud a Dios, nuestro murmurar, nuestro descarrío de El- cuando insiste en los derechos de Dios -su derecho a nuestro amor, obediencia y adoración- y todos nuestros tristes fallos en rendirle lo que se le debe, entonces reconocemos que Cristo es nuestra única esperanza, y que, excepto si nos acogemos a El como refugio, la justa ira de Dios caerá irremisiblemente sobre nosotros.

Ni hemos de limitar esto a la experiencia inicial de la conversión. Cuando más el Espíritu profundiza su obra de gracia en el alma regenerada, más consciente se vuelve el individuo de su contaminación, su pecaminosidad y su miseria; y más descubre su necesidad de la preciosa sangre que nos limpia de todo pecado, y le da valor. El Espíritu está aquí para glorificar a Cristo, y la manera principal en que lo hace es abriéndonos los ojos más y más para que veamos por quién murió Cristo, cuán apropiado es Cristo para las criaturas desgraciadas, ruines y contaminadas. Sí, cuanto, más nos beneficiamos realmente de nuestra lectura de las Escrituras, más vemos nuestra necesidad de Cristo.

2. Un individuo se beneficia de las Escrituras cuando éstas le hacen a Cristo más real, en él gran masa de la nación israelita no veía más que la cáscara externa en las ceremonias y ritos que Dios les había dado, pero el remanente regenerada tuvieron el privilegio de ver a Cristo mismo. “Abraham se regocijó viendo mi día”, dijo Cristo (Juan 8:56). Moisés estimó el «reproche de Cristo» más que las grandes riquezas y tesoros de Egipto (Hebreos 11:26). Lo mismo es en el Cristianismo. Para las multitudes, Cristo no es más que un nombre, a lo más un personaje histórico. No tiene tratos personales con El, no gozan de comunión espiritual con El. Si ellos oyen a uno hablar del arrebatamiento de su excelencia, le consideran como un fanático o un entusiasta. Para ellos Cristo es vago, ininteligible, irreal. Pero para el cristiano consagrado la cosa es muy distinta. El lenguaje de su corazón es:

Oí la voz de Jesucristo

No quiero oír ya otra.

Vi la faz de Jesucristo

Esto ya basta a mi alma.

Sin embargo esta visión bienaventurada no es la experiencia sistemática e invariable de los santos. Tal como hay nubes entre el sol y la tierra ocasionalmente, también hay fallos en nuestro camino que interrumpen nuestra comunión con Cristo y sirven para escondernos la luz de su rostro. “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él” (Juan 14:21). Sí, es a aquel que por la gracia anda por el camino de la obediencia a quien el Señor Jesús se manifiesta. Y cuando más frecuentes y prolongadas son estas manifestaciones, más real El se vuelve para el alma, hasta que Puede decir con Job: «De oídas te conocía; más ahora mis ojos te ven.» De modo que cuanto más Cristo pasa a ser una realidad viviente en mí, más me beneficio de la Palabra.

3. Un individuo se beneficia de las Escrituras cuando más absorbido queda en las perfecciones de Cristo. Lo que lleva al alma a Cristo al principio es un sentido de necesidad, pero lo que le atrae después es la comprensión de su excelencia, Y ésta le hace seguirlo. Cuanto más real se vuelve ¡Cristo, más somos atraídos por sus perfecciones. Al principio lo vemos sólo como un Salvador, pero cuando el Espíritu continúa llevándonos a las cosas de Cristo y nos las muestra, descubrimos que en su cabeza hay “muchas coronas” (Apocalipsis 19:12). En el Antiguo Testamento se le llama: “Su nombre será llamado Admirable” (Isaías 9:6). Su nombre significa todo lo que es, según nos hacen conocer las Escrituras. “Admirables” son sus oficios, en su número, variedad y suficiencia. El es el Amigo más íntimo que el hermano, la ayuda segura en tiempo de necesidad. El es el Sumo Sacerdote, que comprende nuestras flaquezas. El es el Abogado para con el Padre, que defiende nuestra causa cuando Satán nos acusa.

Tenemos la necesidad de estar ocupados con Cristo, estar sentados a sus pies como María, y recibir de su plenitud. Nuestro deleite principal debería ser: “Considerar al Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra profesión” (Hebreos 3: 1): para contemplar las variadas relaciones que tiene con nosotros, meditar en las muchas promesas que nos ha dado, regalarnos en el maravilloso e inmutable amor que nos tiene. Al hacerlo, nos deleitaremos en el Señor, de forma que los cantos de sirena del mundo no tendrán el menor encanto para nosotros. ¿Conoces, lector amigo, algo de esto en tu experiencia presente? ¿Es tu gozo principal el estar ocupado con El? Si no, tu lectura y estudio de la Biblia te han beneficiado muy poco de verdad.

4. Un individuo se beneficia de las Escrituras cuando Cristo se vuelve más precioso para él. Cristo es precioso en la estimación de los verdaderos creyentes (1.a Pedro 2:7). Su nombre es para ellos “ungüento derramado”. Consideran todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús su Señor (Filipenses 3:8). Como la gloria de Dios que apareció como una visión maravillosa en el templo y en la sabiduría y esplendor de Salomón, atrajo adoradores desde los últimos cabos de la tierra, la excelencia de Cristo, sin paralelo, que fue prefigurada por aquella, es más poderosa aún para atraer los corazones de su pueblo. El Demonio lo sabe muy bien, y por ello sin cesar se ocupa en cegar la mente de aquellos que no creen, colocando delante de ellos todos los atractivos del mundo. Dios le permite también que asalte al creyente, porque está escrito: “Resistid al diablo, y de vosotros huirá” (Santiago 4:7). Resistidle por medio de la oración sincera y fervorosa y específica, pidiendo al Espíritu que te atraiga los sentidos hacia Cristo.

Cuanto más nos dejamos absorber por las perfecciones de Cristo, más le amamos y le adoramos. Es la falta de conocimiento experiencial de El que hace que nuestros corazones sean fríos hacia El. Pero, donde se cultiva la comunión diaria el cristiano puede decir con el Salmista: “¿A quién tengo en el cielo sino en Ti? No hay para mí otro bien en la tierra” (Salmo 73:25). Esto es la verdadera esencia y naturaleza distintiva del verdadero Cristianismo. Los fanáticos legalistas pueden ocuparse diligentemente de diezmar la menta, el anís y el comino, pueden recorrer mar y tierra para arrastrar un prosélito, pero no tienen amor a Dios en Cristo. Es el corazón lo que Dios contempla: “Hijo mío, dame tu corazón” (Proverbios 23:26), nos pide. Cuanto más precioso es Cristo para nosotros más se deleita El en nosotros.

5. Un individuo que se beneficia de las Escrituras tiene una confianza creciente en Cristo. Hay “fe pequeña” (Mateo 14:3) y “fe grande” (Mateo 8:10). Hay la “plena seguridad de la fe” (Hebreos 10: 22), y el confiar en el Señor “de todo corazón” (Proverbios 3:5). De la misma manera que hay el crecer “de fortaleza en fortaleza” (Salmo 84:7), leemos de ir “de fe en fe” (Romanos 1:17). Cuanto más firme y fuerte es nuestra fe, más honramos a Jesucristo. Incluso en una lectura rápida de los cuatro Evangelios se revela el hecho que nada complacía más al Señor que la firme confianza que ponían en El aquellos que realmente contaban con El. El mismo vivió y anduvo por fe, y cuanto más lo hacemos, más son confirmados los “miembros” como una unidad con la “cabeza”. Por encima de todo hay una cosa que hemos de proponernos y buscar diligentemente en la oración: que aumente nuestra fe. De los Tesalonicenses Pablo pudo decir: “vuestra fe va creciendo” (II Tesalonicenses 1:3).

Ahora bien, no podemos confiar en Cristo en lo más mínimo a menos que le conozcamos, y cuanto mejor le conocemos más confiaremos en El. “En ti confiarán los que conocen tu nombre” (Salmo 9: 10). A medida que Cristo pasa a ser más real al corazón, nos ocupamos más y más con sus perfecciones y El se vuelve más precioso para nosotros, la confianza en El se profundiza hasta que pasa a ser tan natural confiar en El como respirar. La vida cristiana es andar por fe (2ª Corintios 5:7), y esta misma expresión denota un progreso continuo, una liberación progresiva de las dudas y los temores, una seguridad más plena de que todas sus promesas serán realiza as. Abraham es el Padre de los creyentes, y por ello la crónica de su vida nos proporciona una ilustración de lo que significa una confianza que se va haciendo más profunda. Primero, obedeciendo una simple palabra de Dios abandonó todo lo que amaba según la carne. Segundo, prosiguió adelante dependiendo simplemente de El y residió como extranjero y peregrino en la tierra prometida, aunque nunca tuvo bajo su posesión un palmo de la misma. Tercero, cuando se le prometió que le nacería simiente en su edad provecta, no consideró los obstáculos que había en el cumplimiento de la promesa, sino que su fe le hizo dar gloria a Dios. Finalmente, cuando se le llamó para ofrendar a Isaac, a pesar de que esto impediría la realización de la promesa en el futuro, consideró que Dios «podía levantarle incluso de los muertos» (Hebreos 11: 19).

En la historia de Abraham se nos muestra cómo la gracia puede someter un corazón incrédulo, cómo el espíritu puede salir victorioso de la carne, cómo los frutos sobrenaturales de una fe dada y sostenida por Dios pueden ser producidos por un hombre con pasiones o debilidades como las nuestras. Esto se nos presenta para animarnos, para que oremos que Dios quiera obrar en nosotros lo que obró en el padre de los fieles. No hay nada que complazca, honre y glorifique a Cristo como la confianza firme y expectante, cuál de un niño, por parte de aquellos a quienes ha dado motivo para que confíen en El de todo su corazón. Y nada evidencia mejor que nos hemos beneficiado de las Escrituras que una fe creciente en Cristo.

6. Un individuo se beneficia de las Escrituras cuando éstas engendran en él un deseo cada vez más profundo de agradar a Cristo. “No sois vuestros, pues comprados sois por precio» (1ª Corintios 6:19, 20), es el primer gran hecho que el cristiano tiene que entender bien. Para ello no debe «vivir para sí sino para aquel que murió El” (2ª Corintios 5:15). El amor se deleita en agradar lo que ama, y cuanto más el afecto nos atraiga a Cristo más desearemos honrarle por medio de una vida de obediencia a su voluntad, según la conocemos. “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:23). No es en emociones alegres y felices o en profesiones verbales de devoción, sino en el tomar su yugo y someternos prácticamente a sus preceptos que honramos a Cristo principalmente.

En este punto es, precisamente, que se comprueba la autenticidad de nuestra profesión de fe. ¿Tiene fe en Cristo aquél que no hace ningún esfuerzo para conocer su voluntad? ¡Qué desprecio para un rey si sus súbditos rehusaran leer sus proclamas! Donde hay fe en Cristo habrá deleite en sus mandamientos y tristeza cuando son quebrantados. Cuando desagradamos a Cristo lamentamos nuestro fallo. Es imposible creer seriamente que fueron mis pecados los que causaron que el Hijo de Dios derramara su preciosa sangre sin que yo aborrezca estos pecados. Si Cristo sufrió bajo el pecado, también hemos de sufrir nosotros. Y cuanto más sinceros son estos gemidos, más sinceramente buscaremos gracia para ser librados de todo lo que desagrada al Redentor, y reforzar nuestra decisión para hacer todo lo que le complace.

7. Un individuo se beneficia de las Escrituras cuando le hacen anhelar la segunda venida de Cristo. El amor puede satisfacerse sólo con la vista del objeto amado. Es verdad que incluso ahora contemplamos a Cristo por la fe; sin embargo es “como a través de un espejo, oscuramente”. Pero, cuando venga le veremos “cara a cara” (1ª Corintios 13:12). Entonces se cumplirán sus propias palabras: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que dónde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo” (Juan 17:24). Sólo esto satisfará plenamente los deseos de su corazón, y sólo esto llenará los anhelos de los redimidos. Sólo entonces «verá el fruto de su trabajo y será satisfecho» Isaías 53: 1l); y “En cuanto a Mí, veré tu rostro en justicia; al despertar, me saciaré de tu semblante” (Salmo 17: 15).

Al retorno de Cristo habremos terminado con el pecado para siempre. Los elegidos son predestinados a ser conformados a la imagen del Hijo de Dios, y el propósito divino será realizado sólo cuando Cristo reciba a su pueblo a sí mismo. “Seremos como El es, porque le veremos tal como El es.” Nunca más nuestra comunión con El será interrumpida, nunca más habrá gemido o clamor sobre nuestra corrupción; nunca más nos acusará la incredulidad. El presentará a sí mismo “la Iglesia, como una iglesia gloriosa, sin mancha, ni arruga ni cosa semejante, sino santa y sin mancha” (Efesios 5:27). Este es un momento que estamos esperando ávidamente. Esperamos con amor a nuestro Redentor. Cuanto más anhelamos al que ha de venir, más despabilamos nuestras lámparas en la ávida expectativa de su llegada, más evidencia damos de que nos beneficiamos del conocimiento de la Palabra.

Que el lector y el autor busquen sinceramente la presencia de Dios en sí mismos. Que busquemos respuestas verídicas a estas preguntas. ¿Tenemos un sentido más profundo de nuestra necesidad de Cristo? ¿Se vuelve Cristo para nosotros una realidad más brillante y viva? ¿Estamos hallando más deleite al ocuparnos de sus perfecciones? ¿Está Cristo haciéndose más y más precioso para nosotros diariamente? ¿Crece nuestra fe en El de modo que confiamos más en El para todo? ¿Estamos buscando realmente complacerle en todos los detalles de nuestras vidas? ¿Estamos deseándole tan ardientemente que nos llenaría de gozo si regresara durante las próximas veinticuatro horas? ¡Que el Espíritu Santo escudriñe nuestros corazones con estas preguntas específicas!

Los Beneficios de la Lectura de la Biblia por A.W. Pink

~ por Arq. Adolfo Becerril S. en junio 2, 2008.

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